Con las alas del alma

Hacia fines de la década del cuarenta, Tandil vivía el furor de la aviación. Nacían instituciones como el Aeroclub, el Club de Planeadores y se instalaba la Base Aérea.
La mirada de los hombres parecía haber apuntado al cielo, a tal punto que hasta las publicidades de Geniol, por caso, surcaban el firmamento tandilense.
No sólo los hombres; entre ellos una mujer, una jovencita hija de inmigrantes daneses se metía, a fuerza de pasión, empeño y coraje, en ese ambiente masculino.
Edith Sorensen es el nombre de aquella casi niña. Un nombre que quedaría para siempre en la historia de la aviación tandilense porque con sus pocos años logró batir un record panamericano de permanencia de vuelo a vela.
Con ella dialogó La Vidriera, a 60 años de su proeza.

Vivir en las nubes
El diálogo fluye tranquilo, se desliza, con sus pausas y sus giros. Acompasado. La charla con esta mujer, que parece haber atesorado en sus ojos el color de aquellos cielos de juventud, tiene una cadencia particular. Que sólo se entiende a partir de una confesión que surgió en el propio devenir de la conversación: ?el vuelo en planeador tiene el encanto del silencio. Por eso el volovelista conserva ese silencio y es de poco hablar?.
La pasión por el vuelo la heredó de su padre. ?A él le gustaba mucho la aviación. Y tal vez como no tuvo un hijo varón, incentivó en mí ese gusto?, recuerda. Su padre, llegado de Dinamarca, también volaba y concurría con su hija a aquellas jornadas en el Club de Planeadores.
?Ellos volaban en esos aviones abiertos, de doble ala ?explica-. Mi papá lo hacía con otro dinamarqués, Hansen, y llevaba la cámara fotográfica. Desde el cielo hizo un relevamiento fotográfico de la ciudad?.
A propósito de las fotos, Edith interrumpe la charla, desaparece por unos segundos y vuelve con un tesoro entre sus manos: un álbum. Es una suerte de carpeta número cinco, forrada con papel araña azul. En su interior, y prolijamente pegadas en cartulinas marrones se ordenan imágenes de naves imposibles, de extraños aparatos que alguna vez ?venciendo toda lógica- tomaron altura. Hay, además, grupos de hombres, jóvenes de bigote prolijo que le  sonríen a la cámara y se disponen, ellos también, a levantar vuelo. Entre ellos, una muchacha rubia, de pelo ensortijado y pañuelo al cuello.
?Me gustaba mucho mirar las nubes; era como soñar?, describe hoy Edith mientras repasa las fotos y relata una historia por cada una.
Su dedo índice se detiene en una de ellas. Se ve la cabina de un planeador, abierta y sentada en ella la joven Edith: ?Fue en este aparato que obtuve el récord?.

El cielo en las manos
El 6 de enero de 1948 fue el día que quedó no sólo en la historia personal de Edith, sino también en la historia de la aviación tandilense.
?Aquellos días hacía mucho calor y eso favorecía el vuelo?, relata. ?Yo ya había logrado una permanencia de ocho horas, pero quería superarla. Desde el día anterior, nuestro instructor, que era un meteorólogo nos había dicho que nos preparásemos. Comimos liviano y al día siguiente llegamos temprano al Club de Planeadores?.
Junto a ella, estaba el suboficial Ramón Hourquebie, que por entonces cumplía tareas en la Base Aérea. ?Yo me hice muy amiga de su señora. A ella también le gustaba mucho la aviación, pero nunca se animó a volar?.
Edith llegó de la mano de su padre al Club. Y a las diez y diez de la mañana primero remontó Hourquebie y luego ella. ?Ni bien solté las cuerdas me dirigí derechito a donde estaba este muchacho. Y comenzamos a cruzarnos. Estuvimos así todo el día, haciendo ochos delante del cerro. El viento pegaba sobre la ladera y estaba pronosticado que iba a soplar durante todo el día, lo cual facilitó las cosas. Era un día de mucho calor y la térmica ayudó, al igual que el apoyo orográfico, como se le decía por entonces?.
El planeador constaba de una palanca y dos pedales. Como instrumental contaba con un altímetro (?sabíamos que debíamos movernos entre los 40 y los 50 metros por encima del cerro?) y un velocímetro. Nada más.
?Ni reloj llevábamos. Nosotros veíamos que desde abajo nos hacían señales, nos iban marcando las horas que llevábamos en el aire. Cada vez que nos cruzábamos en vuelo nos gritábamos para saber cómo iba el otro?.
Era una jornada de intenso calor y Edith sólo llevaba agua y algunas frutas para comer durante todo el día. Por fin, diez horas más tarde de haber levantado vuelo, decidió bajar ?porque se hacía de noche. El (por Hourquebie) voló 11 horas con 48 minutos?.
-¿Qué se piensa durante tantas horas en el aire?
-Muchas cosas. Tantas…. Hay que estar atento a la palanca y a los pies. Los movimientos deben ser lentos, todo tiene que funcionar, la inclinación, el giro, tratar de ver donde estaba el compañero para no chocar. Y después no sé…. el silencio. Eso es lo que no se puede explicar. Es esa sensación de libertad que no puedo describir.
-¿Usted disfrutaba de esos momentos?
-Por supuesto. Totalmente. Era realmente vivir en las nubes. A mí me encantaba eso. Siempre miraba las nubes, cómo cambiaban de forma. Les sacaba fotos.

Los sonidos del silencio
Recuerda Edith que cuando inició sus primeros vuelos, su papá le regaló una armónica. Y como una suerte de amuleto de la suerte, cada vez que iba a volar la llevaba. En la altura, la tocaba. Rompía aquel silencio con su armónica.
Aquel 6 de enero, el día del récord, a medida que se acercaban las horas de las sombras, quienes aguardaban abajo, en tierra, perdían visibilidad de los planeadores. Sin embargo, supieron que Edith estaba a poco de aterrizar cuando comenzaron a escuchar los sonidos de la armónica. De esa manera pudieron prepararle ?la pista?, marcada a ambos lados con tarros con querosén encendidos.

Cosa de hombres

Volviendo atrás en el tiempo, Edith explica que el inicio en el vuelo a vela se realizaba en unos aparatos más rudimentarios: ?eran dos alas, una serie de cuerdas y un patín de aterrizaje. Ibamos saltando cada vez más alto. Nos remolcaban con unos Buick, atados con cuerdas?.
Recuerda que en su época, una chica de apellido Lemos también intentó realizar la actividad, pero pronto abandonó. Por ese entonces, al Club de Planeadores llegaban los primeros pilotos de la recientemente radicada Base Aérea. Hacían cursos de capacitación.
Para Edith es importante este aprendizaje ?porque todo piloto debería aprender primero el vuelo sin motor. Es ahí donde se pueden adquirir las sensaciones del aire?, confiesa.
Posteriormente, pasaban a unas naves un tanto más sofisticadas, con la cual podían remontar a 200 metros de altura.
?Subíamos hasta encontrar la altura justa. Sin llegar a una térmica porque no sabíamos dónde íbamos a llegar. Una térmica te lleva a cualquier lado. Por eso hay vuelos de distancia que son larguísimos?.
?Los muchachos lo solían hacer y era divertido porque no sabían dónde iban a quedar. Tal vez en un campo. Entonces, luego de aterrizar, estaqueaban la máquina y salían en busca de ayuda?, cuenta. Sin embargo, ella nunca lo pudo hacer porque ?era mujer?.
?La térmica me podía llevar a cualquier lado: a un campo, un camino, donde fuese. Y por entonces, una mujer no podía hacer esas cosas?, confiesa con algo de resignación.
Y a propósito de estas cuestiones de género, la carrera de Edith en la aviación o duró mucho más.
?A los 21 años conseguí trabajo y seguí trabajando hasta que conocí a mi marido y me casé?, recuerda.
Nunca más volvió a subirse a un avión. Tampoco sus hijos y nietos heredaron esa pasión por volar.

Los homenajes
En lo que respecta a los reconocimientos, Edith cuenta que hace algunos años, la Municipalidad ?a través de una iniciativa del ex concejal Juan Roque Castelnuovo- le entregó una medalla.
?También el Club Santamarina, cuando todavía estaba, realizó una cena con viejos deportistas y me dieron una plaqueta?. Por lo demás, de aquel récord panamericano sólo le queda a manera de testimonio un brevet, un pequeño papel en el que consta la permanencia de más de diez horas en vuelo.

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