Cerro Leones, con el tiempo de su lado

Lo primero que se me ocurrió al llegar al Cerro fue una frase hecha. (Empezamos mal, me dije, mientras trataba de sacudir un poco la mente en busca de algo más original. Pero no hubo caso).
?El tiempo se detuvo en Cerro Leones…?, repetía por dentro una y otra vez, a medida que desandaba el laberinto de calles de tierra, de casitas bajas, de vegetación orgullosa y descontrolada. 
Y fue esa misma sensación de pausa puesta, tras hablar con Irma, con Gabriel, con el Nene. La sentí al ver a una chiquita andando en bicicleta, lento y a contraluz de un sol que no era crepuscular pero igual se escondía atrás de una lomada. Lo supe al ver a una mujer sentada a la sombra de una glicina abundante, como su edad. ?Ambas deben haber crecido y florecido juntas. Hoy están detenidas?, pensé.
Había algo de irreal en esa imagen, en esa mujer que, sentada sobre un banco de piedra, tal vez estuviera pensando lo mismo que yo: ?hay algo de irreal en esta imagen?. Ella seguramente estaba en lo cierto; si algo no era verdadero en esa tarde y en ese lugar, debí ser yo. Y mis preguntas.
Pero no sólo las casas, las calles, las personas revelan un tiempo detenido, es el tiempo mismo. Los minutos transcurren de una manera extraña, suspendidos en el aire silencioso y espeso. Como si las horas se entretuvieran ensayando una eternidad que va a llegar de un momento a otro.

 

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Dicen que la piedra no es fértil. Sin embargo, esta tierra dura de roca y sol dio a la luz miles de vidas.  Su vientre de granito obedeció el mandato sagrado de crecer y reproducirse. Trajo del mundo a cientos de tanos, de gallegos, de montenegrinos que a su vez trajeron al mundo a los suyos. Creció y se reprodujo hasta llegar a mil, a dos mil y más. Y fue, casi, una ciudad dentro de otra.
De sus rocas porfiadas no sólo salieron las piedras que iban a darle firmeza a las fangosas calles del Buenos Aires de los albores del siglo pasado. De sus entrañas de granito también salieron los Cadona, los Bisogni, los Léndez, los Liggerini, los Poli y tantos otros. Hombres y mujeres que en su mayoría ya no viven más en el Cerro, pero que de tanto en tanto vuelven, como quien regresa a la tierra prometida, que alguna vez lo fue para sus mayores.
A casi un siglo y medio de su nacimiento, Cerro Leones resiste el paso del tiempo. Con las armas que tiene a mano: el silencio, la calma, las palabras mínimas. Con su corazón de piedra. Resiste.
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Gloria Raffin dice que es ?nueva? en el Cerro, aunque hace más de 30 años que vive allí. Respetuosa de una carta de ciudadanía que parece estar reservada sólo para quienes nacieron en esa noble tierra de trabajadores. Sin embargo, su calidad de ?recién llegada?, no le impide ?junto a otros vecinos- ponerse al frente de un reclamo que, si no fuera porque este país es este país y esta ciudad es la que es, no tendría razón de ser: el agua.
Abrir una canilla y que no salga nada o ?lo que es peor- fluya un líquido de confirmada insalubridad, por estos días es una realidad en el Cerro.
Hubo promesas que no pasaron de un intento, tentador pero incierto. Alguna canilla se cerró en un escritorio estatal y esta gente se quedó sin agua potable.
Pero como recuperando una memoria de lucha y reivindicación, como acatando el legado que les llega de otros días, la comunidad ?esta gente mansa, de mirada serena y palabra justa- no quiere resignarse a otra injusticia.
Como en la gran huelga, vuelve a plantarse firme para exigir lo que le corresponde. Ayer fue por un trabajo digno; hoy, por una mejor calidad de vida.
Es, al fin y al cabo, la dignidad la que hace perdurar a esta tierra y a esta gente.

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No es la única casilla de chapa que se mantiene en pie. Pero sí el único boliche. ?En un momento fueron cuatro los bares como éste?, cuenta Gabriel Cadona, desde hace 15 años dueño del Bar El Cerro.
Sobre la pared que enfrenta la puerta de entrada, una estantería de madera exhibe unas botellas de caña Mariposa, de ginebra y esas otras bebidas que raspan la garganta y sacuden el espíritu.
?Pero lo que más se toma ahora es vino y cerveza?, aclara Gabriel, tras las presentaciones de rigor.
Se remonta años arriba por su apellido y todos los caminos lo conducen a la cantera. Su padre se jubiló ahí siendo sereno.
?El nació acá ?relata orgulloso-. A los 16 años empezó a trabajar en la cantera, así que imaginate: las vivió todas?. Cncurren a su relato las luchas, las huelgas, las marchas y contramarchas, las conquistas… ?Era foguín y terminó de sereno?, cuando la cantera cerró, en el 2000.
?Tiene 82 años y todavía vive?, dice de su padre. ?Cuando terminé el servicio militar me quedé en la ciudad ?ahora habla de él- Trabajé en La Ligure, en fundición Polifroni y en Ronicevi?.
Un día se volvió y se encontró con que el pueblo ya no era el mismo. ?Esto antes era una ciudad; había farmacia, perfumería, peluquería?, parece recordar como si hablara de un lugar que no fuera ése.
Ni siquiera el fútbol se mantiene. Poco y nada quedan de aquellos clásicos entre el club del Cerro, Figueroa, y Boca de la Base. ?El agrario no es lo que era?, se lamenta.

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Sobre las otras paredes hay fotos, recortes de diarios, láminas. Y enmarcada en un cuadro, con vidrio y todo, una camiseta de San Lorenzo. Tiene el 9 estampado en la espalda y más abajo, se lee: Romeo. ?Me la regaló él mismo?, alardea orgulloso.
Ni falta hizo que hablara de su fanatismo por el Ciclón. Decenas de posters lo confirman, desde aquel glorioso equipo de los ?carasucias?, a la actual formación del Cholo Simeone, tapizan de azulgrana las paredes.
Un poco más arriba de unos recortes de El Eco que titulan con un aniversario de la Escuela 4, Carlitos Monzón le estampa el derechazo fatal a Mantequilla Nápoles. A su lado, un Larralde joven dibujado a lápiz y sobre la pared lindera, el otro Carlos ?Gardel- sonríe eterno. Debajo, el General también se ríe poderoso e invencible, montado en su caballo pinto.
Prometo volver un día que no esté trabajando para encarar una de esas mariposas que me miran desde la estantería sin siquiera aletear.
?Cuidado con la calle ?aconseja Cadona-. Acá los pozos salen para arriba?.
Tiene razón, el acceso Baso Aguirre, la única calle asfaltada del pueblo, parece tener urticaria.

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Subo, calle arriba, en busca de un nombre. En la esquina de la plaza, dos leones se miran de reojo. Parecen tensos en su quietud. Pero están relajados, como todo el pueblo. Sobre uno de los arcos de la improvisada canchita, un pibe prueba suerte con tiros de media distancia; el padre aguanta estoico los pelotazos, imbatible. Hasta que un disparo sin mayores pretensiones se le cuela traicionero junto a un palo. El chico lo festeja, brazos en alto dando vueltas alrededor de su padre desparramado sobre el pasto crecido. Lo sigue a los saltos un perro negro que le tarazconea inofensivo la botamanga del jogging.
Junto a ellos, la nena de la bicicleta sigue en su pedaleo sin rumbo.
Sobre la vereda de enfrente, una tranquera anticipa, tácita, lo que un cartel advierte, explícito. No se puede pasar. Del otro lado, la propiedad es privada. Asoma entre los yuyales el Monumento a la Madre. De este lado del alambrado, y de no ser porque la pintura blanca poco tiene de inmaculada, bien podría ser una virgen.
No lo es y me entusiasmo en creer que por estos lares se ha preferido venerar la gestación más que la castidad. Esta tierra que necesitaba ser poblada, debió rendir culto a los vientres prósperos.
La vía, muerta y enterrada, no hace caso a las advertencias y atraviesa la tranquera. Junto a ella, el típico cartel de cemento, con prolija letra inglesa de imprenta, afirma: ?Cerro Leones?.
O mejor dicho, lo afirmó en otra época. Hoy se lee algo así como ?Ceo los?.

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El dato que me habían pasado era un sobrenombre con apellido y una calle que no encontré. Cuando quise acordar, ya me había pasado de largo del pueblo y pegué la vuelta.
Desde la loma quise ver el caserío en su justa dimensión. Pero no pude, el follaje lo cubre todo. Sólo quedan al descubierto las ruinas de la cantera y algunos hornos de ladrillo, que destellan su bordó en la monotonía verde y gris.
Recuerdo haber visto a un hombre cortando el pasto de la vereda. Me había saludado a la pasada, levantando sobriamente la mano.
Vuelvo y cometo la torpeza de preguntarle por la calle de referencia. Apaga la máquina, se saca la gorra y mientras se acomoda un remolino pertinaz a la altura de la nuca, niega con la cabeza.
Me doy cuenta que preguntar por una calle en un lugar como éstos ?donde todos se conocen por el nombre de pila- es poco menos que una pedantería. O una estupidez.
Me retracto casi a tiempo. Casi.
-¿A quién busca?, me pregunta el hombre al momento que le digo al Nene Furlán.
-Ah sí ?me dice, ahora, orientado-. Suba por aquella calle y cuando se termina doble como si fuera a ir para la derecha, pero a la izquierda.
Me habla de una casilla de chapa, de dos pilares de piedra ?como con dos bolas? en cada uno. Pero casi no lo escucho. Me quedo pensando en cómo será eso de doblar como si fuera para un lado, para ir hacia el otro.
Agradezco y sigo.

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Las calles suben, serpentean, bajan, se pierden y reaparecen entre la arboleda. De tanto en tanto cobra forma alguna casa. Las hay modestas, de chapa y madera; las hay garbosas de ladrillo a la vista. Y viceversa, en la mayoría de los casos.
Hay algunas que están a medio construir y lotes alambrados con carteles de venta. Pocos, pero los hay.
Pero lo que asombra es el silencio. Detengo el motor del auto para poder sentirlo mejor. Imagino cómo habrán sonado las detonaciones en aquellas épocas. Intento dimensionar el tronar de la pólvora estallando en las entrañas mismas de la tierra. Me figuro un temblor de suelo, una bandada de aleteos despavoridos surcando el aire, el crepitar de las últimas piedras rodando cerro abajo y nuevamente el silencio. Me pregunto si esta quietud que me circunda ahora será la misma que envolvió a los trabajadores de la cantera.
Qué sentirían los picapedreros, los barrenistas, los cuarteadores y los foguines tras cada  explosión.
Dicen que toda quietud conlleva la amenaza de una tormenta; sospecho más temible la calma que la sucede. Hay un temor incierto por lo inminente, por lo que pueda pasar; pero es más profundo el miedo de lo que pudo haber sido.

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El naranja furioso de las chapas pintadas compite con el celeste intenso de sus ojos. Está parada junto a un cartel que promete helados en varios colores, formas y gustos.
Se llama Irma y es la dueña de uno de los dos almacenes de Cerro Leones.
Aclara que no nació allí. Vivía en la ciudad hasta que se enamoró de un canterista. Fue el amor el que la trajo a estas tierras, previo paso por el altar. De esto, hace 45 años.
Su esposo trabajó en la cantera hasta que se jubiló. En algún sentido, tuvo suerte. Su hijo no; luego de 17 años de trabajo, la cantera se cerró y se quedó con las manos vacías. Sin indemnización. Sin nada. Tuvo que empezar de nuevo.
No hay bronca en las palabras de Irma. No hay desencanto en su voz serena. Una sombra imperceptible de resignación parece cruzar  por detrás de su mirada clara.
Coincide con la opinión de Gabriel Cadona: ?el Cerro no es el mismo desde que cerró la cantera?.
Los hornos de ladrillo absorbieron a duras penas parte de la mano de obra que quedó a la deriva a fines del siglo pasado.
Supone que mi presencia se debe ?al tema del agua?. En algún sentido tiene razón. Y me da sus razones para estar preocupada. Habla de la contaminación, del miedo a las enfermedades.
No es la única carencia: el gas también hace falta. Lo que abunda es el polvo.
?Hace un ratito pasaron dos chicos en cuatriciclo. Mire cómo se puso esto?, señala el piso de cemento que bordea el almacén. Una fina capa de tierra amenaza con convertirse en barro sobre el suelo recién baldeado con agua de lluvia.
La palabra cuatriciclo desentona en la armonía de la charla y de la tarde. Me habían dicho que algunas familias de Buenos Aires se vinieron a radicar al cerro.
?¿Cuatriciclos??, pregunto. ?¿Es de gente de acá o de los que llegaron de afuera??, vuelvo a preguntar.
-No sé, no les vi las caras, responde e intuye mi próximo interrogante.
?Hay gente que está volviendo y otra que se viene a vivir por la tranquilidad, supongo ?supone-. Hace algunos años, los lotes de por acá no salían ni 8 mil pesos. Ahora, por menos de 35 mil no consigue nada?.
Quise hablar de negocios inmobiliarios, de los avivados de siempre, de alquileres y cotizaciones.
Por suerte, Irma pide permiso para atender. Es la nena de la bicicleta, que un minuto más tarde sale del almacén con dos helados en la mano. Retoma su pedaleo y vuelve su camino en busca de su hermano, el goleador.
Antes de despedirme de la mujer almacenera, le pregunto por la casa del Nene Furlán.
Me indica una esquina, una más y la casa de dos pilares de piedra.

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No conté todavía que me llamaron la atención los animales del Cerro. Desde un caballo pastando en la plaza principal, en medio de los dos leones mansos, hasta un pavo real en el jardín de una casa.
Lo más sorprendente fue que los perros no me hayan ladrado. Los hay, a montones. Pero son silenciosos.
Se asoman detrás de los ligustros, salen de las galerías abiertas, estiran el hocico tratando de reconocer el olor extraño. Pero no ladran.
Los más osados se arriman al auto y lo escoltan unos metros, casi por obligación. Los otros siguen en sus cavilaciones.
Un gato blanco y negro interrumpe la faena de su propia limpieza para mirarme fijo a los ojos. Me sigue con la vista hasta que doblo como para la derecha, pero a la izquierda.
?Bueno ?me digo-, al menos los gatos son iguales a los de Tandil?.

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Por estos días se cumplen 103 años de la creación del sindicato canterista. ?Sociedad Unión Obrera de las Canteras?, se llamaba y fue presidida por un carpintero: Luis Nelly.
El gremio nació con el objetivo de ?defender los intereses de sus asociados y proporcionarles por cuantos medios estén a su alcance y cuando sea necesario recabar leyes que mejoren la actual situación de los trabajadores de las canteras?, según rezaba el artículo primero de su estatuto.
Corría octubre de 1906 y los trabajadores de Cerro Leones querían extender los acuerdos alcanzados con José Cima ?el dueño de la cantera- a las otras explotaciones de Tandil.
No encontraron otro camino que el paro. La lucha duró casi un año y se la conoce como la Huelga Grande. Hubo represión por parte de la autoridad; algunos trabajadores fueron apresados, otros deportados. Y hasta hubo algunos muertos.
Finalmente, lograron su objetivo: el pago del jornal con moneda argentina en lugar de plecas, la jornada laboral de 9 horas en verano y 8 en invierno y el descanso dominical, entre otras conquistas.

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Lo veo subir la cuesta y no dudo de que sea él. Sólo me habían dicho que nació en el Cerro, que trabajó en la cantera, que tiene más de setenta y no le gustan las fotos. Le dicen el Nene Furlán. Para algunos, ?el Nene triste?.
Nuevamente, el tiempo hace su jugada y todo se detiene mientras él trepa. El sol, arriba de la loma, lo espera y le alarga la sombra a sus espaldas. Cuando el día se digne a seguir su marcha va a atardecer de un momento a otro.
El bastón parece servirle más de compañía que de apoyo; apenas lo afirma sobre la tierra reseca de la tarde.
Me cercioro de que es Furlán y le cuento a medias el motivo de mi presencia.
?Yo nací acá, en esta casa?, señala. Detrás de los pilares rematados en dos bolas también de piedra, se asoma la típica casita de chapa, cuidada y prolija como el césped que la rodea.
Cuenta que sus padres vivieron en el cerro mismo ?dentro de la cantera- hasta que ?se loteó toda esta zona y pudieron comprar este terrenito?.
Allí nacieron y se criaron los nueve hermanos.
?Yo también trabajé en la cantera ?dice, mirando hacia el oeste, donde el sol, ahora sí, decide esconderse-, pero después me fui a otra que está por la Escuela Granja. Era una cantera de laja. Ahí estuve doce años, hasta que me jubilé en el `92?.
De su relato me entero que el éxodo en el Cerro no comenzó con el cierre mismo de la cantera. Venía de antes, de cuando las máquinas empezaron a reemplazar al hombre. Justamente, él fue maquinista.
?Cuando empezó a modernizarse, algunos, muchos, se fueron para Mar del Plata. Nosotros también estuvimos a punto de irnos. Mi papá y un hermano habían ido a trabajar allá y al tiempo decidieron trasladar a la familia?, recuerda.
?Mi mamá estaba de acuerdo. Pero el día que vinieron a levantar la casilla, se arrepintió… Y nos quedamos?.
Sonríe, mientras piensa. Los segundos se estiran y no quiero hacerle otra pregunta. Quisiera que me cuente lo que está pensando. Tal vez sea la otra vida posible si su mamá no hubiera dicho que no aquel día.
De los nueve hermanos, cinco eran mujeres. El mayor de los varones, a los 18 se fue a vivir a Buenos Aires, donde se recibió de maestro mayor de obras y puso una empresa constructora.
Otro se fue con el padre a trabajar a Mar del Plata y se quedó. Al tiempo, lo llamaron de una estancia de Tres Arroyos para hacer el frente de una casa con piedra. ?Le empezaron a llover los trabajos. Se buscó un socio y se quedó allá. Imagínese lo bien que le iba que se compró como 50 lotes?, me cuenta.
?Pero usted viene por el tema del agua?, me dice y no me deja otro camino: ?Claro?.
Hace seis meses que se secó el pozo en la casa de Furlán. Del pozo se abastecían él y los vecinos, que viven a unos metros pero no pudieron perforar, por la piedra.
?Tengo una cisterna que se llena con el agua de lluvia ?explica-. Para tomar compro agua mineral y unos vecinos de acá cerca me dan para cocinar?.
Leyó en el diario que un geólogo propone hacer la obra por mucho menos plata. Y espera que sea cierto, ?porque si van a cobrar 15 mil pesos a cada vecino, como dicen, vamos a seguir igual. Nadie va a poder pagar esa plata?.
Le agradezco por el tiempo y me animo a preguntarle por qué le dicen el Nene.
-Porque soy el menor de los nueve hermanos. Me quedó de cuando era chico.
Es cierto, hay cierta tristeza en su mirada.

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Para cuando me doy cuenta, ya casi es de noche. Desando las calles caprichosas en busca del asfalto con los pozos para arriba que me devuelva a la ciudad.
Dejo atrás el bar de Cadona, la cancha de Figueroa; las palabras de los vecinos, que  comienzan a cobrar forma para esta nota.
Todos tienen nostalgia de cuando la cantera daba trabajo a miles de obreros. Saben que buena parte de su suerte quedó sellada cuando comenzaron a llegar las máquinas y el día que, por fin, cesó la explotación. Saben que los hornos de ladrillo no fueron alternativa suficiente. Saben que muchos se fueron y que de tanto en tanto, alguno vuelve.
Ya llegará el tiempo de volver a luchar por el trabajo. Hoy el problema es otro, el agua. Están dispuestos a dar batalla para que se cumpla la palabra empeñada, la promesa de ocasión, el papel firmado. Saben que el reclamo es justo.
Hace más de un siglo, la lucha duró un año. Hoy tal vez sea menos. O más. Pero saben que el tiempo ?al fin y al cabo, una sensación- está de su lado.

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