LA PELOTA NO SE RIFA NI SE MANCHA?

En diciembre de 2005 se realizaron las Jornadas de la Identidad Aurinegra.
Fueron dos tardes y noches de debates, recuerdos, música, literatura, a través del festejo de los 92 años que cumplía por entonces el Club Ramón Santamarina.
Un día las actividades se llevaron a cabo en el Centro Cultural Chapaleofú y el otro en Alfa. En esa ocasión, el escritor lugareño Raúl Echegaray escribió un testimonio-homenaje dirigido a Norberto Quinteros, el excepcional mediocampista de las décadas del cincuenta y sesenta.
Por suerte pudimos rescatarlo para brindarle al popular ?Negro? este merecido homenaje.

Respetuosamente y con sincero afecto:
Aquí cerca y hace tiempo, oí hablar por primera vez de Norberto Quinteros. Yo era muy chico y en aquellos años iba esporádicamente a la cancha, pero memorizaba con afán de pibe futbolero, una serie de apellidos de los que luego corroboraba su existencia en las fotografías de los diarios: Quinteros, Sarasola, Piotti, Emaldi, Mujica, Hugo Russiani y Galitiello, digo,  por nombrar algunos de una larga lista de notables jugadores tandilenses que he logrado retener en la memoria.
 El fútbol era entonces para algunos de nosotros un potrero pelado en Avenida Estrada, dos arcos desparejos de gajos de eucaliptos y una pelota arisca que se negaba, la mayoría de las veces a nuestros afanes de hacer de ella un objeto controlable y dócil. Las transmisiones de Mitre y Rivadavia, y la esperanza puesta en que algún vecino solícito nos prestara ?El Gráfico? para leerlo de ojito, apiñados en alguna esquina.
 El estadio General San Martín era un espacio anhelado, provisto de altas rejas y cerco de ligustro a lo largo de avenida Rivadavia. Un lugar poblado de gente entusiasta, cuyos gritos se oían los sábados y los domingos por la tarde desde el patio de la casa de mi abuela materna, en calle Belgrano, pegadito al bar y pizzería ?La Boca?.

ESAS LINDAS HISTORIAS DE BARRIO

Además, por esos años, para quien esto suscribe, el fútbol de Tandil se corporizaba en  las historias contadas por los muchachos mayores del barrio, que fumaban y tomaban cerveza acodados al mostrador del pequeño almacén de Aristu Hermanos, en Avellaneda y Rivadavia. Historias que poblaban la imaginación con jugadas y goles antológicos, a la par que surgían los nombres de divisas más o menos conocidas como Atenas, Sportivo Tandil, Defensa, Santamarina, 25 de Mayo, Ferro, Independiente y Excursionistas, entre otras.
La infancia, en suma: un tiempo feliz, humilde y sencillo.
 A partir de 1964 se me abrieron definitivamente las puertas del estadio. Aquel año, el seleccionado de Tandil volvió a repetir la hazaña del sesenta, consagrándose Campeón Provincial; y tan grande fue el magnetismo de esa selección, que fuimos a ver todos los partidos que jugamos como locales. Mujica, Caprino y Ghezzi, Lamenza, Gramuglia y Quinteros. Bellver, Sarasola,  Moreno, Eresuma y Russiani, fueron los titulares de aquel memorable equipo que corría y metía como los dioses, y que nos trajo el título luego de una final de aquellas, nada menos que en Bahía Blanca, un partido donde mi viejo estuvo en la tribuna y nuestros muchachos dejaron la vida en la cancha.

EL QUE LE PEGABA CON EFECTO A LA REDONDA?

 Fue durante ese año que comencé a verlo jugar a usted, Norberto Quinteros,  en la selección y en aquel Santamarina de camiseta de rayas finitas, que se hizo dueño de los torneos de casi toda la década, recién ahí. Y yo lo miraba jugar incentivado por los  comentarios de los más grandes. De mi viejo, que fue amigo suyo,  para mi satisfacción y orgullo personal, al que le oí decir  desde muy chico que  era el único jugador que le pegaba con efecto a la pelota en los tiros libres, y que cada tiro libre que pateaba,  era medio gol o gol y medio.
 Después, usted se fue a terminar su carrera futbolística a Loma Negra, el de Isasmendi, Lamas y Quinteros, que nos sacó de ganadores y nos quebró la racha luego de tantos años de paternalismo ?aurinegro?. Claro, yo seguí siendo hincha de Santamarina, pero aún viéndolo con la camiseta azul y roja, seguí siendo hincha suyo, porque usted, ya veterano, seguía  poniendo, pensando, ordenando y distribuyendo el juego, con la visión de los que nacieron para entender el fútbol desde adentro.

MAS HISTORIAS Y HAZAÑAS QUE PATORUZITO

Luego, al poco tiempo, llegó la hora de colgar los botines, de descansar las piernas de tantos magullones, de mirar desde afuera lo que había visto siempre desde adentro. Entonces, como un hincha más, se sumó a la parcialidad aurinegra; la del Santamarina que fue al Nacional de la mano del maestro Romeo, la que siguió ganando campeonatos e imponiendo respeto a todos los equipos de la provincia, de otras provincias y de donde sean. ?Santa?, el ?aurinegro?, que tiene más historias y hazañas que Patoruzito, y como si esto fuera poco, la hinchada más grande y seguidora de Tandil. 
 No hace mucho, una tarde soleada, sentí una voz particular en la vieja tribuna de madera que da espaldas a Rivadavia. Una voz que pedía a gritos que le dieran la pelota a los que saben jugar, a los que juegan. Entonces me di vuelta y lo vi a tres o cuatro escalones de distancia, gritando con el ímpetu de siempre, y seguramente con ganas de calzarse los botines y darle una manito al equipo de su alma, que corría sin rumbo y sin encontrarle la vuelta al partido.
 Usted pedía que le dieran la pelota a los que saben, y entiendo que era un pedido razonable, porque la pelota para los argentinos es una cuestión de estado, un objeto sumamente valioso que en lo posible no debe andar por el aire como un avioncito de papel; una esfera soñada a la que siempre se la quiso jugar cortita y al pie, pegada al piso, casi olfateando el césped y sin maltratarla en demasía. Y si alguna vez Maradona supo decir aquella memorable frase referida a ?que la pelota no se mancha?, podríamos agregar, modestamente, a su criterio, que ?la pelota no se rifa?.

LOS NOVENTA, ESOS AÑOS OSCUROS

 Y si retrocedemos en el tiempo, a principios de los noventa vinieron aquellos años negros que no podemos olvidar; aquellos años donde los que nunca rinden cuentas de nada, nos dejaron sin el patrimonio que tanto había costado, que tanto nos enorgullecía, y que Tandil, lamentablemente, no supo ni quiso hacer suyo en resarcimiento a tantas alegrías y hazañas deportivas, a tanto aporte social y cultural, brindado a la comunidad durante ochenta años de existencia.
Y así, ante la mirada azorada y la impotencia de los que solo cuentan con el corazón y el agradecimiento, desapareció impunemente el Club y Biblioteca Ramón Santamarina, la gloriosa institución de la calle Yrigoyen.
 Sin embargo, pese a todo, cabe decir que mataron el cuerpo pero no el alma, porque la historia y la pasión son elementos que permanecen inalterables a la destrucción de los hombres.
 Pero ya fue. Y hoy, felizmente, hay gente que guarda recuerdos, copas, fotos y trofeos, banderas y nuevas esperanzas. Usted entre ellos.
Todos, los más anónimos y no tan anónimos, los que juntan y despliegan los trapos los domingos; los que atruenan la tarde debajo de la visera del estadio con bombo, platillo y redoblante,  los que cantan y gritan hasta quedar afónicos. Los que juntan moneditas esquivas para fletar un micro, los más viejos y los más jóvenes, los dirigentes, los hinchas.  Los pibes que visten la camiseta ?aurinegra? y se multiplican tarde a tarde. Todos ellos, sin excepción, resumen el pasado, el presente y el futuro de la institución que se negó a morir.
 Y para terminar, porque en algún punto las cosas comienzan, terminan y renacen, deseo expresarle, querido amigo, maestro, compañero, que me siento halagado de ser amigo suyo, de que haya sido un gran jugador, un gran caudillo, un hombre decente y de trabajo, un buen padre. Y esto no es poco capital, pienso, a la hora en que un hombre se sienta a meditar sobre su propia vida. (Relato de Raúl Echegaray).

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