La farsa del ?socialismo del siglo XXI?

La nueva experiencia populista comenzó en Venezuela, primero como una forma de ejercer el poder y después institucionalmente mediante la Constitución Bolivariana. Luego se ramificó a Bolivia, a Ecuador y a Nicaragua, siendo común en estos casos el aval de los jefes de Estado (Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega, respectivamente), lo que facilitó su instalación. A su vez, en los dos primeros casos (Bolivia y Ecuador), como antes en Venezuela, se hicieron enmiendas a las constituciones para incorporarles las máximas de ese socialismo sui géneris.
Por otra parte, en los países latinoamericanos donde no han logrado el acceso al poder hay representantes que lo proclaman como modelo a adoptar. En Argentina, país cuya Constitución netamente consagra un liberalismo filosófico, político y económico -a pesar del arraigo estatista y caudillista de la política real-, las principales voces del ?socialismo del siglo XXI? son Hebe Pastor de Bonafini y Luis D?Elía.
Ninguna explicación agota por sí el fenómeno porque tras un modelo político intolerante hay una cultura que opera de continente y remite en última instancia a la sociedad y a sus individuos, como tan bien lo han explicado Erich Fromm en El miedo a la libertad (tiene un capitulo en el cual analiza cómo el ilustrado pueblo alemán que venía de un esplendoroso siglo XIX termina confiando en un cabo demagogo y resentido como salvador) y Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo. A pesar de esos horizontes inconmensurables, tomaremos algunos elementos distintivos para al menos poder aproximarnos a su comprensión. Escogería tres tópicos, no más, para hacer una somera presentación: por qué esa izquierda traicionó sus ideales libertarios y se asoció a regímenes antidemocráticos; cuál es la razón por la cual un discurso sincrético, contradictorio, sin consistencia alguna, perimido en otras latitudes, empero se propaga en América Latina; y -en lo que completa lo anterior- cómo es posible que, además, esos discursos se materialicen en regímenes que concitan la adhesión de las masas.

Ni humanista ni democrático

La traición al espíritu humanista de la izquierda nacida con las revoluciones liberales (especialmente la francesa de 1789), amén de las etiologías particulares (como el odio visceral que guía a Bonafini), se funda en la adhesión de algunos de ellos al modelo despótico surgido de la Revolución Rusa. Desde allí, el socialismo se impondría sin importar cómo, incluso por las armas, traicionando también al supuesto ideólogo, porque si algo debemos aceptar es que Marx sí era un humanista.
Cuando Bonafini apoya a las FARC, D?Elia a Irán y Quebracho invita a la revolución armada, nada hay de ?libertad, igualdad y fraternidad?. La traición ya fue consumada.
El ?socialismo del siglo XXI? continúa esa tradición no democrática. Sus apologistas enfatizarán que Hugo Chávez, por ejemplo, accedió al poder por elecciones. Pero esa es una mirada parcial (reducción electoralista de la democracia) porque, primero, ella es irrescindible a la república y supone alternancia posible; y, segundo, si algo logró la teoría liberal es desmitificar la invocación de las mayorías para conculcar derechos individuales: violar derechos fundamentales deslegitima aún a quien cuente con mayorías, pues la democracia habrá devenido en una dictadura de las mayorías (se llame del proletariado, bolivariana o como sea).

Los elementos legitimantes de todo populismo

Está claro que esas vías no llevan al progreso y basta con cotejar los avances de los países que abandonaron el ?socialismo del siglo XX?. Sin embargo, aquí se propone una edición ?siglo XXI?, ¿por qué?
Es un dato objetivo que, salvo casos como Chile o Brasil (países en los cuales no por casualidad gobierna una izquierda prácticamente antitética a la chavista) han fracasado las reformas económicas que prometían terminar con el atraso de la región, generando desprotección en buena parte de la sociedad. Esto allanó el camino para el regreso del populismo estatista asociado al abuso de poder, aprovechando ese acervo cultural paternalista heredado de la colonia hispánica, ya señalado por Sarmiento hace un siglo y medio.
Esto es bueno porque a la fantochada teórica se le sumará el fracaso práctico. Vaya a saber qué dirán si Evo Morales no puede evitar el secesionismo boliviano o cuando Raúl Castro termine rogando que las empresas americanas inviertan en Cuba. O bien -sin ir más lejos- cuando por culpa del populismo kirchnerista (ya pasó mucho tiempo para seguir maldiciendo la década del ?90) termine de explotar la economía irreal llena de distorsiones por los miles de millones inyectados en subsidios.
El máximo desafío para sepultar de una vez todas esas ideas agotadas en el resto de occidente es lograr convencer a las masas más desfavorecidas que, presas de la necesidad, constituyen el gran soporte electoral de los profetas del populismo, advirtiéndoles que ellos nunca los arrimarán al progreso porque necesitan de un cuadro marginal para permanecer en el poder. Muchos políticos callan esto para no perder votos, pero esa es una explicación de por qué el peronismo gobierna hace dos décadas la provincia mientras que, por ejemplo, López Murphy tan solo sacó el 1.5 por ciento.

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