La accesibilidad para los discapacitados

Señor Director:

Evidentemente en nuestro terruño hay un tema (de los tantos…) al cual los gobernantes de turno no le dan la inserción que amerita, y me refiero, en particular, al caso de las personas con discapacidades de diferente índole. Quedé perplejo días atrás dado que en la intersección de las calles Brandsen y Viamonte se están realizando rampas dobles por cada esquinero de manzana. Muy bien, desde ya, excelente.

Pero he aquí que no sucede lo mismo en todas y cada una de las zonas urbanas por excelencia, o sea concretamente no existen, como debería y debe ser o en algunos casos hay una sola, en otros solo dos y también he visto curiosamente hasta tres. Antes que alardear sobre cosas (pavimentos deteriorados, iluminación pública pobre, emprendimientos para nada necesarios y menos aún urgentes, entre otros, obviamente no es una enumeración taxativa) y que todos y cada uno pagamos como contribuyentes, según nos inculcaron nuestros mayores que por suerte en paz descansan.

He visto, y sigo viendo desgraciadamente, personas en sillas de ruedas que deben utilizar los cordones cortados para ingresos y egresos de vehículos como rampas ante la falta de ellas, y con el sumo riesgo que ello implica. Adelante Sancho, nos ladran, señal que son perros. Además y sobre estas temáticas, entre otros ítem hay muy exiguos, limitados, lugares y sectores para el estacionamiento de personas con discapacidad (accesos a establecimientos de la salud, comercios varios, entidades crediticas, entre otros). Como tampoco existen paradas de micros con información en sistema Braille, ni señal sonora en semáforos, no se ve un solo transporte público con rampas, etc. ¿Es discriminación?

¿No sería condición sine quanon a la brevedad posible (más vale tarde que nunca) gestionar una delegación del Inadi?

Espero que no caiga en saco roto lo que he manifestado.

¿Es un pueblo soñado o sonado?

Como dijo Tolstoi: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”.

Carlos Remazzina

DNI 5.391.844

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“Disco es cultura”

Señor Director:

Actualmente me encuentro viviendo en La Plata y tuve la oportunidad de viajar a mi ciudad natal para el cumpleaños de mi padre que coincide justo con el cumpleaños de una amiga.

La amistad con ella se gestó y aún se centra en la música y no se me ocurrió mejor manera de agasajarla en su natalicio que con un CD.

Al entrar a Musimundo y recorrer sus pasillos rodeado de lavarropas y aires acondicionados encuentro una pequeña batea con una oferta muy pobre (en diversidad y cantidad) de títulos, entre los cuales no se encontraba ni por cerca lo que buscaba.

En el camino me contactaba con amigos músicos de la ciudad preguntando si existía algún lugar donde poder dar con un disco compacto, pero todas las respuestas eran negativas. Desde que Vereda Musical cerró, parece ya no hay donde comprar en Tandil la música en este formato.

Supongo que en algún momento habrá pasado con los vinilos, con los cassettes… más de uno dirá “tarde o temprano le iba a pasar al CD también”. Como músico de profesión déjeme decirle, señor Director, que el problema no viene con respecto al soporte, sino a nuestra manera de consumir.

Hoy en día, la cantidad abrumante de información que nos atraviesa es tanta que es necesaria filtrarla y un disco es demasiada información junta en el poco tiempo que parecen tener nuestras vidas, por lo tanto se prefieren los servicios de streaming como Spotify o iTunes, en los que generalmente se seleccionan algunas pocas canciones de algún artista o género y se almacenan en “playlist”. Ni hablar de la pérdida indiscriminada de calidad que sufren las compresiones en mp3 para alivianar su tamaño virtual.

Sin embargo, lejos de ir en contra de lo mainstream, los músicos siguen y seguirán editando álbumes en CD, ya que el formato es algo más que un puñado de canciones: hay un concepto que las une, hay un diseño gráfico que intenta visualizarlas en un arte de tapa, hay en ocasiones letras impresas para simplificar la transmisión del mensaje y, por sobretodo, están nuestros derechos.

El músico que edita un CD lo hace para difundir su arte, pero también lo hace para trabajar porque un disco también es su declaración jurada, su lugar en el sistema tributario, su lugar en la sociedad.

Pertenezco actualmente a la rama de músicos independientes y autogestionados, lo que significa que nadie más que yo y mis compañeros del proyecto financiamos, registramos y producimos el material que nos abre la puerta a nuestros derechos. Imagínense ustedes mi desazón al saber que no existen lugares que los vendan, cuestión que en este sistema capitalista se traduce a que no hay gente interesada en comprarlos.

Por suerte, hay un oasis en este desierto y se encuentra ubicado en Maipú 59, donde radica el estudio de grabación Nido Records comandado por Gastón “el flaco” Gauna, ingeniero, productor y dueño del mismo. El flaco, íntimamente relacionado y comprometido con la escena local y regional musical, se encuentra en la elaboración de un catálogo de discos que tiene títulos interesantísimos de músicos locales y regionales, como Julieta de la Canal, Salvatores, Los Moretons, Quique Ferrari, Pablo Passini, Guarda la Cara, Richard Braun y La Vorágine, Juan Pablo Di Leone, Julieta Rada, Nicolás Ibarburu, entre otros tantos.

Concluyendo, cualquiera que tenga un disco a mano si mira su caja en el reverso probablemente encuentre en letra pequeña un par de inscripciones correspondientes a los derechos que protegen la música cerrando con la frase “Disco es cultura”. Si no puedo adquirir un disco en mi ciudad, ¿qué debo pensar?

Por suerte Gastón mantiene viva y empuja la cultura musical tandilense que tanta música ha gestado, y este es un llamado los ciudadanos tandilenses a que se animen a regalar música, a comprar un disco de alguien que quizás nunca escucharon hablar, a tener esa cajita con las letras para leerlas, ver los detalles del arte de tapa, escuchar la música con calidad, sin compresiones, mover la economía regional e independiente en estos momentos delicados.

También la invitación es a sumarse a la experiencia de escuchar un disco de principio a fin, sin playlist ni botón de aleatorio, sin tener el celu al lado, sin el Facebook abierto. Quizás con compañía, o con alguna bebida, fumando o saboreando algo… Regalarse una hora para escuchar un poco de música en donde la velocidad de este milenio parece acortar los días puede convertirse en una práctica muy saludable si así se lo proponen.

Quizás si crece la demanda de discos, crezca el catálogo del Nido o aparezca algún otro “sucucho” que venda algunos discos y el año que viene le pueda regalar a mi amiga el disco que quería.

Pablo Nicolás Donvito

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