María Inés Krimer no lo dijo, lo escribió

Minutos más tarde, cuando la entrevista iba a derivar hacia sus influencias, gustos y deleites, María Inés Krimer habría de confesar que todavía se emociona leyendo Ana Karenina.
No es extraño entonces que algo de la maravillosa novela de León Tolstoi se perciba en las páginas de ?Lo que nosotras sabíamos?, como un perfume lejano pero familiar. Una insoslayable crítica hacia la hipocresía de las clases acomodadas, hacia la discreción como excusa ante la cobardía, hacia el silencio como cómplice o verdugo.
Pero faltan algunos minutos para que esta mujer nacida en Paraná, abogada y docente, hable de sus gustos.
Ahora es el tiempo de las presentaciones y el café (el mío) conserva todavía la espuma fresca de lo caliente. Ella, atinadamente, prefiere algo frío: es noviembre, es siesta y un murmullo que llega de las mesas vecinas torna el ambiente del bar más cálido. O caluroso.

Por el placer de escribir

María Inés Krimer llegó a Tandil traída por la Unicén, donde trabajó hace algunos años, aunque en la sede de Olavarría. El próximo 27 de noviembre a las 20, en la Biblioteca Rivadavia, presentará su libro, con el que ganó la edición 2009 del Premio Emecé Novela.
Para un escritor, este premio significa mucho. Tanto como que es el certamen más antiguo de la literatura argentina. Tanto que si hablamos de ganadores, lo obtuvieron Beatriz Guido, María Esther de Miguel, Angélica Gorodischer, sólo por nombrar algunas de las mujeres que tuvieron ese honor.
Pero para María Inés, qué significa. Eso le preguntamos
-Básicamente un reconocimiento. Primero, por la calidad del jurado (integrado por Sylvia Iparraguirre, Jorge Fernández Díaz y Guillermo Martínez). Fue un laudo por unanimidad, lo que también es importante para un texto y también porque es una historia que en mi producción significó un quiebre. Un quiebre con la voz narrativa, con la biblioteca en la que me apoyé para narrar. Y eso curiosamente funcionó.
Yo venía de toda una etapa de formación en mi narrativa leyendo mucho norteamericano, en especial mucho cuentista norteamericano y fue un año en que empecé a leer mucho Conrad y la verdad que la apuesta de esta novela se apoyó mucho en contar una historia dentro de otra historia. Una voz que esté narrando para atrás y que constantemente está entrando y saliendo de la historia.
-¿Tenía duda de que fuera a funcionar?
-Yo me sentía muy cómoda con la voz, pero si va a o no a funcionar,  recién se puede comprobar cuando uno va al encuentro del lector. O no. Claro que tenía dudas. Pero a la vez me dio mucha felicidad escribirlo y eso es algo a lo que estoy muy atenta; si uno la pasa mal escribiendo no quiero ni pensar cómo la va a pasar el lector leyendo. Para mí fue un goce escribir esta novela. Disfruté mucho. Entonces, internamente tenía como un pálpito que podía funcionar. Aún así, esta novela salió dos veces finalista del Premio Clarín. Tal vez si no pasaba lo del Premio Emecé, probablemente siguiera inédita. Esa es la compleja realidad que tenemos los narradores cuando llega el momento de la edición.
-¿Cómo toma estas circunstancias que le suceden a un premio, las entrevistas, la exposición, las presentaciones. La presiona o es algo que ?hay que vivir??
-Sí, hay que vivirlo. Está muy bueno. Uno trabaja para esto y un poco de reconocimiento siempre viene bien. Pero esto va a pasar y hay que seguir trabajando. Noto que se me abrió mucho la posibilidad editorial. Y digo la posibilidad, porque no sé qué va a pasar con mi próximo libro. Es todavía un misterio. Pero ahora por lo menos me atienden los editores; antes no pasaba de mesa de entrada.

Vivir (ahí) para contarlo

Ubicada en tiempo y espacio, en este Tandil de noviembre, María Inés parece disfrutar el momento, la tranquilidad que sobreviene al mediodía, en un barcito de calle Yrigoyen. Al fin y al cabo, es una mujer del interior ?conocedora de los rituales de la siesta, de los interminables silencios al sol-, a pesar de que hace unos cuantos años que vive en la Capital. No se queja, allí está su trabajo junto al escritor Guillermo Saccomano, con quien lleva adelante un taller literario. ?El ?dice, refiriéndose a su colega- se avivó a tiempo y se fue a vivir a Villa Gesell…?.
Pero también aquí y donde sea, María Inés disfruta de su momento, el del reconocimiento de su obra.
La charla había quedado en Conrad, en su manera de narrar, de contar una historia. ¿Pero hay algo también de Manuel Puig en el texto de ?Lo que nosotras…??
?Sí?, reconoce María Inés. Y explica: ?la estructura es Conrad: alguien que está narrando una historia que ya sucedió. Pero a su vez, narrar desde el chisme. Cuando le encontré el tono fue casi una fiesta seguir adelante. Porque me facilitó contar cosas terribles desde un lugar que yo quería que fuera, no sé si novedoso, pero al menos atractivo para mí como lectora. Siempre estoy pensando que soy mi primera lectora y me tiene que funcionar. Cuando encontré ese tono (que es alguien que está contando como si estuviera contándose chismes con la vecina) aplicado a la historia de la dictadura, corría un riesgo: podría no funcionar?.
-¿Por qué ubicar la novela en un pueblo de provincia? ¿Hay algo de Olavarría en eso?
-Claro que hay algo de Olavarría. Porque yo viví en una villa cementera en la época que estoy narrando. Conocía muy bien el lugar. Hay una aproximación a la realidad a través del lugar. Al conocer el ámbito tenía muchas posibilidades de sentirme cómoda para narrarlo. No soy muy de citar autores, pero hay una frase de Faulkner que me gusta mucho y dice que `la vida es demasiado corta para andar inventando locaciones`. Y yo creo que tiene mucha razón. En todo lo que escribo me estoy apoyando en lugares que conozco. Me resulta más fácil mover los personajes en un ámbito geográfico que yo reconozca. Hay gente que escribe historias sobre lugares que no conoció; yo necesito tener una relación física. De hecho, si voy a escribir sobre un lugar que no conozco me tomo el micro. Voy, me doy una vueltita. Si cuento un cuento de una esquina me tengo que sentar en un bar y mirarla un rato, tomar notas. Me tengo que sentir segura de lo que estoy contando.
-Hacer pie.
-Totalmente. Que me resulte familiar el ámbito. Y en un lugar donde viví casi ocho años, me era muy familiar.
-En cuanto a los personajes, ¿funciona de la misma manera (es decir, surgen de la observación) o son pura imaginación?
-Bueno, siempre uno toma algo de algún conocido. Siempre hay alguien suficientemente generoso para prestarme alguna historia, algún rasgo físico. Pero es una mezcla. Por ejemplo, Pedro Páramo existió o no existió. Uno cree que sí. Una vez que se instalan, los personajes son absolutamente más reales que una persona que uno no conoce.

El reinado del chisme

?Lo que nosotras sabíamos? transcurre en los años de la última dictadura militar, en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, nacido y mantenido al amparo de una empresa cementera. Al lugar llega un grupo de mujeres, esposas de los jefes que viven en el barrio exclusivo para el personal jerárquico. Las costumbres, los hábitos de ?las nuevas? contrastan con la rutina conservadora, pacata, casi feudal de la villa. El chisme, ese manantial inagotable donde se zambullen y emergen las miserias pueblerinas, es el canal de información por antonomasia del lugar.
Es también, el chisme, la voz que encontró María Inés Krimer para decir lo indecible. Sobre todo, por aquellos tiempos.
-¿Por qué ubicar la novela en la época de la dictadura?
-Primero porque yo viví en una villa cementera en esa época. El registro lo tenía de entonces. La idea de escribir esta novela surgió después de leer un informe que se hizo sobre los acontecimientos que se registraron en toda la zona en esta época; una especie de `Nunca más` local. Quedé muy impactada, habida cuenta de que llegué prácticamente en el inicio de la dictadura, año ? 75, luego de casarme y de que mi marido fuera a trabajar a una empresa cementera. No conocía el lugar, no conocía a la gente. Cuando años después leo en ese informe que muchas de las personas que yo conocí circunstancialmente, de cruzar en la calle o por ser un médico que alguna vez consulté, aparecen en ese informe, la verdad que tuve un impacto muy alto. Y ese impacto fue el germen de lo que reflexioné a posteriori, estos entrecruzamientos que hay en los pueblos chicos, que supongo que habrá pasado acá también en Tandil. La familiaridad hace que el horror tenga otra cara. Ese es un poco el germen de esta novela.
-Se toman de una manera distinta las atrocidades de la dictadura en un pueblo de provincia que en una ciudad grande como la Capital.
-Creo que sí. Por lo menos es la experiencia yo tuve en la cotidianidad. Las cosas se contaban como si fueran un chisme más. Un chisme es algo muy común de circulación de información en lugares chicos. Y de esto, curiosamente, cuando empezaban las primeras desapariciones, nadie hablaba. Pese a que supuestamente también se podría haber hecho circular esa información bajo este sistema del `me dijo`. Sin embargo, ahí el silencio era sin fisuras, respecto de personas que se conocían, que se cruzaban en la calle y se saludaban. Y eso fue muy impactante para mí. Lo que se sabía y lo que no se sabía; es un juego de claroscuros que todo el tiempo está funcionando y que a mí, en lo particular por ser mi experiencia y la forma en que yo atravesé esa época, me resultó muy rico en cuanto a posibilidad de narrarlo.
-Con casi treinta años de recuperada la democracia, ¿cree que alguna vez se habló abiertamente de este tema?
-Sinceramente creo que no ha cambiado mucho. Sigo escuchando los mismos comentarios respecto de la eficacia de una democracia que en aquel momento era muy frágil y lo sigue siendo en este momento. Y sin embargo los cuestionamientos al sistema siguen siendo los mismos que en aquel momento: `no podíamos seguir así`, `era imposible seguir de esta manera…` Eso está en el texto. Hay un momento en que el personaje que narra ?señoras del establishment local, que no aparecen, son sólo discursos-, dice `por qué habríamos de estar enteradas de lo que pasó`. Porque están hablando desde lo noventa, después de leer este informe. Reflexionan sobre los acontecimientos del pasado, pero todo el tiempo están como asombradas, `si acá nunca ha pasado nada`. Eso lo tomé de Soriano, soy muy lectora de él y tenía esas cosas maravillosa (`no nos metíamos en política, éramos todos peronistas`). Y acá era un `no sabíamos nada, éramos todos vecinos`.
Hoy día creo que los comentarios son más o menos parecidos. Hoy hay otro tipo de violencia, como la doméstica, tan vigente en este tiempo. Y acá también es como que se sabe, pero no se sabe.
-Algo muy oculto, muy subterráneo.
-Claro. Le pasa al vecino y uno se mete y no se mete. Me entero y no me entero. Y ese juego es muy perverso, muy álgido para la consolidación de las instituciones, de la consolidación del sistema democrático y de la vida en comunidad.
-¿Lo percibe más en comunidades del interior?
-No es que lo perciba más. Digo que en el interior cobra este efecto dramático, porque es entre personas que se conocen. Algo que en Buenos Aires, en las grandes ciudades, es totalmente diferente. La familiaridad es algo que lo vuelve ominoso y perverso. Uno se termina saludando con personas de las cuales tiene las peores sospechas.
-O las peores certezas…
-Sí. Y las cruza en el supermercado y las saluda. O a veces es el papá o el abuelo de una criatura que es compañero de mi nene en el colegio. Y uno se saludo en las reuniones de cooperadora.

 

Además de la novela ganadora, Krimer tiene publicado  “Veterana” (cuentos-1998) y las novelas “La hija de Singer” (2002) y “El cuerpo de las chicas” (2006). En marzo próximo saldrá un nuevo libro que forma parte de la serie ?Negro absoluto?, que dirige el escritor Juan Sasturain. Hasta ahí, lo escrito. De ahora en más ?veremos cómo sigue?, confiesa distendida María Inés.
-¿Hay  angustia luego de terminar una novela? ¿Algo así como `ahora no me va a salir nada…`?
-No. No conozco esa angustia. Te puede salir mal, pero salir de alguna manera va a salir, porque esto es laburo. Te tenés que sentar a trabajar y en algún momento le ponés la palabra fin. Yo soy muy apasionada con lo que hago, muy obsesiva, cuando empiezo un proyecto trato de terminarlo. Tengo algunas cosas en el cajón, varias. Pero trato de terminarlas. Lo único que puede pasar es que no funcione. Ha pasado muchas veces, pero por ahí se da esto (un premio).
-¿Es metódica para escribir, en cuanto a horarios, rutinas?
-Soy metódica a partir de que tengo resuelto sobre lo que voy a escribir. Trabajo todos los días. Hasta ahí es como que hago un poco la plancha; leo, rondo la idea, hago pruebas, pienso los personajes, me armo una escaleta de lo que quiero contar. Pero cuando ya tomé la decisión interna de qué quiero contar, para dónde va el texto, quién narra (que me parece que es el eje de cualquier texto, quién y para qué lo cuenta), cuando resuelvo eso, empiezo y trabajo prácticamente todos los días hasta que termino. No se puede hacer de otra manera. Si alguien lo hace, toda mi envidia.
-Cuento o novela, ¿dónde se siente más cómoda?
-Yo me formé en el cuento, cuando empecé en el taller de Saccomano. El sigue trabajando con narrativa breve. Pero hay un momento en que se impone el aliento de la historia; empezás a trabajar a un personaje, seguís trabajándolo y llegado cierto momento ya le tenés unas ganas bárbaras a la novela… Se impone sola.
-El embrión sigue siendo el cuento.
-Claro. De cualquier manera, por lo general, se trata de trabajar cada capítulo como unitario, que se pueda leer de manera aislada, independiente. Como que tiene un poco el aliento de un cuento. Y después se le van agregando otros. Pero la idea es que cada capítulo se pueda leer como esos avances que se publican y que el lector tenga una idea de con qué narrador se va encontrar más allá del tema de la trama. No digo que sea secundaria, pero no es el eje de la narración, las tramas no son tantas. Lo único que uno tiene de diferente para agregar a una historia es un tono.
-¿Está leyendo contemporáneo, autores argentinos?
-Me encantaría, pero no tengo mucho tiempo. Siempre estoy leyendo textos vinculados con lo que quiero escribir. Además leo mucho contemporáneo porque trabajo en talleres. Por ahí no son contemporáneos editados, pero sí estoy al tanto de lo que se está escribiendo en este momento. Lo hago todas las semanas.
-¿Hay algo nuevo. Se podría hablar de una tendencia?
-Yo no sé si hay algo nuevo. Indudablemente lo que se nota mucho en las jóvenes generaciones es el cruce de los medios. Eso atraviesa toda la narrativa. Es muy notable. Los golpes de efecto de la publicidad, por ejemplo, se notan mucho. De la imagen del cine, de los cortes que tiene el cine en las escenas.
-¿Y eso está bien?
-Me parece fantástico. Sí, porque en última instancia uno está compitiendo con eso. La gente ve películas, no lee libros por lo general. Hay que saber que uno disputa ese público y tiene que tratar de utilizar los elementos que brindan los medios para seducir al lector. Porque de eso se trata.
En lo personal, me voy bastante atrás cuando se trata de mis lecturas.
-¿Hacia atrás cuánto y adónde?
-En general soy muy admiradora de la literatura rusa. Hoy en día no sé si podría sostener un Tolstoi, un Dostoievski. Pero cuando se trata de aprender a escribir, ahí está todo. Y se nota un autor cuando no ha pasado por ahí. Hay muchos chicos que creen que arrancan de Bucowski para acá. Está bárbaro, cada uno va a hacer lo que tenga ganas de hacer. Pero hay ciertos autores que si uno no pasa por ellos se nota, no tiene las patas suficientes del anclaje. En lo particular me encantan los novelistas rusos y los cuentistas americanos. Ahí están como las dos grandes escuelas de narración por las que hay que pasar. Después uno hace lo que quiere, pero los maestros están ahí. Los norteamericanos tienen cuentistas fabulosos, mujeres cuentistas extraordinarias. Los rusos lo tienen a Chejov, pero el arrastre del cuento moderno me parece que está en Estados Unidos. Así como la base de la novela la tienen los rusos.
Cada dos por tres vuelvo a leer Ana Karenina y me vuelvo a emocionar. Pero soy de una generación anterior. No sé si ahora se la lee.

Ambiente familiar

El café ya dejó sus huellas -dicen, premonitorias- sobre el pocillo. A la charla le restan algunos minutos de informalidad. Sobre viajes, idas y vueltas. María Inés Krimer volverá  para presentar su libro el 27. Y seguirá volviendo porque aquí está su hija y su nieto. Tandil le es, en varios sentidos, familiar. Quizás como la villa cementera de su historia.
Tal vez, desde su mesa del barcito, mirando hacia la vereda a contraluz, María Inés ya esté tomando apuntes para algún cuento o una novela. Nunca se sabe lo que piensan los escritores cuando piensan.
De eso se trata.

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