Las ventanas de mi papá

En un intento por mitigar los ruidos del tránsito sobre Belgrano y de eludir el chiflete cuando sopla el viento sur, mi padre decidió invertir algunos ahorros en cambiar las ventanas del frente de su casa. Tenían más de 35 años de servicio, estaban flojas y se movían, sobre todo en las ventosas tardes de invierno o durante los crudos temporales.

Una vez que el trabajo de colocación estuvo listo, la primera pregunta que surgió fue qué destino le íbamos a dar a las viejas aberturas. Un domingo de asado, como tantos otros, consideramos la idea de llevarlas a un remate. Mi propuesta -mi padre la aceptó enseguida- fue donarlas en alguno de los grupos que funcionan a través de Facebook.

Varios días después, las ventanas seguían en el patio de la casa de mis padres. Entonces, le pido a papá que les sacara una foto. Primero las ofrezco a Cadena de Favores, el grupo que recibe insumos para construir viviendas y mejorar la calidad de vida de familias que atraviesan situaciones de extrema vulnerabilidad. Tras realizar las consultas a la arquitecta que lo asesora, rechazaron las aberturas porque les resultaba demasiado costoso mandar a hacer los marcos.

Tal vez un poco desconcertada, las publiqué en el grupo cerrado El Privilegio de Dar, que coordina Silvina Yuvisa solo por el placer de ayudar. El mensaje era concreto: “Hola, tengo para donar cuatro paños de ventanas con vidrios, sin marcos. Si alguien las necesita, solo tiene que escribir para coordinar por dónde las retira”. Además, adjunté las fotos que mi papá me había mandado por Whatsapp.

En un principio, el interés que despertó la donación me entusiasmó. Parecía que la tarea de reubicar las ventanas de la casa de mi niñez en un hogar que las necesitara sería una tarea gratificante. Sin embargo, con el correr de las horas, la realidad más cruda comenzó a interpelarme a través de la red social.

Este grupo solidario tiene una particularidad. Su administradora lleva un registro de los pedidos, con un orden. Entonces, la persona que tiene algo para donar debe esperar a que le digan quién sigue en ese listado. Me dispuse a acatar las reglas, pero debo admitir que los mensajes de los interesados comenzaron a ponerme ansiosa.

Minutos después de haber posteado las ventanas, ya había cosechado unos cuantos “me gusta” y habían etiquetado a algunas mujeres para que se enteraran de la publicación. Con buen tino, la coordinadora me asignó a dos integrantes que se llevarían dos paños y una tercera se quedaría con otra ventana completa.

Sin conocimientos suficientes en el rubro de la construcción, comencé a pensar cómo se las arreglarían con solo un paño de una ventana corrediza y compuesta por dos hojas. En principio, ya por mensaje privado, me explicaron que las colocarían como paño fijo. De ese modo, una abertura completa tenía ya su destino comprometido en dos casas distintas de La Movediza.

Silvina me indicó que la otra se la entregara a una vecina de Villa Aguirre. Mientras hacía el contacto, apareció otra mujer que pedía por favor por las ventanas. Enseguida, subió fotos de su casa que evidenciaba los huecos de las aberturas tapados con chapas. El mensaje decía: “Me hacen tanta falta, tengo dos ventanas tapadas con chapa que me faltan esas hojas. Tengo a mi nietito, mi hija embarazada que tiene para fines de mayo, ya se siente el frío. Me vendrían tan bien. Es más, estoy dispuesta a pagar por sábado una mini cuota, no llego a comprarlas. Es mi verdad”.

A la urgencia de las familias, se sumaba la falta de transporte y el deterioro paulatino de las ventanas, acopiadas en el patio, al aire libre. Había que tomar una decisión. Al menos, resolver en favor de alguien. Así fue que el marido de una de las mujeres fue a retirar los paños y se los llevó con gran ilusión. Contó que era albañil y su amigo herrero, entonces se encargarían de hacer los marcos para colocar las aberturas en las dos casas de La Movediza durante el fin de semana.

En el balance quedó la alegría por haber aportado al sueño de dos familias que luchan y trabajan por cumplir el sueño de la casa propia. Pero también, el dolor por aquellos que seguirán esperando la oportunidad de que aparezca algún elemento que los ayude a mejorar su calidad de vida. Además del privilegio de dar, como se llama el grupo, recibí un golpe fuerte (no por desconocimiento porque recorro habitualmente los barrios) y me invadió una pregunta: ¿qué más podía hacer? Se me ocurrió que otra forma de colaborar era compartir esta triste historia para contagiar a otros que puedan ayudar. Ojalá lo consiga.

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