Cuando Jorge Asís fue copiloto de Carlos Jarque

Largaba de Buenos Aires, con 57 autos y 114 corredores de 15 países, el gran rally Vuelta a la América del Sur, organizado por el Automóvil Club Argentino. Era agosto de 1978 y en la Argentina la euforia popular por la victoria mundialista no cedía.

Al secretario de Redacción de Clarín, Marcos Cytrynblum, se le ocurrió una audacia para extender el fervor deportivo entre los lectores: que una reconocida pluma del diario se embarcara como copiloto en aquel rally, pergeñado como una hazaña continental. Alguien debía contar desde “adentro” la aventura inédita de recorrer 28.592 kms y unir 10 países latinoamericanos durante 39 días.

Era una prueba de velocidad, resistencia y pericia. Un durísimo desafío para máquinas y corredores por paisajes cambiantes: de las planicies camperas rioplatenses a la inextricable selva amazónica; de la colorida Caracas a los desiertos del altiplano; de las soledades andinas, hasta el furioso Canal de Beagle, en Ushuaia. Todos cabían en el mapa de aquella competencia. La línea de llegada sería en Magdalena, en la provincia de Buenos Aires, y, luego otra vez en caravana, el recibimiento popular los esperaría expectante en el porteño ACA de Avenida Del Libertador y Tagle. El propio Juan Manuel Fangio había apadrinado la competencia que, por sus veleidades climáticas de suelos y altitudes, tendría el sabor de la odisea y de la hazaña.

 

 

Crónicas de culto

Se sabe que en los años de plomo los diarios contaban lo que podían y que los temas blandos y festivos ocupaban el vacío informativo. En Clarín, tres periodistas estrella -Luis Gregorich, Carlos Thiery y Jorge Asís- esculpían con buena prosa sucesos de interés general que se convertían en crónicas de culto para cientos de miles de lectores.

El intrépido enviado especial para narrar la aventura como copiloto o navegante de Pipo Issa fue nada menos que Jorge Asís. El auto fue un Citroën Ami 8 preparado por Dietrich, el padre del actual ministro de Transporte.

 

Lista negra y un alias

Acaso por su adhesión al Partido Comunista (“de la rama bolchevique; no de la maoísta”) y la presunta inclusión de su nombre en alguna lista, el redactor encumbrado de Clarín firmaba sus notas bajo el alias literario de Oberdán Rocamora, su álter ego surgido en aquel bestseller “escandaloso” que se llamó Cómo levantar minas (1971), y revivido años más tarde como protagonista central de su novela Los reventados (1974).

Como quien asume una personalidad dual (o muy polifacética), Asís continuó escribiendo bajo esa identidad durante los seis años en que trabajó en Clarín (1976 -1982). Y lo sigue haciendo con desenfado político hasta hoy.

El tema es que por indicación de Cytrynblum, el inefable Rocamora debía enviar seis o siete crónicas extensas desde las grandes capitales. El rally se organizaba en 25 etapas y cuatro categorías. Fue tal el suceso de aquellos envíos de vértigo que Clarín llegó a publicar unos 20 relatos.

 

 

Los lectores “viajaban”

A través de aquel vertiginoso recorrido que unía ambos extremos de América del Sur. La ruta pasaba por Montevideo, Asunción y Brasilia; atravesaba el Mato Grosso, llegaba a Caracas y a Bogotá, y descendía luego por Quito, Lima, La Paz, Santiago de Chile y Ushuaia hasta ver sacudida la bandera de llegada en Buenos Aires.

El piloto Pipo Issa cubría los tramos Prime (de velocidad), mientras que Asís conducía, sin mayores riesgos, por los caminos de enlace.

La experiencia era inaugural y adrenalínica. Extenuante y fascinante a la vez. Rocamora, en sus ropajes de “redactor creativo”, cuando en las redacciones no existía todavía la palabra innovación, consolidaba su fama bien ganada de cronista outsider, exquisito y “demasiado soberbio”.

 

Cuando ya habían completado la mitad del trayecto, atravesado ríos caudalosos y el colorido del trópico, llegó el eco de noticias infaustas. Reunidos los corredores en un hotel en Caracas, unos pocos se enteraron de la fatalidad: un feroz vuelco en Boa Vista, en la frontera de Brasil con Venezuela, había cegado la vida de un ignoto copiloto argentino. Asís no recuerda su nombre (o no quiere recordarlo). Pero el copiloto (rebauticémoslo a los fines de este relato como Pedro Pérez), corría junto a Jorge González (otro nombre de fantasía) en un auto de la clase C.

Acongojados el puñado de corredores argentinos por aquella pérdida humana, Rocamora decidió rendirle un homenaje a su connacional en las páginas de Clarín. Conmovido, el enviado especial escribió una empática crónica, y solidaria con sus deudos. Recreó los caminos intrincados y los escollos, la fatiga de los motores y aquella curva letal que acabó con la vida de su “colega”. El país se estremeció. Otros medios se hicieron eco del suceso y algunos allegados llegaron a publicar participaciones de condolencias en la sección de fúnebres.

 

Felicitaciones, pésames y llantos

Desde la Redacción porteña, a Asís lo felicitaban por la primicia. También por la hondura de aquella semblanza de Pérez, a quien casi no conocía.

Una semana después, al llegar a Lima, alguien entre los corredores explicó que, en realidad, el muerto no había sido Pérez, sino el piloto, González. Lo supo al llamar a los organizadores en Buenos Aires y, de paso, se interiorizó sobre la trastienda de aquella pifiada.

Asís (o Rocamora) comenzaba a sentir los aguijones de la vergüenza.

“Parece ser -relata Asís- que, al enterarse por el diario, los familiares del muerto real (González) fueron hasta la casa a consolar a los familiares del falso sobreviviente (Pérez). La escena era dramática. En esos lamentos estaban cuando el falso muerto (Pérez) llamó por teléfono a su casa, desde Cuiabá, capital selvática del Brasil. Entre sollozos, atendió la esposa: «No, no, no. ¡Vos, vos estás muerto!», musitaba la pobre mujer. El hombre le explicaba: «Yo no estoy muerto un carajo. El que murió es mi compañero González». En cuestión de minutos, hubo un enroque de roles: la mujer y los familiares que eran consolados por los parientes del falso sobreviviente pasaron a consolar a la familia del muerto real.”

Demudado, acongojado y perseguido hasta la paranoia por el error, Asís se había quedado sin habla; su bigote, sellado. Estaba aterrado y apesadumbrado por igual. Corrió el último tramo del rally perseguido por fantasmas bien funestos: Imaginaba los costos de su desaguisado.

 

Fuego a lo bonzo

“Estoy acabado -pensó-. Mi carrera periodística terminó acá. Más que un fracaso, esto es un incendio a los bonzo”. “Uno puede pasar papelones en el periodismo -cuenta ahora a La Nación-, pero en aquel momento era demasiado imaginar que un enviado especial matara al muerto equivocado. Se sabe que en la profesión muchos lo han hecho (involuntariamente) pero, en ese momento, no hay consuelo: a uno solo le importa lo propio. Las burlas. Los reproches. El papelón.”

 

Con Carlitos Jarque

El 24 de septiembre de 1978, entonces embarcado en un Torino (el 414) como copiloto del tandilense Carlos Jarque, Asís cruzó la línea de llegada. Atrás, en Quito, había quedado el Citroën Ami 8 fundido de Issa junto al navegante original de Jarque,  (César Giachetti) quien se enfermó (en Lima, Perú) durante la competencia.

En hilera, como en una procesión al llegar a Buenos Aires, 21 de los 57 binomios originales hicieron su entrada triunfal durante una tarde lluviosa. Fundidos en un mismo estupor, Asís y Rocamora no esperaban la gloria por haber alcanzado la meta sino el apocalipsis  por la pifiada.

Pero ocurrió lo que a veces sucede en la Argentina: “Nadie dijo nada. Nadie protestó. Y lo peor de todo fue que nadie se dio cuenta”, confiesa Asís.

Aquel, dice Rocamora, fue su fracaso más resonante y secreto. También, uno casi perfecto, que calló durante 38 años y que sólo ahora se anima a confesar. (Mariana Araujo)

 

 

Nota proporcionada por :

Deja tu comentario