La obra “Un hombrecito extraordinario”, de Matías Zarini, nominada a los premios ACE al teatro 2016

“Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos”. El camino de Matías Zarini en el mundo del teatro comenzó en un escenario de colegio, a los ocho años. Algunas pequeñas obras con amigos, un paso por la Escuela Superior de Teatro, un empujón a Buenos Aires, algunos golpes, un teatro de casa, La Galera, Héctor Presa, más amigos y un sinfín de pequeñas historias en zigzag. La vuelta a Tandil, un encuentro tardío con “El principito” y su debut como autor. Nada más auspicioso para un horizonte lleno de posibilidades que una nominación en el debut. Luego de enterarse de la nominación a la mejor obra infantil de “Un hombrecito extraordinario” a los premios ACE, Matías charló con El Eco de Tandil.

-¿Cuál es tu primer recuerdo relacionado al teatro?

-En el colegio, con Alejandra Casanova y Marcela Juárez. Ellas fueron las que me iniciaron en el teatro. En tercer grado hicimos nuestra primera obra, en el Centro Danés. Yo tenía 8 o 9 años, y me acuerdo que nos ponían un micrófono de mano y nos iban pasando para que digamos los textos porque, obviamente, no se escuchaba. Desde ese momento en el colegio tuvimos teatro como taller. Todos los años hacíamos una obra, después empezamos a competir en los intercolegiales que se hacían en el viejo Teatro Astrada. Luego entré en la Escuela Superior de Teatro.
-¿Qué te llevó a decidir dedicarte al teatro?
-Lo primero, la familia y los seres queridos. “Qué gracioso que sos”, “Qué divertido”, me decían. “Evidentemente debo servir para esto”, pensé. Además, me gustaba mucho estar arriba de un escenario. Me atraía, y me siguen atrayendo, los teatros como espacio físico. Me gusta mucho estar en los teatros vacíos y trabajar en ese espacio: subirme a las escaleras a acomodar tachos, mirar dónde está la cabina de sonido… todo eso fue empezando a tomar más de sentido en mi vida. Me di cuenta que era un espacio en el que me gustaba pasar tiempo.
-En el Facebook de Compañía de Teatro Par Mil escribiste, al contar sobre la nominación al ACE: “Año 1999. Mi vieja me empuja ganarme la vida como actor en Buenos Aires”. Suele ser al revés. ¿Cómo fue eso?
-Eso es lo que yo les voy a agradecer eternamente a mis viejos, el apoyo incondicional, porque nunca me pusieron un pero. Al contrario: era esperar el fin de año para verme a mí actuar, y cuando en el ’99 estaba la deriva porque me gustaba hacer obras y me había metido en un grupo de teatro pero la carrera no la estaba haciendo como correspondía, mi vieja me dijo: “Andate a Buenos Aires”. Medio que me empujó, y me fui con un bolsito. Por ella yo terminé allá. Empecé a tomar clases con Héctor Presa y a vivir en diferentes lugares. Terminé en una pensión un poco hostil porque no tenía un mango, hasta que Héctor Presa, mi maestro, se enteró y me abrió las puertas de La Galera, su teatro. Terminé viviendo ahí, en ese mismo teatro en donde después trabajé durante 11 años y que para mí es mi casa.
-¿En qué parte vivías?
-En la parte alta hay una especie de oficinita. Ahí viví cuatro meses. Fue una experiencia muy fuerte. El teatro funcionaba como escuela durante el día y a la noche se apagaba todo. Para entretenerme, vi todos los videocassettes que había. Eran como 200. Le tomé un cariño increíble al teatro. Mi vieja fue la que me impulsó a irme a Buenos Aires y me encontré allá con un tipo muy generoso que me abrió toda su experiencia, y hasta su casa. Como cierre ideal de todo este viaje que comenzó en el ’99, terminé trabajando en el Teatro San Martín, para mí un sueño cumplido. Me acuerdo de pibe ir de excursión con el colegio y pensar: “Algún día quiero actuar acá”. En 2008, cuando La Galera cumplió 30 años, Héctor decidió hacer un homenaje a María Elena Walsh. Fueron tres temporadas a sala llena.

Cambio de rumbo

“Lo único que te pudo es que sigas haciendo teatro. Vos sos bicho de teatro”, le dijo Presa en la charla de despedida. De vuelta en Tandil y después del “duelo” por lo que había quedado atrás, Matías decidió reencontrarse con el teatro pero desde otro lugar: el de director. Un año después, en 2014, se prestó al juego de “probar qué significa escribir”.

-¿Cómo pasaste de actor a director y autor?
-Mucho fue gracias a Presa. Cuando llegué a La Galera con la ilusión de ser actor me dijo “¿vos querés actuar? Bien. Pero lo primero que vas a hacer es pintar la escenografía de tu obra”. Después me enseñó a tirar un cable, a colgar un tacho, a subirme a la escalera… empecé a aprender todo lo que es para mí el oficio.
-“El principito” es el tercer libro más leído del mundo ¿Por qué elegiste adaptar esa obra?
-La suerte que tuve, porque yo me considero un tipo con mucha suerte, es que lo leí por primera vez a los 36 años. El personaje de Julio, protagonista de la obra, dice “yo nunca leí El Principito”. Ese soy yo, y creo que me sirvió para no estar influenciado. Cuando lo leí me partió al medio. Empecé a entender un montón de cosas de mi vida que no podía resolver y las resolví. Fue una especie de iluminación. Lo leí durante el Mundial en el que Argentina llegó a la final y perdió con Alemania y empecé a escribir “Un hombrecito extraordinario”. Soy muy futbolero, así que escribía por la mañana y miraba los partidos por la tarde.
-¿Qué pasó cuando lo terminaste?
-Se lo presenté a Sol Ajuria y Gastón D’Angelo, mis amigos en Buenos Aires, pero en ese momento no lo pudimos hacer. Me volví a Tandil y se lo propuse a Winny Ferraro y a Laura Metilli. Ni bien empezamos a ensayarlo, Sol y Gastón me dijeron “hagámoslo”. Pude hacer las dos puestas al mismo tiempo y se estrenaron con 15 días de diferencia.

De niños y amistades eternas

“Un hombrecito extraordinario” cuenta la historia de Maga y Julio, quienes esperan el nacimiento de su primer hijo. Mientras se mudan encuentran el libro de Saint-Exupery y se sumergen en el mundo del niño de cabellos de oro, ese que no responde cuando se le interroga. Lo esencial, lo invisible a los ojos de esta obra, para Zarini, es la amistad: la que expone y describe el libro, la que buscó transmitir en su texto -Zarini cree, pese a todas las opiniones en su contra, que un hombre y una mujer a punto de tener un hijo también pueden ser amigos- y la que lo une con el resto de los integrantes del proyecto. También la más natural de todas, la de sus primeros amigos: sus hermanos María y Pedro. “Me parece que lo esencial es eso, la amistad. En la obra trato de hablar de eso y de lo complicados que nos ponemos los grandes cuando vamos creciendo”.

-¿Cómo llego la nominación?
-Fue muy sorpresivo. Es una alegría muy importante sobre todo porque somos una producción muy chica dentro de Buenos Aires. Competimos contra grandes producciones de la calle Corrientes. Que haya un espectáculo de lo que nosotros denominamos “teatro off” es muy bueno.
-Es reivindicativo.
-Totalmente. Hay mucho trabajo a pulmón y en relación a esas producciones somos un granito de arena. La nominación ayuda mucho a que la obra pueda seguir en cartel. Y creo que la nominación es también un reconocimiento al trabajo de mis compañeros de acá de Tandil. Yo los llamé muy emocionado y los felicité porque son parte de todo esto. Y la satisfacción más grande que tengo es poder haberla hecho con mis amigos. Eso no tiene precio.
-¿Qué hay en el horizonte de Zarini?
-Muchos me preguntan si quiero volver a actuar. Por el momento no. Solamente actúo en “Pido gancho”, que es una obra para mí muy especial. Me siento muy cómodo en el rol de autor y director y proyecto seguir trabajando con mis amigos. A modo de adelanto, seguramente el próximo año trabajemos sobre una versión que escribí de Peter Pan. Está dedicada a mi hermano Pedro. También quiero hacerla en Tandil. Nací acá y quiero hacer teatro acá. Quiero poder presentarle a la gente lo que yo tengo para contarles. Cuando me fui en el ’99 éramos muy pocos, y hoy hay mucha gente haciendo teatro, y del bueno. Me gusta estar en esta comunidad teatral, así que seguramente ofrezcamos más cosas.

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