Emprendimientos

   Por Marcos Gonzalez
   (marcosggonza@gmail.com)
No va andar, dije con sobrenatural olfato para los emprendimientos, cuando comenzaron a surgir las primeras canchas de fútbol sintético.
Y hasta podía fundamentar mi pronóstico.
Primero, con base empírica. Las canchas de padel fueron un furor y al cabo de un tiempo quedaron las que tenían que quedar. O menos.
Una característica muy tandilense hasta no hace mucho tiempo  podría resumirse en la siguiente parábola: novedad-furor-copia-extinción.
Por ejemplo, a alguien se le ocurría abrir un comercio de venta de plumas de ganso. La iniciativa causaba sensación en el público tandilense. Pronto, hombres, mujeres y niños lucían orgullosos sus plumas. Plumas en almohadones, plumas en aros, plumas en bufandas, plumas en gorros, plumas en carpetas… plumas hasta en el bolsillo del sobretodo.
En menos de lo que canta un ganso, el centro comenzaba a poblarse de negocios del ramo: El palacio del ganso, Todo ganso, Gansohogar, Ganso´s, etc.
Al cabo de tres o cuatro meses no sólo debía bajar las persianas el que tuvo la idea, sino también los cinco o seis que se la copiaron. O, en el mejor de los casos, había que reciclarse: El rey del ganso y otras plumas.
Pasó con los todo por dos pesos, con las telefónicas, los gimnasios, los ciber, los padel. La superabundancia de oferta, el cambio de costumbres, las modas fueron condenando a nobles emprendimientos que vivieron apogeo y caída en cuestión de meses.
Pensé que con las canchas sintéticas de fútbol iba a pasar lo mismo. Además -aquí mi segunda argumentación-: ¿quién iba a pagar por algo que es gratis? Con la cantidad de plazas, potreros, espacios verdes, mirá que alguien va a pagar para hacer un picadito.
Hace tres meses que con un grupo de gordos amigos, más algunos pibes que juegan bien, estamos buscando un turno en un horario más o menos decente y no encontramos.
Ni en Talleres ni en el Rivadavia ni en Independiente ni en Arroyo ni en lo que era Maracaná. En ningún lado. Por ahí les queda un hueco tipo una o dos de la mañana, los lunes.
Suelo pasar seguido por avenida Avellaneda de noche, tarde y veo a los muchachos en Independiente, bajo la helada, disfrutando como si estuvieran a pleno sol en una playita de Pinamar.
Pobres, digo, con la idea de autoconvencerme de que soy un afortunado de llegar a casa, calentito, a mirar la novela de Echarri.
Pobres, repito y me miento sin convicción.
El otro día, un sábado a la tarde, iba caminando por la diagonal del Parque y me encontré con Luis García, vecino de la zona.
Luis es un veterano de baldíos y potreros salvajes. Todavía debe llevar alguna cicatriz mal curada en la rodilla, producto de una caída en tierra árida y pedregosa. La última vez que jugamos juntos (en una canchita de fútbol cinco) era un nueve que metía miedo, más por su altura que por su talento.
-Mirá, me dijo ese sábado, señalando para la Plaza de las Banderas.
-Sí, qué hay…
-Mirá bien. ¿Qué ves, o mejor dicho, qué no ves?
Había algunos adolescentes en ronda, dos o tres familias, chiquitos correteando, un perro negro grandote a punto de comerse un caniche toy, una vieja tironeando de la correa del caniche toy y no mucho más.
-Ahí tenés una historia, me dijo Luis haciéndose el misterioso mientras se perdía, cuesta abajo.
Me quedé un rato solo, en silencio. Y como suele pasarme en esos casos, comenzaron a entreverarse imágenes del pasado con el presente.
Me vinieron otros sábados, cuando la Plaza de las Banderas albergaba, al menos cuatro canchas de fútbol.
La principal se ubicaba paralela a la calle Rondeau y medía unos 70 metros por 20 o 30. Ahí se disputaban los picados en serio, los de primera; en el resto de las dos o tres canchitas satélites, se jugaba el ascenso.
Hoy no hay nadie. Ni sábados ni domingos. Apenas unos pibes, improvisando un picado con arco chico.
Estuve a punto de preguntarme dónde estaban los otros, los muchachos, los jóvenes, los veteranos, los que por años fueron dueños de ese estadio, verde y gratuito.
Me lo estaba por preguntar, pero la contrarrespuesta llegó antes que la pregunta.
Si sigo con este olfato para los negocios, las posibilidades de hacerme rico se tornarán de escasas a nulas.
 

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