?Cuando vi a mis hijos en el podio supe que gané el Dakar?

Es que nació en la provincia del fernet pero a los tres meses se fue a vivir a Mar del Plata hasta que Bahía Blanca fue la ciudad que le cambiaría la vida. “En Bahía viví 18 años y ahí la conocí a ella” recordó Lamtzev, haciendo referencia a su mujer, sostén fundamental para que su mente se mantuviese fuerte en las noches de soledad en el medio del desierto. “Cuando mirás para todos lados en el medio de la noche y ves arena, dunas, viento y nada más sentís que estás en el medio de la nada. Pero el pensar que tu gente está esperando las mismas horas que vos a que alguien le dé la noticia que llegamos bien eso te hace fuerte” contó el piloto, que no podía ocultar la emoción con sus ojos llenos de lágrimas reflejando la situación familiar que se vivía en cada etapa del rally. Radicado hace 9 años en Tandil, nos recibió en su bella casa frente al Lago del Fuerte para contarnos todas sus vivencias.

-Ahora más tranquilo en su casa, ¿qué balance puede hacer del Rally?

-Es muy difícil sintetizar un Dakar. Son muchas vivencias. Una combinación de situaciones límites y reacciones que se generan internamente de acuerdo al tipo de carácter que tenga cada uno. La seguridad o no que tiene cada uno genera reacciones distintas. El navegante piensa y reacciona de una manera y cada uno de otra. A todos los participantes nos pasa lo mismo. Uno entra en un Dakar y a partir de la primera etapa está en una situación de estrés constante que no se corta a la noche al descansar, sino que son 17 días de carrera, de adrenalina que te lleva a quebrarte internamente.

-¿Fue como dicen todos el Rally más duro de la historia?

-Sí, fue el más duro de la historia. Ya sabíamos que iba a ser así. Muy duro.

-Entonces, además de la audacia al manejar fue importante la parte psicológica.

-Sí. Para mí la parte psicológica influyó en un 70 %. Vos podés estar preparado de la mejor manera físicamente a nivel mundial, pero si tu cabeza no está preparada para estas situaciones no se genera el mismo resultado.

-De esas situaciones límites a las que hace referencia, ¿cuál le quedó más marcada?

-Son muchas, en cada etapa hubo muchas vivencias. Pero la que nos marcó mucho fue en un tramo en el que se nos rompe el taco motor y se parte el chasis. Era una etapa de casi 700 km con muchas piedras y terminaba en una duna de más de 1000 metros. En el km 114 nos pasa ese inconveniente. Habíamos hablado con Nairvit y Gándara de ir los tres juntos, ayudándonos. Yo venía adelante esperándolos y siento que se me mueve la palanca de cambios. Me hago a un costado y veo como se cae el motor, rompiendo varias cosas. Ahí llegan ellos. Evaluamos la rotura (muy importante) y con el motor caído. Ahí decidimos que ellos siguieran el camino. Les solté la mano para que no se sintieran comprometidos conmigo, no se podía hacer nada. Que siguieran su camino. Nos abrazamos, llorando todos, pensando que era el fin. Se me cruzó el temible Copiapó por la cabeza, que me dejó en el anterior Dakar. Eran las 17 horas. Decidimos “lingar” la camioneta, sacamos los flejes de las cubiertas, le hicimos una especie de nudo, agarramos bien el motor con el chasis. Se hizo de noche y vemos al “camión escoba” que es el que “barre” el lugar para que no quede nadie. El que nadie quiere ver. Después de eso no hay nada. Al ver que no teníamos mucha solución nos dijeron que si tomábamos la decisión de quedarnos debía ser por cuenta nuestra, haciéndonos responsables de cualquier situación que pudiese suceder después. Le firmamos la hoja que certificaba eso y seguimos con el intento de reparar la camioneta. Nos dieron la mano felicitándonos por la actitud. Y nos quedamos con esa soledad inmensa que es el desierto y de noche. Pudimos solucionarlo y en 5 horas pudimos completar el tramo que nos faltaba. Volvimos a revisar todo. Le pedimos unas lingas más a unos camiones que nos habían pasado. De esa manera “vendamos” toda la camioneta. Mi navegante entiende mucho de eso y se las ingenió para solucionar temporalmente el problema y poder llegar a destino. Pudimos volver a pasar al “camión escoba” y ahí volvimos a respirar. Nos quedaban 300 km más y teníamos que reencontrar el camino. Sergio (Casas) se bajó de la camioneta y caminando me iba marcando el camino, ya que no se veía absolutamente nada ni había líneas que indicaran un rumbo. Sólo se veía un precipicio terrible que nos hacía estar al límite entre la vida y la muerte.

-Ese tipo de cosas hicieron que algunas etapas las hiciera de corrido, prácticamente son dormir.

-Exacto. Por ejemplo en esa anterior llegamos 8.30 de la mañana del día siguiente que habíamos comenzado. Ya la mayoría había largado una nueva etapa. Y nosotros recién llegábamos de la anterior. Pero estábamos contentos porque nos metimos en carrera nuevamente. Les pedí un tiempo para largar nuevamente y me dieron hasta las 11. Para esa hora la camioneta ya estaba toda soldada. Mi equipo fue formidable en toda la carrera. Este Dakar se los debo a ellos y a mi hijo Estanislao que fue el nexo entre navegantes y equipo.

Luego de eso hablamos con el equipo y nos dijimos ‘ahora que sea plata o mier…’ y nos jugamos con todo en esa etapa. Por suerte pudimos recuperar varios puestos.

-En ese tipo de situaciones, su familia desde Tandil les enviaban fuerzas permanentemente de distintas maneras. ¿Sentía esa unión familiar?

-Mi pensamiento volaba por todos. Yo me aferré mucho a este rosario que me regaló un amigo que se lo entregó el Papa en la mano. Era para un sobrino suyo, pero me lo dio a mí y me dijo que me iba a ayudar. Y sí, sabía que mi familia estaba atenta a todo lo que me sucedía… (lágrimas).

No te quepa la menor duda que esa fuerza me llegaba. Eran las 4 de la mañana y no llegaba, y todos ellos formaron una cadena, a través de facebook, esperándome.

-¿Copiapó fue un antes y un después?

-Sí. Porque en el anterior Dakar fue ahí donde me quedé. Al llegar estaba eufórico, cruzaba autos enterrados en la arena y sentía que estaba cumpliendo el objetivo, hasta que faltando 12 km lo veo a Nairvit en un pozo tirado. Paro para auxiliarlo y mi camioneta no quiso arrancar. Pensé que otra vez me sucedía lo mismo que en 2013. Pero después de todo pudimos llegar.

– Como fueron los tramos finales?

-No fueron fáciles, a pesar de quedar 150 km hubo muchos accidentes. Gente que quería sumar posiciones se terminó quedando afuera en la última etapa. Increíble. Pero al llegar al podio fue algo hermoso. Había mucha gente de Bahía Blanca y un gran amigo de Tandil que fue con nosotros. Ahí veo a mi esposa con mis tres hijos, que me sorprendieron.

La nota encontró en esa respuesta el final. Es que la emoción al describir el ver a su familia en ese podio tan anhelado fue tal que las lágrimas también fueron protagonistas de las vivencias contadas por Demetrio Lamtzev a este Diario. Y no es para menos. Porque para muchos ganar es todo, pero para otros, como el piloto que lleva orgulloso a Tandil por todo el mundo, la gloria fue llegar a la meta. 

Objetivo: Dakar 2015

“Tenemos ofertas de armar con el mismo equipo un vehículo más potente, con 350 caballos. Hay gente que se quiere sumar con otros vehículos más y armar un team con 3, por ejemplo. Vamos a competir en el Dakar 2015. Espero que la gente que tanto quiero de Tandil me ayude. Que el empresariado en el próximo Dakar esta vez me apoye. Llevo la palabra Tandil por todo el mundo, sin embargo los sponsors son de Capital Federal y Bahía Blanca. Ayer me llamaron mis compañeros de equipo muy contentos porque llegaron a Mercedes y fueron recibidos por el intendente y más de 1500 personas. Eso es muy bueno”.

Solidaridad al ciento por ciento

 

Antes de llegar al “temible” Copiapó, Demetrio Lamtzev ve en una olla de arena enterrada la camioneta de su amigo Naivrit. Lejos de querer terminar esos 12 km que le permitían superarse personalmente con lo hecho el año pasado, Lamtzev decide auxiliarlo, aunque haciendo más de psicólogo. “Cuando bajo a ver qué le pasaba a Naivrit me abraza llorando desconsoladamente. Es que le había prometido a su hermano antes de morir que alguna vez iba a terminar un Dakar (había corrido 4 sin suerte). En ese momento, y ante la falta de reacción de él lo saco de la camioneta, fuertemente lo tomo del buzo, lo insulto y le grito 'vos vas a terminar la carrera, pero me tenés que hacer caso y dejar de llorar. Yo te voy a sacar'. Luego  hicimos un par de maniobras tratando de subir esa olla “surfeando” la arena. Bajamos unas libras las cubiertas e hicimos lo que pudimos porque tenía el embrague quemado. Finalmente pudimos salir, ya que hizo muy buenas maniobras, y juntos recorrimos las dunas de Copiapó hasta llegar. Ahí estaban esperándonos mi hijo y el de Naivrit. Llegamos a las 3 de la mañana y nos abrazamos fuertemente. A partir de ahí se generó una amistad que durará por siempre en nuestras vidas”.

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