Guillermo Slavutsky hace memoria

Llega a la redacción trayendo en la mano un ejemplar de ?Médico de Claraz?, recién salidito del horno y aunque diga que no, se lo nota emocionado. ¿Por dónde empezamos? Le pregunto a este médico que llegó hace mucho a la ciudad pero nunca dejó de dejar bien sentado que ?venía de Claraz?.
-¿Cómo fue crecer dentro de una familia numerosa?
-Me fui adecuando, ya que soy el mayor de los ocho hermanos. Tuve una infancia como la de cualquier chico de esa época,  en Bernal, donde nací. Vivíamos frente a una plaza llena de pinos y era como el ?jefecito? de mis hermanos, éramos un clan. Cuando jugábamos en la plaza me subía a los árboles y pegaba el grito característico de Tarzán, los vecinos ya sabían quién andaba arriba de los pinos, nos divertíamos mucho.
Al ser el mayor asumí la responsabilidad de colaborar con mis padres en la educación de mis hermanos, eso también marcó mucho mis primeros pasos. El hecho de hacer la primaria en el Escuela Normal Mixta de Quilmes hizo que vinieran a nuestras aulas los practicantes y ese trabajo que hacían con sus profesoras pedagogas me fue indicando que la docencia era un camino bueno para mí.
-¿Vocación de niño?
-No, porque hasta los 14 fui artista, hice danza, literatura, música, dibujo.
-Recién comentaba que había asumido la responsabilidad de colaborar con sus padres en la educación de sus hermanos ¿por qué?
-En casa había comenzado una severa crisis económica. Papá había sido uno de los jefes de la ex empresa Bernalesa, en la época gremial fuerte del comienzo del peronismo -me lo contaron y también lo recuerdo- los gremios ahorcaban a las empresas textiles y mi padre quedó sin trabajo.
Me di cuenta,  a esa edad,  que el arte era algo maravilloso para mi placer pero nada rentable para mi familia.
-¿Qué decisión tomó?
-A los quince años comencé a dar clases privadas para adultos, el primero que tuve se llamaba Montenegro,  era albañil, me dijo que lo que más quería era aprender a leer y escribir. Comenzamos entonces con las clases y tengo un recuerdo muy presente: el gremio le había regalado una heladera con las imágenes de Perón y Evita y él les ponía una velita, siempre estaba prendida, como si venerara a seres sublimes, alados. Me llamaba mucho la atención, y bueno Montenegro aprendió a leer y a escribir conmigo y comprendí que podía seguir con estas clases hasta que me recibiera de maestro.
-¿En su casa se hablaba de política?
-Ni de política ni de religión porque papá era judío, mamá católica, se casaron y no se habló más de religión y los ocho hermanos no tuvimos formación religiosa.
-¿Cómo se sentía estudiando y trabajando, ganándose unos pesos?
-Muy bien y cuando me recibí conseguí trabajo de inmediato en Capital Federal ya que quería ir a la Facultad de Medicina. Primero fui suplente y luego titular a través de un concurso, porque los varones teníamos prioridad sobre las mujeres en las escuelas nacionales de varones.
-No eran muchos los maestros en esa época
-Claro, en mi escuela de Quilmes éramos dos y 52 mujeres.
-¿Sus padres lo apoyaron cuando decidió estudiar medicina?
-Mamá  lamentaba profundamente que hubiera dejado el arte porque, hija de andaluces su papá había sido pintor, su mamá cantante y ella llevaba el arte en el alma, pero bueno, la realidad es que a ella le costó mucho aceptar mi carrera. En alguna oportunidad dijo que ?la Facultad le había robado el hijo?. Fue muy fuerte para mí todo eso?
-¿Era el único hijo que compartía con ella el amor por el arte?
-Sí. Mis hermanos intentaron algo, pero después vino tanta pobreza a mi casa que no había posibilidad de estudiar nada. Aproveché los primeros años de bonanza de mis padres.
-¿Cómo se llevan los hermanos?
-Muy bien, crecimos con formación ética y nos relacionamos muy bien. Los amo mucho, algunos de ellos son muy humildes, pero buenas personas, trabajadores. En febrero nos fuimos los ocho, solos, a las Cataratas, fue algo maravilloso porque tenemos una relación fraternal tan linda y los recuerdos nos unen tanto. Si bien nos vemos de vez en cuando unos con otros era difícil llegar a estar los ocho, pero no fue más que comprobar que aquello que nuestros viejos hicieron con dificultad,  viniendo de culturas tan distintas, dio como fruto que nos convirtiéramos, antes que nada, en buenas personas.

De la UBA a Claraz
-¿Qué lo llevó a convertirse en  médico rural?
-Cuando me recibí y ya llevaba cinco de práctica en el Hospital Fiorito ?los domingos porque durante la semana trabajaba como maestro-, y eso fue una escuela de medicina práctica muy fuerte.
Teníamos que atender todas las emergencias de Avellaneda, cuando en la práctica no había medicina privada los domingos, eso hizo que al tener esa experiencia de guardia estuviéramos preparados para atender cualquier emergencia, de modo que cuando me recibí, ya venía trajinado. Además en los últimos tres años de mi carrera de medicina fui practicante en la ruta 2 en los veranos, teníamos otro sueldo más y así preparaba las materias para dar en marzo y atendíamos todos los accidentados de la ruta.
-Y así comienza la historia
-Claro porque en la ruta 2 llevábamos a los accidentados a los pueblos vecinos, Dolores, Maipú, y veía que los médicos eran personas muy respetadas, cumplían un importante rol. Me pareció interesante el poder animarse a algo así y entonces pensé en la medicina rural como una posibilidad.
-¿También como maestro?
-Claro, porque venía de la escuela sarmientina y llevaba eso muy fuerte dentro de mí, la docencia también rural. Cuando fui a la Inspección General de Escuelas,  me encontré con un hombre fantástico, el inspector Blanch que me llevó a conocer muchísimos lugares donde podía trabajar como maestro y médico.
-¿Por dónde anduvo?
-San Antonio Oeste, por ejemplo entre otros pueblos,  pero allí  había seis o siete médicos muy arraigados, hechos a su estilo, rodeados de grandes campos con ovejas, no eran médicos que derivaban sino que resolvían todo. Pensé que no era una buena escuela para un médico que recién se iniciaba,  sabía que los médicos de pueblo, como fue (René) Favaloro tenían mucha creatividad, me pareció mejor buscar un lugar donde no hubiera  uno.
Por ese entonces estaba en Las Armas y los visitadores me decían ?usted tiene que trabajar en un pueblo donde sea necesario porque acá (en Las Armas) no hay población?. Y me nombraron a Luis Beltrami, un médico que estaba en Claraz, su familia ya se había vuelto a Mar del Plata de donde eran oriundos y cuando conocí a sus hijos me encontré con unos purretes divinos que si bien no habían nacido allí habían estado en ese pueblito.  Luis me advirtió que no me asustara de ver la pobreza, la humildad porque era un lugar de gente buena y que una vez que me conocieran iba a trabajar mucho. En esa época había muchos campos chicos alrededor del pueblito con una buena cantidad de población rural.
-¿La aventura lo tentó?
-Totalmente, fui en junio a ver el lugar y ¡era un desastre! (risas) y en esa oportunidad tuve una paciente. Nos casamos con Alicia antes de irnos en julio, de modo que nuestra luna de miel fue Claraz y a los tres meses encargamos a Martín y al año justo de llegar nació allí porque los caminos estaban bloqueados por la lluvia de modo que era imposible salir del pueblo. Alicia feliz de quedarse y yo pálido y nervioso de tener que atenderla.
-¿Cómo fue recibir a su propio hijo?
-Tremendamente conmovedor, al principio me dio un poco de miedo, Alicia era la que estaba pariendo y me miraba preocupada: ?¿te sentís bien?? me preguntaba, una cosa de locos. Había llamado a los médicos de los pueblos vecinos para que me ayudaran en el parto, pero, cuando llegaron Martín había nacido y ahí nomás sentí que debía llevar mi nombre y así lo anoté en el Registro Civil ?Guillermo Martín?? Por suerte, con el tiempo, a todo el mundo se le fue olvidando el primer nombre y es Martín a secas (risas)? es que estaba tan orgulloso, tan feliz?
-¿Cuántos hijos tiene?
-Tres. Martín y Mariana y Nicolás que nacieron en Tandil. Pero dio la casualidad que el médico que atendía a Alicia no llegó al parto de Mariana y tuve que atenderla nuevamente, ?nos hubiéramos quedado en Claraz ?, decía Alicia y nos reíamos.

Demasiado joven
y de apellido raro

-¿Cómo fue ser el médico del pueblo?
-Difícil al principio. Conocía mis limitaciones y no tenía con quién consultar ni aparatología, nada. Y creo que me ayudó mucho el haber sido maestro, porque me sentía capaz de poder impartir conocimiento, charlar con los papás. Había sido maestro titiritero y eso me daba la idea de que podía hablar con la gente.
-¿Los pacientes se animaron enseguida a consultarlo?
-¡No!, el primer año la gente casi ni venía, se quedaban en sus casas mirando al ?de apellido polaco  y tan jovencito ?decían- a ver qué hacía?. Venían solamente por alguna emergencia, pero después de ese primer año diría que me brindaron toda su confianza.
-¿Cuenta anécdotas de este tipo en el libro?
-¡Por supuesto!, sobre los primeros años donde me sentí que era útil, que podía tener mi trabajo, sostener a mi familia y ayudar a mis hermanos y también a la familia de Alicia.
-¿Ganaba mucho como médico rural?
-No, pero no gastábamos en nada, no salíamos y la gente nos regalaba cosas y mucha comida? yo tenía varios kilos de más (risas) y tengo relatos del pueblo, algunos muy simpáticos y otros muy dramáticos, porque la vida de las personas tiene que ver con todo eso.
-¿Habló antes de escribir con los protagonistas de esas anécdotas?
-Sí o con sus familiares, soy muy respetuoso al contar las historias,  pero sin nombres.
-¿Cuánto estuvo en Claraz?
-Seis años y diez meses, de julio del 68 hasta 1 de marzo del 76.
-¿El próximo destino fue esta ciudad?
-Alicia y los chicos quedaron en Tandil y yo me iba de lunes a viernes a Buenos Aires a estudiar mi especialidad (ver Médico por dentro).

 

El hombre y las panzonas
-¿Es tan así que cuando tenía el consultorio en Yrigoyen casi llegando a avenida España, como médico ginecólogo, venía gente de Claraz, puntualmente hombres a atenderse?
-(Risas) Sí? entre estos hombres estaba Etcheverry, habían sido pacientes míos en Claraz y querían que siguiera siendo su médico. Cacho Etcheverry era un poco sordo o se hacía, porque se sentaba con su pipa en la sala de espera, rodeado de panzonas y no se inmutaba,  hasta que lo convencí que sólo atendía mujeres, pero me costó bastante.
-¿Por qué eligió esta especialidad?
-Tiene que ver con la vida rural. En medicina tenemos muchas especialidades que conocí todas como médico general, pero lo único que uno hace como arte, realmente, es la obstetricia, que no sólo es el parto? y lo cuento en el libro. Por ejemplo,  cuando veía dos chicos que se ponían de novios percibía si iban a ser buenos padres para sus hijos o qué tipo de familia iban a formar.
-¿Qué cosas conocía en la época de Claraz de los bebés en la panza?
-Nada, porque escuchábamos los latidos con el estetoscopio de pinar como a los cinco meses, no teníamos muchos conocimientos sobre los bebés, de modo que tenía una incógnita, de alguna manera, hasta que nacían. Del quinto al noveno mes percibía cómo eran los movimientos a través de los movimientos en la panza. Veía que las mamás se tranquilizaban mucho cuando les ponía la mano en la panza y vi cómo el parto natural era posible con el acompañamiento del médico. La mujer acepta la mano del médico en la panza, no aceptaría que le tocara una pierna pero sí que le toque la panza, de modo que fui descubriendo que la obstetricia podía  ser una especialidad que pudiera abrazar. También la ginecología me indicaba que si la mujer era saludable en todos los aspectos era una futura madre más saludable también, entonces aprendí a hacer los Papanicolaou. Acá en Tandil me ayudaba Juana Bellagamba que hacía cistología y desde Claraz les mandaba los pap, de modo de hacer prevención de la salud,  sin tener demasiados elementos pero con muchas ganas.
-¿Es verdad que aprendió acupuntura?
-Sí, pero me di cuenta que no era para la medicina alternativa, que estaba formado en la clínica, pero lo hice por curiosidad y nunca llegué a aplicarla. También me formé como cirujano, que no era para mí algo vocacional, pero hay mujeres que deben ser operadas y hay que hacerlo, un poco porque la especialidad lo exigía.

Poner la oreja
-En Tandil tuvo una gran aceptación desde que llegó y una de las cosas que decían y dicen sus pacientes es que ?sabe escuchar?
(Se sonríe) -Si ve una historia médica se dará cuenta que escribo tal como el paciente me habla, si dice ?mi marido no me toca? o ?estoy jo??,  lo pongo textual, entonces me resulta muy simple cuando regresa la paciente al mes o a los diez años ponerme en contacto inmediatamente con la problemática que conocía. Además soy de hacer dibujos de la dolencia tal como la describe y esos datos más el interrogatorio es una descripción clínica muy importante. Y escuchar es muy importante.
-¿Actualmente se ha perdido ese ?disponerse a escuchar??
-Tengo una teoría de la evolución de la medicina que me han  dado los 41 años de praxis y veo lo que me pasó en Claraz,  donde lo único que teníamos era la conversación con el paciente más el examen tan minucioso que hacíamos y llegamos al hoy donde los médicos se ven ?casi obligados? a pedir los estudios que necesita y los que ?casi exige el paciente porque lo leyó en internet?, da por resultado que cuando la persona trae esa cantidad de estudios el médico toma nota, lee los informes, mira las imágenes y en ese tiempo el profesional no pudo palpar con sus dedos si ese quiste o tumor en la mama, es caliente, frío, duele o no. El examen médico pasa a un costado presionado también por el tiempo.
-¿Cómo es eso?
-Hoy los médicos reciben sus honorarios por medio de bonos que no saben si alguna vez los van a poder cobrar porque el dinero de la medicina lo tienen las empresas, no los profesionales. La presión económica que ejerce el sistema de salud no sólo en Argentina sino a nivel mundial hace que el profesional tenga que rotar el paciente cada tantos minutos, sino su trabajo no rinde, no puede seguir estudiando, perfeccionando.
La deshumanización médica en sentido médico-paciente, es un riesgo, pero no imposible porque el que hoy decide estudiar medicina no lo hace por dinero sino por una gran vocación de servicio.
-¿Vamos hacia esa deshumanización?
-Hoy son más las mujeres que estudian medicina y eso porque tienen una vocación de servicio natural por ser mujer y si bien el rendimiento económico es menor, se lo bancan más  que el varón que ya está buscando carreras que puedan ser un poco más rentables. Y si se recibe, verá a otros y tendrá que ejercer la medicina de esta manera dinámica y donde la tecnología puede ocupar el lugar del humanismo médico.
Personalmente, trato por todos los medios, dentro de lo que puedo transmitir, la permanencia de este humanismo.

El libro y después
-¿Cómo se siente teniendo el primer ejemplar del libro en sus manos?
-Es una sensación muy particular. No soy de emociones importantes ?lo que me ha servido mucho en medicina, ya que no reacciono ante el evento de manera inmediata-, mi emoción la vivo más tarde. Y la emoción de tener este ejemplar en la mano (se lo habían entregado hacía muy poco tiempo) seguramente se dará esta noche donde tengo una presentación íntima con amigos y familiares y colegas que aprecio mucho y me aprecian, que me ha preparado Andrea Demarco. El 22 va a ser más expuesto.
-Días atrás se refirió a la necesidad de que hubiera ateneos en el hospital público, ¿cómo es eso?
-En primer lugar no quiero molestar a nadie con mis palabras, pero se necesitaría al menos una vez al mes hacer ateneos en la biblioteca del  Hospital, una reunión de médicos que comparten sus experiencias y hablan de sus casos y no cuesta nada y van a ir los que se interesen y que sea sin arancel, que ningún laboratorio tenga que solventar nada. Es solamente abrir la biblioteca del hospital. Ese es uno de mis sueños.
-¿Y respecto al libro, cómo se siente con la narrativa?
-Muy bien, porque es trasladar la poesía al cuento y he escrito mucha poesía que nunca me animé a publicar y que en resumen es narrativa, cuenta cosas.
-¿Por qué eligió este género?
-Creo que la poesía la lee menos gente.
-Y no falta quien se refiera a ella como un género menor.
-No la considero así, de ninguna manera, son palabras mayores, pero creo que mucha gente lee más fácil los cuentos, llega mucho más lo narrativo.
-Pasó por talleres literarios
-Además, estuve haciendo un curso para adultos mayores en la Unicén de muy buen nivel, allí encontré gente muy preparada como Adriana Calvar, pero vi que no íbamos a publicar por uno o dos años. También estuve con Griselda Crespi en Quebrantahuesos y finalmente con Patricia Ratto antes que sacara su primer libro y me puse a hacer algunos intentos de narrativa hasta que empezaron a aflorar los temas sobre medicina rural y ella me los corregía. Comencé a sentirme más protegido, me estimulaba a seguir y después me abandonó porque ahora está muy ocupada?
-No lo vea como un abandono sino que lo dejó volar
-¡Tiene razón!, Me dejó volar y me hice el libro con la ayuda de gente que no tiene experiencia pero hemos aprendido entre todos, ésta es nuestra primera publicación.

Los regalos de la vida
-¿Cómo resume ?Médico de Claraz??
-Es el poder contar en unos cincuenta relatos las vivencias de esos siete años que viví y trabajé en Claraz, con la familia que también dio sus primeros pasos, en un lugar muy saludable a pesar de los pocos recursos, las relaciones humanas son muy estrechas.
Porque allí la gente tiene los problemas de todas las personas, pero con el que amás u odiás te ves todos los días, sos vecino. Por eso cuento relatos de este tipo, era como una gran familia.
-¿Es un homenaje?
-Sí, a mi primer lugar profesional, familiar, a la base de mi profesión porque de lo que viví allá recojo cada día los frutos, entonces es un agradecimiento a haber podido encontrar un terruño y también un homenaje a los médicos rurales.
Hoy, en Claraz, no hay médico. Acá somos más de 300, somos un montón y hasta sobramos y allá no hay uno solo y eso me da muchísima pena. Pasaron toda esta virosis con la ayuda de los médicos de Juan N. Fernández, cuando podían ir.
Este libro es también para destacar la labor de los médicos rurales que trabajan con la cuarta parte de los recursos,  porque al empobrecerse el país que es rural en extensión, nos  estamos acercándonos a los cuarenta años atrás donde comencé como médico rural porque no tienen internet ni otros avances. Es un homenaje a ellos y creo que también van a llegar a los estudiantes de medicina para que antes de hacer una especialidad hagan medicina rural, que se animen porque nos da a los médicos una visión general de la persona y su entorno.
-La última ¿se siente agradecido a la vida?
-Superé todas las expectativas que tuve alguna vez, cuando nacieron mis hijos que llegaran a tener su autonomía, que pudieran volar, soy un agradecido a Alicia,  aunque ahora no estoy con ella, por todo lo que me acompañó ya que en la parte médica siempre me dejó hacer y considero que soy una persona feliz. Estoy bien de salud, no hago proyectos a largo plazo porque a cada instante nace uno. Pero si mi vida termina hoy estoy feliz, porque logré mucho más de lo que nunca había soñado.  Seguir trabajando y poder escribir son regalos que da la vida.

 

Médico por dentro
Nació en Buenos Aires el 12 de enero de 1943. Es médico especialista consultor recertificado en ginecología y obstetricia, otorgado por el Colegio de Médicos de la Provincia de Buenos Aires.
Vivió en Bernal con sus siete hermanos menores hasta los veintitrés años. Egresó como maestro normal nacional y luego bachiller en 1959. Mientras ejercía el magisterio en Capital Federal, ingresó en la Facultad de Medicina de Buenos Aires y egresó en 1967.
Ejerció la medicina rural en Claraz, pueblo-estación del partido de Necochea entre los años 1968 a 1976 y luego se trasladó a Tandil.
Se formó en obstetricia, en la maternidad Sardá de Buenos Aires con Koremblit, Fescina y Uranga Imaz; en ginecología en el Hospital Italiano de Buenos Aires con Lamattina; en fertilidad con Edgardo Nicholson en el Cegyr, laparoscopia  con Videla Rivero y sexología con Kusnetzzof, en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires.
En 1983 se  perfeccionó en ecología fetal, haciendo el postgrado en el instituto Dexeus de Barcelona, especializándose en ecografía  ginecológica y obstétrica, título revalidado en el servicio de ecografía del hospital Ramos Mejía de Buenos Aires.
Es miembro y socio de las siguientes entidades científicas: Sociedad de Obstetricia y Ginecología de la Provincia de Buenos Aires, Sogta (Tandil), AMA (medicina), Aapec (climaterio), American Institute of Ultrasound in Medicine (ecografía) y FAS (sexología).
Realiza postgrados en ginecología psiquiátrica en la Universidad Favaloro y en climaterio y menopausia en la Aapec (Asociación Argentina para el Estudio del Climaterio).
Participó en los talleres de escritura de la profesora Griselda Crespi y actualmente con la escritora Patricia Ratto. Tiene tres hijos y nueve nietos.

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