Jóvenes escritores de ficción

 

“Los dientes” por Mauro Castronovo
 
Según se dice, tenemos los dientes más fuertes del mundo. Pero no, yo tengo una historia que les va a cambiar su forma de pensar. 
Mi hermana menor tocaba muy bien el acordeón. Cuando era bebé, iba de acá para allá con uno muy pequeño, de plástico y algo parecido a la goma, que había encontrado en la rivera del río. Siempre anduvo sola, porque los de su edad la rechazaban ya que no tenía el pelaje del color café perfecto y los dientes grandes. 
Cada decisión que tomaba no era digna de un castor. Por este motivo, se enfrentó varias veces a los más violentos de nuestra manada. Esta es la única explicación que encuentro al motivo por el cual se aflojaron sus dientes. 
Hay un rumor que dice que fumó algo que encontró tirado en el suelo y que habían arrojado unos humanos, pero yo sé cual es el motivo de la catástrofe, porque lo vi con mis propios ojos, parecía la ilustración de un libro de terror japonés, que suelen ser muy desagradables. Era casi tan feo como dar una lección oral de “Historia y vida de Makunga IV, el Rey Castor”. 
Sé a la perfección cómo murió mi hermana y, aunque en mi opinión quisiera que haya un culpable, no lo hay.
De tantas peleas, finalmente se le desprendieron los dientes, justo cuando estaba mordisqueando una gran rama de pino. En ese momento se le atoraron en la garganta impidiéndole respirar. Nadie la escuchó. Mi pobre hermana murió atragantada por sus propios dientes.
 
 
“De agujeros negros y caballos” por Mauro Valerioti
 
El hecho transcurre en un pequeño pueblito que se encuentra no recuerdo dónde, durante la Edad Media. En este lugar las cosas tienen muy poco sentido y, en un tranquilo y aburrido día como siempre, sus habitantes se encuentran plácidamente en sus casas, sin nada más que hacer que ver volar las moscas y rascarse la panza. Pero no todos son así: no tan lejos, se oye un ruido de martillazos, objetos metálicos que se golpean entre sí, alguien dando órdenes. Son los vagos hermanos Manivela, que parece que se están proponiendo hacer algo. Extrañada, la gente se va acercando para ver qué hacen. Al llegar al lugar lo primero que notan es la forma de una extraña máquina que no se parece a nada que hayan visto antes y ambos hermanos, sobre ella. Elvio, el mayor, con una gran sonrisa en la cara, sostiene entre sus manos una cuerda que está sujeta a la gran máquina en la que Timón, el menor, asegura una pieza de metal. 
Los vecinos están muy curiosos por saber qué es y por eso empiezan a sacar sus propias conclusiones. Se preguntan si es alguna especie de vehículo, o quizás una máquina para hacer caramelos.
Mientras todo esto ocurre los hermanos Manivela trabajan a la par muy ruidosamente. Para el atardecer, la plaza donde todo esto ocurre, se convierte en un parque de atracciones para la gente. Los vendedores aprovechan la situación para salir a vender diferentes tipos de comidas, ropa, servilletas y joyas.
Los hermanos, sin dejar de seguir las instrucciones y trabajar en lo suyo, miran a la multitud alrededor y se ríen. Nunca han visto tan felices a las personas del pueblo. 
Sólo falta un poco más, unos ajustes por aquí, pegar con plasticola para ahorrar tiempo, algo por allá y la extraña máquina está lista. 
La gente está asombrada, porque a pesar de no saber lo que es aquello, se ve muy impresionante. Elvio y Timón descienden y se ponen junto a la asombrada multitud para contemplar su trabajo. Un niño se les acerca y le pregunta al mayor qué es aquello entonces, contemplando las caras de la gente junto a su hermano contesta: -Señores y señoras: les presento la máquina de agujeros negros y caballos.
 
 
“Un viejo amigo de la casa” por Lucas Muñoz
Una nueva mañana comienza y, aunque estoy un poco cansado, debo abrir mi cabeza y comenzar a trabajar.  Ni bien abro los ojos veo a mi amigo el acordeón. Aunque siempre soñé con tocarlo, creo que va a ser un poco difícil hacerlo.
Es que soy como un bebé al que no le dejan tocar nada, porque piensan que lo va a romper.
Dicen que por las mañanas me porto mal y me tocan por aquí y por allá. Pero lo que no entienden en casa, es que en menos de cinco segundos yo tengo que abrir los ojos y empezar a trabajar, mientras ellos primero se toman un café con algunas medialunas.
En este último tiempo comencé a relacionarme con Franco, el más pequeño de la casa. Tiene cuatro años y está un poco alterado, como todos los chicos de su edad.
Tal vez sea que sus padres no lo comprenden. Además, trabajan muchas horas y no le prestan atención y él la busca de cualquier modo.
Todavía recuerdo el día en que me enfrentó, nos miramos cara a cara y aunque yo le mostré mis dientes, él me pego un manotazo, por lo que luego tuvo que dar una explicación.
Desde aquel entonces nuestra relación es mala, cada vez que me quiere hablar le gruño, pero no se da cuenta, o se hace el desentendido.
Con el único que no tengo relación en la casa es con Alejandro, el hermano mayor de mi enemigo Franco. Pocas veces nos hemos podido conectar, aunque cada vez que lo castigan viene a hablar conmigo.
Yo tengo un cuarto muy especial, hay varios colores en las paredes, una ilustración de la familia entera compartiendo un momento conmigo, y hasta un barco japonés de juguete que suele estar sobre mi espalda.
Desde aquí escucho todo lo que sucede en la casa, y puedo oír la lección que le dan a Franco porque parece haber golpeado a un compañero de jardín.
Se abre la puerta y entra el pequeño con su papá. Franco tiene más ganas de estar jugando al fútbol que mirando mi cara.
Ya pasó un rato. De repente, la cara de Franco se transforma, levanta su mano derecha y cerrada y me da un golpe en los dientes, y otro, y otro más, y el dolor empieza a colarse por todas partes. Sin darme cuenta y sin querer hacerlo comienzo a quejarme del dolor.
Entre gritos, llevan a Franco a su cuarto, pero nadie se queda conmigo. Ya no entiendo que me sucede, la vista comenzó a fallarme, no escucho bien y mis dientes están a punto de caer a mi panza.
Lejos de venir ayudarme, el papá me esconde en la oscuridad con brusquedad y finalmente, mis blancos dientes terminan de caer. Los siento en el estomago, y me están molestando para respirar. Estoy ahogado y si nadie piensa venir a ayudarme, la historia de este viejo piano sólo quedara en la memoria de la familia.
 

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