Dar de nuevo

En Crónica de una muerte anunciada (1981), el colombiano Gabriel García Márquez logra un brillante acercamiento entre lo narrativo y lo periodístico, en una obra que lo catapultó al Nobel de Literatura.
En ella, el final trágico de Santiago Nasar resulta inevitable, una suerte de fatalismo predestinado en el que las circunstancias no pueden interferir, bajo ningún aspecto.
Algo similar sucedió esta semana con la salida del Gobierno del jefe de Gabinete, Alberto Fernández, pieza vital en el armado de K en los últimos cinco años.
Su destino queda emparentado estrechamente con algunos aspectos sobresalientes de la novela en cuestión, poseedora de un tratamiento novedoso del ámbito rural, con destellos de realismo mágico y un estilo extraordinariamente versátil.
Porque algo de todo eso tuvo la médula del hecho político, y el proceso que derivó en el portazo del fiel funcionario todo terreno.
La extendida crisis del Gobierno con el campo había acelerado el desgaste del hombre quizá más cercano al matrimonio gobernante, superpoderoso otrora, pero ahora atado de pies y manos en una lucha intestina de halcones y palomas, que casi deviene en tragedia institucional.
Sus últimos actos de servicio, empero, le llevaron un esfuerzo póstumo por desactivar la delirante idea de Néstor K de hacer renunciar a su esposa, para rearmarse y volver a través de las urnas en una suerte de clamor imaginado desde una psicología compleja. Y una pluma afectiva en la redacción de la carta en la que le recomendó a la Presidenta una autocrítica seria, y una oxigenación concreta, materializada en principio en la necesidad de la salida del Gobierno de los De Vido, los Moreno y los Jaime.  
En aquello lo escucharon, y deshicieron las valijas a medio armar. En esto, para nada. Pese a algunos cambios de figuras, la gestión ratificó el férreo estilo K que encarna Néstor, respaldó a los cuestionados pingüinos y dio algunas señales de revanchismo impropias de los tiempos de tormenta que todavía no se han disipado totalmente.
Por lo demás, el Gobierno sigue contando con valiosas posibilidades de cambiar un rumbo probadamente errado en estos últimos siete meses de enfriamiento de la economía y, más aún, de la credibilidad y el poder. En sus manos tiene las cartas. Pero deberá barajar y dar de nuevo.

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