Lezcano desconoció los dibujos y defendió su “prudente” accionar en el caso

Era su momento. Había llegado el turno para que se despachara a diestra y siniestra como lo vino haciendo a lo largo de los últimos años en esta -su- cruzada contra el sistema judicial local y la complicidad con la “ola de abusos” y abusadores del pago. Así lo había venido expresando y denunciando en las redes sociales y en aquellos medios -capitalinos también- que se prestaron a su relato.

Frente a los jueces, ante la mirada inquisidora del ministerio público, su hija y su madre como único sostén afectivo y algunos integrantes de aquella familia desgarrada que motorizó la denuncia en su contra, la licenciada Daniela Lezcano habló.

Lejos, muy lejos de aquella mujer combativa que gritaba en los pasillos judiciales y denunciaba a sus actores. Aquella psicóloga que lucía presuntas adhesiones de organismos de derechos humanos y dirigentes políticos, funcionarios, de alcance nacional con despachos en la Casa Rosada, ahora se sentaría frente a los jueces y optaría por una postura casi ingenua, de víctima, acotada a relatar y responder sólo por el caso ventilado.

Desmintió sin titubear a la madre de la niña, también desacreditó a los cuatro abuelos y hasta a las policías que oportunamente recepcionaron la primera denuncia. Todos, dejó entrever, en una suerte de complot para perjudicarla, en lo que se supone una denuncia armada por aquella abogada que supo combatirla en los estrados judiciales como mediáticos también, la doctora Patricia Perelló.

Preguntas y repreguntas del fiscal Marcos Egusquiza, como de los propios integrantes del Tribunal, dejaron la sensación de que estaban con cierto estupor, casi anonadados frente a la postura de la “sumisa” como desmemoriada imputada. Aquella mujer que fue lapidariamente descripta por las familias materna y paterna de la niña involucrada, con un rol activo e influyente a la hora de propiciar una denuncia que cayó por su propio peso, ahora se presentaba como una profesional prudente, que se limitó a informar lo que la niña le había develado en la terapia y lo que posteriormente fuera corroborado en las entrevistas del Juzgado de Familia.

Sobre los dibujos manipulados que se le endilgan, un rechazo absoluto. Ella no agregó ni modificó nada de lo que había dibujado la niña y que entregó a la mamá para que se presentara en la comisaría. Sí manifestó que claramente alguien hizo aquellos trazos extraños que no se correspondían a la niña, y el que lo hizo fue “un canalla”, para luego deslizar la duda sobre la cadena de custodia que debió tener ese material probatorio que propició la denuncia.

 

La declaración

 

Antes de que Lezcano buscara despegarse de todo aquello que la señaló como responsable, habían pasado frente al TOC 1 el abuelo y el padre de la niña (ver aparte), quienes, desgarrados emocionalmente, contaron lo que padecieron frente a aquella denuncia que terminó en la nada, no sin antes atravesar un largo, doloroso peregrinar entre expedientes, audiencias, restricciones de acercamiento, y exposición pública, no sólo para con ellos sino con la propia niña que en aquellas sesiones portaba una varita mágica que le había dado Daniela y en las marchas publicitadas llevaba un globo pidiendo justicia, tal se publicó en las primeras planas de los diarios.

De eso tampoco se haría cargo la licenciada. Aquellas aseveraciones de la mamá y la abuela de que Daniela las convocaba para formar parte de aquellas manifestaciones callejeras no eran ciertas, al decir de Lezcano. Ellas, como otros papás, como el nombre que los representaba, se autoconvocaron. Ella -la psicóloga- nada tenía que ver con la organización y convocatoria, muy alejado por cierto de lo que oportunamente se informó en las crónicas de aquellos días, en las que Lezcano era protagonista casi excluyente.

A preguntas del ministerio público la imputada detalló sobre cómo tomó contacto con la niña y la terapia desplegada que  derivó en aquel develamiento de la menor, cuando en medio de la evidencia de un fuerte hematoma en la cadera producto de algún golpe, y dibujos “espontáneos” la niña le confiaría que “papá me chupa la chuchi y yo el pilum”. Sentencia que le alcanzó a la psicóloga para luego advertir a la mamá primero y a los abuelos después sobre el caso de abuso.

No fue muy precisa ni conteste a la hora de detallar sobre aquella confesión de la niña (se excusó con el paso de los años transcurridos), aunque puso a disposición la historia clínica (no aportada a lo largo de la extensa instrucción penal), donde constaban además los textos escritos por la propia madre cuando tomaba nota de los dichos de su hija.

Cabe consignar que aquella frase de tinte sexual se repitió en varias oportunidades y nunca más allá de esas expresiones que fueron anotadas por la madre, cuando la niña salía de la sesión con la psicóloga.

Aclaró sobre los polémicos dibujos que los realizó la menor en medio de la terapia, pero que no tenían un sentido de test, y que su intervención no terminó con un diagnóstico o una acusación. Sólo se limitó a informar a la madre primero, a los abuelos después y en carácter de testigo más luego, lo que la niña le había transmitido.

Al ahondar en la indagatoria sobre los dibujos y los respectivos trazos, reconoció que muchos estaban adulterados y era evidente que había intervenido un mayor, pero que ella no había sido. Que ella se limitó a entregar las ilustraciones a la madre, negando así los dichos de ésta como de los abuelos y las policías que confeccionaron la denuncia en la Comisaría de la Mujer.

Sí admitió el posible contacto telefónico mantenido con la consejera de familia Alicia Trucci (hecho que ésta negó), aunque desestimó que haya dejado en sobre cerrado color madera los mismos dibujos a la perito psicóloga que iba a entrevistar a la niña y que derivó en la medida judicial contra el papá.

 

Dibujos adulterados

 

-Está claro que ahí los dibujos fueron adulterados -aseveró la psicóloga.

-¿Y qué piensa de que se hayan adulterado los dibujos? -preguntó no sin ironía el fiscal.

-Es una canallada. Se tiene que investigar -soltó Lezcano. A lo que el fiscal nuevamente le retrucaría en tono monocorde: -En eso estamos, en eso estamos…

En tren de desmentidas, también Lezcano desconocería el escándalo en plena antesala del Tribunal de Menores, cuando a grito pelado refería: “¡Acá está el violador! ¡Acá está el violador!”. Tampoco se daría por aludida sobre los dichos de la mamá y el abuelo paterno que la ubicaron en una reunión previa en la confitería de la estación de servicio del  ACA  (a metros del Tribunal de Menores).

A más negaciones, dijo desconocer el ofrecimiento de un abogado marplatense ante el resultado negativo de la cámara gesell, dejando entrever que todo lo expresado por la mamá de la niña fue falaz, como el resto de los testimonios que se escucharon a lo largo de las extensas audiencias.

-¿Por qué la madre y el resto hicieron esto en su contra? -preguntó cual iluso el fiscal.

-No sé porqué la madre cambió su postura. Algo la hizo cambiar. Ella vino a pedirme ayuda… me sorprenden esos dibujos que ahora me muestran. Evidentemente los modificaron para perjudicarme.

-La madre cambió de parecer en cuanto al presunto abuso y ya no duda que no existió. Usted mantiene su postura frente el caso… -preguntó el juez Agustín Echeverría.

-Yo estoy tranquila. Me limité a informar lo que escuché de la niña. Lo demás ya fue cuestión de la investigación judicial. Sostengo mi diagnóstico y lo que dije, y que no estaba de acuerdo con cómo se desarrolló el protocolo a la hora de las entrevistas periciales con la niña -respondió la licenciada.

Ya se habían transitado largas horas de debate. Eran las 16.30 y el Tribunal dio por cerrado el debate en cuanto a la presentación de prueba y comparendo de testigos. El martes será el tiempo de los alegatos, en los que todo hace presagiar una ratificación de la acusación del fiscal y un defensor que intentará poner en crisis los testimonios que dejaron muy mal parada a su pupila, una psicóloga en problemas ya no sólo disciplinarios sino penales.

 

Hombres desgarrados por la angustia y la impotencia

 

Si los testimonios de la mamá y las abuelas de la niña habían resultado conmovedores, restaba escuchar al abuelo paterno y su hijo, el papá de la niña acusado de abusarla.

Con idéntico temperamento que dicen que heredó la propia niña en cuanto a la hiperactividad, carácter nervioso y extrema ansiedad (características que se verían luego en la cámara gesell -ver recuadro-), padre e hijo soltarían su angustia al reseñar lo vivido, lo padecido durante todos estos años desde que estalló aquella bomba vestida de denuncia.

Igualmente en ningún momento revelaron odio alguno para con la profesional cuestionada. Sí asombro, impotencia y ese interrogante que les carcome sus almas hasta la fecha: porqué hizo lo que hizo.

“Hace siete años que padecemos esta difamación”, confesó el abuelo desconsolado, quien con mucha locuacidad supo graficar su pena frente a lo que les tocó vivir.

No obvió recordar una frase que Lezcano le había dicho a su hija en una de las entrevistas cuando evidenciaba diferencias con su hijo, a quien le aconsejó que se quedara tranquilo y no la desafiara porque con una firmita de ella -de Lezcano- no vería más a su hija. Amenaza que luego también escucharía el propio papá de boca de su familia.

El abuelo expuso en el debate sobre la exposición que la psicóloga hizo del caso y, en especial, de su nieta, mostrando la foto del diario en la que la niña marchaba en primera fila con su mamá. También publicaciones de redes sociales en las que, citando sus nombres, la psicóloga denunciaba el caso.

El padre también tuvo pasajes de extremo dramatismo a la hora de relatar lo vivenciado. De hecho los jueces debieron conceder un cuarto intermedio para que el hombre se repusiera emocionalmente para retomar su declaración.

El hombre reconoció su temperamento violento y las peleas, discusiones, con su ex mujer delante de la niña, sobre lo cual dijo sentir culpa por aquellos episodios. También admitió lo traumático que resultó la separación porque él no quería terminar con la relación, para luego reconocer que ahora, pasada la tormenta, expediente judicial de por medio, supo encaminar a una convivencia con la madre de su hija.

A preguntas del defensor dijo estar muy triste e indignado por lo que le tocó vivir a él, a su hija y el resto de la familia. “Quiero saber porqué lo hizo”, también preguntaría.

Se generó una especie de contrapunto con el abogado de Lezcano cuando le buscó que evidenciara su bronca para con la imputada, a lo cual el papá sentenció que deseaba que le sacaran la matrícula porque denunció a un inocente.

 

La cámara gesell

En el epílogo de la audiencia y antes de escuchar la versión de la licenciada, se proyectó la cámara gesell a pedido de la defensa, aunque quería que se hiciera sin público, solicitud que mereció la oposición del fiscal y del propio Tribunal ya que, en definitiva, la niña no haría más que expresar lo que todos ya sabían: no acusó en ningún momento a su papá. Más bien todo lo contrario, dijo que quería verlo.

Sí quedó en claro aquel carácter, la personalidad de aquella niña que había sido descripta por los profesionales y los propios papás y abuelos. De una niña inquieta, revoltosa, con escaso margen a la concentración y poco proclive a responder algún interrogatorio. También quedó al desnudo cuando se le dio lápiz y papel para que dibujara y, si podía, a un hombre y una mujer. La niña nunca lo hizo, y cuando lo intentó le pidió colaboración al perito Loreal para que le completara el dibujo…

Sobre dicha cámara gesell, Lezcano había cuestionado severamente en aquellos días sobre cómo se realizó. Ahora, frente a los jueces, ni siquiera se animó a criticarla. Tal vez su abogado en el alegato lo haga, aunque a estas alturas parece poco probable que por más avezada estrategia defensista, cambie el rumbo de una suerte procesal prácticamente sellada al candor de los testimonios de dos familias, separadas ayer, y unidas hoy por el mismo objetivo: justicia por aquella niña y para la psicóloga, con su varita mágica a cuestas.

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