Castells y el ?pueblo?

La semana que pasó dio muestras que lo de la crispación social lejos está de ser un mero invento mediático, como dice el Gobierno. Los movimientos que protagonizan los reclamos callejeros son, ciertamente, una de las causas de la crispación, pero también su efecto: es el tiempo en que Raúl Castells y sus tantos símiles vuelven a tener protagonismo por un efecto dominó.
Contra la vieja postura de no criminalizar la protesta, el Gobierno cambió su postura ordenando a la policía intervenir y hasta formuló una denuncia penal por coacciones agravadas contra el dirigente piquetero Juan Carlos Alderete, de la Corrientes Clasista y Combativa (CCC), quien advirtió de un masivo corte de calles en distintas ciudades para la semana entrante. De todas formas, les resultará difícil justificar su cambio de posición porque no se avizora novedad alguna respecto a la metodología de protesta de los últimos siete años, salvo, claro, que ahora se dirigen directamente contra los Kirchner, pidiéndoles incluso la renuncia, como hizo Raúl Castells.
El aludido efecto dominó no tiene origen en el aumento del desempleo, la pobreza o cualquier otro índice económico negativo, sino que nace del hecho político de que los Kirchner perdieron las elecciones. Esa pérdida de legitimidad -que nunca es tal porque el mandato de Cristina termina en  2011- anima a los llamados movimientos ?sociales? a aumentar sus reclamos bajo amenaza de protesta, entendiendo que no existe una base ciudadana que los objete porque la desaprobación a los Kirchner reúne a alrededor del ochenta por cierto de los votantes, según algunas encuestas no del todo validadas.
Quien se posicione en un férreo antikirchnerismo puede que, aun reconociendo la irrazonabilidad de esos métodos de protesta, sienta alegría convencido de que al fin es un escarmiento para un Gobierno que todavía hoy avala y financia a grupos de similares características a los que denuncia como ?desestabilizadores?. Algo parecido sucede con el embate de los Kirchner contra la prensa: algunos por lo bajo celebran que los medios que callaron la corrupción oficial y los atropellos del kirchnerismo contra sus adversarios de turno, hoy padezcan esos mismos abusos, pues deberían aprender la lección de que a la larga esas prácticas de poder, silenciadas cuando afectaban a otros, se les vendrían en contra.

¿Movimientos ?sociales? o ?políticos??

Cuando días atrás Raúl Castells lanzó su candidatura presidencial pidiendo elecciones anticipadas y la renuncia de Cristina, exteriorizó una finalidad netamente ?política?. Es cierto que, como actores políticos que son, en el asistencialismo que llevan a cabo también expresan una finalidad política, pero esa expresión de Castells lo es en el estricto sentido de búsqueda del poder, de alcanzar el gobierno. En mayor o menor medida, todas esas organizaciones tienen un objetivo análogo: quieren ser gobierno.
La consideración de su verdadera naturaleza es esencial para demarcar sus límites. Buscar acceder a los estamentos gubernamentales, es un fin legítimo, sin duda alguna. Lo ilegítimo es el medio, porque a tres meses de las elecciones, quien se presentó y sacó ínfimos porcentajes, sin lograr la finalidad que motivó su postulación, no puede llamar a elecciones nuevamente y pedir la renuncia a gobiernos en curso.
Acá viene el nudo de la cuestión. Castells y casi todos los partidos de izquierda que deslegitiman discursivamente a la democracia, sin embargo, se presentan a elecciones y porque perdieron se inclinan por vías oblicuas. Esa incoherencia, por ejemplo, no se le puede endilgar a Quebracho, una organización directamente encaminada a destruir el actual sistema democrático, pero en el cual sus miembros no participan presentándose a elecciones que luego deslegitimarán si resultan vencidos.
Ciertamente que el sistema democrático no le garantiza las mismas posibilidades a Vilma Ripoll y a Luis Zamora que a De Narváez y a los Kirchner, quienes, el primero con patrimonio propio y los segundos con el dinero público y las ?donaciones? en valijas, pueden solventar una estructura que inevitablemente se traducirá en un mayor caudal de votos. Es cierto también que no siempre la cantidad de votos es proporcional a la valía de los candidatos, justamente porque las costosas estructuras usan el marketing y la publicidad política para ?vender? imágenes no siempre reales. Pero ese defecto no nos es propio, sino que, por el contrario, resulta todavía más pronunciado en la democracia norteamericana, considerada por muchos como el máximo de los ideales.
Ese defecto prácticamente irresoluble les deja dos alternativas: la intransigencia de grupos como Quebracho, no exentos de severas críticas (aunque no por incoherentes), o bien aceptar los resultados de las elecciones a las que sus objetores se presentaron y perdieron. Para ello, no hace falta otra cosa que recordarles el olvidado párrafo de la Constitución que, en su siglo y medio de vigencia, tacha de ?sedición? a los que se arrogan representaciones por fuera de la democracia formal, la única forma, al fin, de saber que piensa el ?pueblo? tantas veces invocado por quienes, paradójicamente, nunca lograron su adhesión en las urnas.*

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