Línea directa

     Por Marcos Gonzalez
     (marcosggonza@gmail.com)

Durante el exitoso paso de Carlos Bianchi como entrenador de Boca, se acuñó la popular frase de que tenía el teléfono de Dios.
No era para restarle méritos al hombre, que supo hacer jugar medianamente bien a la pelota a verdaderos troncos del fútbol nacional. Tan grande era su buena estrella que cuando las cosas no le salían por su propia mano, siempre recibía una ayudita de la suerte.
Muchos tandilenses apelan a esa frase para calificar la envidiable fortuna que tiene Miguel Lunghi a la hora de planificar una inauguración o evento al aire libre.
"Si no tiene el teléfono de Dios, seguro que tiene el celular del que le maneja los asuntos meteorológicos", esgrimen, convencidos de que hay un fenómeno sobrenatural que le asegura al pediatra sol y buen tiempo a sus actos.
No sería de extrañar que en un futuro no muy lejano, una jornada soleada en Tandil pase a llamarse un día lunghista.
El domingo no fue la excepción. Una semana fría, con viento y amenazas de lluvia, se coronó con un domingo tibio y agradable de agosto.
Allí fuimos -yo y miles de tandilenses más- a ver de qué se trataba el asunto.
Como buen ladrón de historias, me entreveré entre la gente a los fines de tratar de captar qué motiva a una persona normal (ni radical ni ciclista practicante, en este caso) a cambiar la prometedora siesta de domingo por un evento que, digámoslo, no prometía demasiado.
Hago como que escucho los discursos, mientras busco a mi "víctima". Al fin la encuentro.
Una mujer de edad indescifrable para mí, lo que la convierte en una mujer de "mediana edad" charla con una chica joven. Dos chiquitos de unos tres y seis años le dicen mamá a una y abuela a la otra.
Una familia. La más grande lleva una canasta en la que estimo habrá pasta frola, galletitas, jugo, el termo y el mate.
Llega el momento esperado por todos, en el que el Intendente dé la vuelta en bicicleta. Aplausos, sonrisas, expectativa.
La señora de mediana edad le dice a la hija que el Intendente hace muy bien en ponerse casco, así da el ejemplo. La chica asiente.
A punto de arrancar, Lunghi casi hace la gran De la Rúa y se da un porrazo. Es que el asiento de la bici le queda alto.
La mujer se sobresalta, la toma del brazo a la chica y pide que lo ayuden.
-Ayúdenlo, ayúdenlo, casi grita.
La chica se esconde abajo del flequillo. Un funcionario siempre dispuesto le acomoda el asiento en tanto que Frolik lo ayuda, paternal, hasta que el Intendente recobra el equilibrio y agarra viaje.
-Bien, bravo…, grita la mujer, que se apresta por fin a preparar unos mates. De repente se detiene, atenta a la marcha de Lunghi.
-Mirá, mirá, le dice a la hija.
-Sí, ma, ya lo vi.
-Pero fijate bien, está pedaleando más rápido que los otros y apenas avanza. ¿Por qué le cuesta tanto? Pobre, está grande ya, ¿no?
-No mamá. Lo que pasa es que tiene mal puesto el cambio de la bicicleta. Dame un mate.
La mujer no entiende mucho la explicación y se queda mirándolo hasta que Lunghi se le pierde entre los otros ciclistas.
Con destreza, prepara el mate, dulce, y abre un taper con lo que parecen ser porciones de torta de ayer.
Los aplausos la sacan de esa faena. Lunghi acaba de dar la vuelta.
-Teneme, le dice a la hija y le entrega el mate sin cebar y el termo.
Aplaude, contenta. Como satisfecha.
-Viste que iba a llegar. A él todo le cuesta el doble, pero igual llega…
La hija ya no la escucha.
Yo sí.
Y no sé por qué me vuelvo a acordar de Bianchi, de los afortunados y sus teléfonos benditos.
Miro para arriba por última vez en la tarde. Un cielo diáfano confirma mis sospechas.
 

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