LA APASIONANTE INVESTIGACION DE MARIA VALERIA MOSSE SOBRE LOS HERMANOS VELA

SEGUNDA Y ULTIMA PARTE

María Valeria Mosse, profesora e investigadora universitaria, escribió un interesante artículo titulado ?Una tierra de infinitas posibilidades en la frontera sur de Buenos Aires. Don Pedro José Vela?.
Está inserto en el libro ?Vivir entre dos mundos. Las fronteras del sur de la Argentina. Siglos XVIII y XIX?. El editor es Raúl J. Mandrini y la obra fue dirigida por Gregorio Weinberg.
Publicamos hoy la segunda y última parte de una selección de párrafos que mucho tienen que ver con la historia del pago chico.
Hacemos la salvedad de que títulos y subtítulos pertenecen a la redacción de La Vidriera.

 

 La guerra iniciada con el Brasil había generado deterioro comercial y una gran depreciación  del papel moneda por lo que era imperioso invertir en las opciones que aún se mantenían abiertas.
 Pedro Vela no fue ajeno a la coyuntura. La década de 1830 fue muy favorable para sus inversiones inmobiliarias. Entre 1831 y 1836 compró en tres fracciones  la que sería luego la casa familiar en el centro de Buenos Aires, sobre la calle de la Piedad.

12 LEGUAS CUADRADAS POR LA ZONA DE GARDEY

Y hacia 1834 comenzó a ocupar tierras del Estado en la campaña sur. Ese año, recibió de Pedro Ponce la transferencia de acciones  enfitéuticas que éste poseía, sobre una extensión de 12,7 leguas cuadradas ubicadas sobre la horqueta del arroyo Chapaleofú en las inmediaciones de Tandil.
 En la década de 1830, además, el gobierno de Rosas había utilizado la distribución de tierra pública como forma de recompensar mediante premios a los participantes en la ?campaña del desierto? de 1833. El coronel Martiniano Rodríguez, firmante del acta fundacional de la Fortaleza Protectora Argentina y jefe  de la guarnición de Bahía Blanca desde 1832,  recibió de ese modo en 1834 cuatro leguas por pago a sus servicios. Sin haber hecho efectiva su ocupación, un año después las vendió a Pedro Vela.
 Gregorio Guerrico, por su parte, y en una operación similar, transfirió al mismo Vela en 1838 ?la acción de dos leguas cuadradas de terreno de pastoreo?.

NOVILLOS BIEN PAGOS, SI LOS HAY?

 Para 1840, Pedro Vela era el mayor comprador de tierras públicas de la provincia. Más de 35% de las tierras habían sido  adquiridas usando ganado como medio de pago. Esta era una estrategia habitual, sobre todo en los espacios de frontera, donde los fuertes necesitaban aprovisionarse de reses. Contaba, además, con un beneficio adicional, ya que el Estado provincial cotizaba muy bien las cabezas entregadas. Según valores de la época, con 314 novillos Vela habría pagado la compra de más de 14.000 mil hectáreas, cuando para criar esos animales le bastaban 500 de ellas.
 Aún con tierras propias, no descuidaron su ocupación inicial. La actividad comercial mantenía aún un lugar de importancia más allá del giro hacia la ganadería de los Vela. Prueba de ello era la ubicación estratégica de sus puestos y pulperías, a la vera de los caminos.
 Vela había instalado sus pulperías en puntos inmejorables ya que eran el lugar obligado de paso para vadear los arroyos; su conocimiento del territorio logrado en base a los continuos viajes comerciales le habían permitido adquirir tierras de excelente calidad y mejor ubicación, a fin de unificar su actividad comercial con la ganadería.
 Hubo, sin embargo, otra vía no menos importante para acceder a la tierra, la de la lealtad política. En menos de una década Pedro Vela se había convertido en un poderoso propietario de tierras.

POR 1830 HABIA MIL INDIOS EN EL TANDIL

 Los grupos indígenas ocupaban un lugar de suma importancia en la política provincial.
Los grupos que pactaron fueron denominados ?indios amigos?, una categoría que se remontaba a la época colonial. Instalados, en general, cerca o en los alrededores de los fuertes, colaboraban en su defensa a cambio de raciones y caballos. 
En la década de 1830, habitaban en torno al fuerte Independencia más de 1.000 indígenas entre ?chusma? e indios de guerra, mientras que la población criolla local era de poco más de 500 habitantes. Estas cifras dan una idea de la correlación de fuerzas y de la importancia, para el estado, de mantener la paz.
 
ONCE HIJOS, MUCHOS PESOS Y NINGUNA FLOR?
 
 Pedro Vela dejó una descendencia de once hijos: José León, José Agustín, Inés, Teresa, Eduarda, Petrona, Felipe Tobías, Pedro José (h.), Antonio, Angel y José María Vela y Vázquez. Hacia 1860 su enorme patrimonio territorial permanecía aún indiviso, a la espera de ser repartido entre sus herederos.
 La evolución de la fortuna de Pedro Vela  había sido rápida. En 1823, al momento de contraer nupcias con Petrona Vázquez, poseía como todo capital 8.000 pesos en moneda metálica; su esposa sólo había aportado ?la decencia de su persona?. Treinta y cuatro años después, su capital medido en pesos fuertes ascendía a 1.105.598.
 Pero esa inmensa fortuna se verá pronto desperdigada. Los ?campos de afuera?, ubicados en Azul, quedaron para la viuda, mientras que cada uno de sus hijos recibió 2,8 leguas de tierra en las ?campos de adentro? y 400 animales. Comparado con lo que poseía su padre, era una modesta forma de empezar de nuevo aunque el nivel de vida que les había dado les permitió ascender socialmente y relacionarse con poderosas familias porteñas.
 Salvo los mayores, los hijos de Vela habían realizado una vida más urbana, con poca atención a las labores ganaderas.
Pedro José (h.), por ejemplo, siguió ligado a la política. Su hermana Eduarda, mientras, se ligaría a los Alvear mediante casamiento, ampliando así el círculo de relaciones de la familia.
 La riqueza de base ganadera pronto fue dejada de lado en beneficio de actividades profesionales ligadas a Buenos Aires. Prueba de ello es que pocos años después de la muerte del padre las tierras fragmentadas de los hijos de Pedro Vela fueron rápidamente vendidas.

CONCLUSION DE LA AUTORA:
CUANDO ERA MAS FACIL
HACER MUCHO DINERO

 Ya sin autoridad real o simbólica, cuarenta años después, la historia de los Vela en la frontera se cerraba en el mismo punto en que había comenzado.
El análisis de la trayectoria de un personaje como Pedro José Vela permite introducir una mirada más detallada sobre diversos aspectos de la vida de frontera. Más allá de su representatividad, el seguimiento de la vida de Pedro ilumina cuestiones más profundas, como el comercio fronterizo, la construcción del patrimonio en ámbitos rurales, el papel del Estado en la acumulación de tierras, o los vínculos entre el espacio rural y la ciudad en torno a los negocios, entre otros.
 Pedro Vela no fue un personaje encumbrado; los muy escasos indicios que existen sobre su desempeño en Tandil y Bahía Blanca así lo demuestran. De todos modos, su trayectoria parece ser similar a la de otras personas de la elite que compartieron el mismo tiempo histórico. Esto permitiría avanzar sobre la hipótesis de las posibilidades de acumulación que se ofrecían a comienzos del siglo XIX para los antiguos comerciantes coloniales que supieran adaptarse a los cambios de la época, más allá de su origen social.
 En el caso de Vela, la variable del espacio en que desempeñó sus actividades cobra además una importancia fundamental: la frontera es aquí un elemento que da dinamismo a su trayectoria.
Lo mismo sucede con sus adquisiciones de tierras: su conocimiento profundo de la zona le permite maximizar los beneficios de su inversión al contar con ese elemento adicional que lo hace dueño de extensiones fértiles y estratégicamente ubicadas.
 Del mismo modo, el vuelco a las inversiones urbanas hacia el fin de sus días revela las alternativas existentes cuando la ganadería se tornaba inviable. En todos los casos, más que un camino inteligentemente planeado se adivina un conjunto algo limitado de opciones en las que invertir el capital obtenido.
 En síntesis, más allá de lo colorido que pudiera resultar el relato de su vida, interesa plasmar aquí aquellos problemas que atravesaron la vida del personaje en cuestión, y que fueron comunes a quienes compartieron tiempo y espacio, a fin de contribuir a un análisis más profundo de las características de la vida en la frontera.
(Edición y comentarios de Néstor Dipaola sobre el artículo de la profesora y licenciada María Valeria Mosse.

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