?Me dicen Mirtha Legrand:hace años que me estoy yendo?, dijo Natalio Etchegaray en su paso por el diván

 -A ver, Natalio, ¿sabe más o menos a qué apunta esta sección?

Sí, sé, porque todas las mañanas leo “El Eco”  por internet,  para saber las noticias de mi pueblo y, por razones de edad, para ver las necrológicas. Todos los días aparece algún amigo de la infancia que se va.

-Entonces sabe que buscamos una introspección del entrevistado. ¿Empezamos?

-Sí.

-Más allá de su cargo en la Casa Rosada, ¿usted es el típico escribano, formal y cortés?

-No, ni miras. Todo lo contrario. No es tan formal la escribanía. Es como si dijéramos que las leyes son formales, sí, porque son obligatorias, ahora ¿es aburrido ser diputado?  ¿Se da cuenta? Lo que es formal es el producto de este trabajo. Y yo, por ejemplo, mi vida personal la matizo con el tango, el lunfardo, la literatura.

-Pero no es lo mismo ser escribano general de la Nación, que escribano del programa de Tinelli, por ejemplo. Cuesta imaginarlo a usted en ese tipo de situaciones.

-Es cierto, yo no estaría en la televisión. Creo que banaliza al escribano, lo usa. En la TV estás en una delgada línea de pasarte para el otro lado: el de poner la seriedad de la función del escribano al servicio de una cosa que no busca la seriedad.

-Tres décadas  en un cargo tan importante lo convierten en un tandilense ilustre, ¿lo reconoce?

-No.

-Vamos, Etchegaray. No tenga miedo. ¡No sea tan escribano!

-¿Por? ¡Si en estas cosas personales se puede mentir! (risas). No, en serio, obviamente éste es un cargo único. Pero no sé si estar acá es llegar lejos.

 -Por lo pronto pareciera que no le levanta el ego.

-Tal vez mi ego sea no darme cuenta. Lo tomo como algo muy natural. Es un trabajo como cualquier otro y no me cuesta ningún esfuerzo estar ni mantenerme acá, y además, no sé, los presidentes, cuando terminan, yo presento la renuncia, ¡pero no la aceptan! Y por otro lado le puedo asegurar que en estos 30 años nadie se animó a pedirme que diga “hoy es ayer”. Nadie.  No sé si alguno habrá tenido ganas de hacerlo. Pero nadie lo hizo.

-No le tocó marcar límites.

-No. Igual yo siempre supe todos los límites y si hubiera un golpe de Estado no voy a ir a hacer el acta de asunción del nuevo presidente. Eso está claro.

-¿Cuál será la razón para que los presidentes, tan poderosos ellos en Argentina y tan abandonados luego, se preocupen por la continuidad de Etchegaray?

-¿Los presidentes son poderosos? No creo que sea así. Es muy difícil ser presidente. No cualquiera llega y todos los que llegaron, por algo llegaron. Pero todo lo que uno se imagina no tiene nada que ver con lo que es ser presidente. Están continuamente jaqueados, en la mira.

-¿Qué es lo terrible?, ¿la urgencia cotidiana?

-Sí, es terrible. Hay que decidir, día a día y su personalidad la ponen al servicio de esa urgencia. Entonces unos aciertan y otros no. Porque además el presidente tiene que delegar, firmar, confiar en sus ministros. Es una figura muy complicada, que, además, tiene que irse a los cuatro años: no tienen la tranquilidad del rey.

-Y cuando dejan el poder, habitualmente, en este país no pueden ni salir a la calle.

-Para mí eso tiene mucho que ver con el sistema: para ganar la elección hay que hablar mal del que está en el gobierno. Se edifica sobre lo otro, sobre lo malo que está y se llena de ilusiones, y convengamos -y esto es una opinión muy mía- muchísima gente no está preparada.

-¿Cómo es eso?

-Quieren que la vida política le asegure su tranquilidad en lo que hacen. Y sí, tal vez eso es legítimo. Pero es como si el país fuera una gran playa de estacionamiento de casas rodantes, entonces yo pongo mi casa rodante  ahí y quiero luz, agua y gas para ella, porque para eso pagué la entrada. Y si no me dan lo que pido, cambio de concesionario. Ahora, ¿acaso no soy el dueño de esa playa?

-¿Qué será lo que lo identifica tanto con los presidentes?  ¿Lo pensó alguna vez?

-La soledad. Los escribanos también siempre actuamos solos. No podemos comparar  una cosa con otra, porque el escribano sólo da fe de las decisiones de otros, pero los presidentes están muy, muy solos. Yo he conocido los problemas que tienen, la carga que arrastran. ¿Quiere saber cómo es esto? Mire, las juras -de presidentes o de ministros- se parecen a las bodas.

-¿A las bodas?

-Si, ese día están todos felices, contentos, y piensan que eso va a durar para siempre. Pero después la alegría pasa y se pelean y muchos terminan divorciándose. Es así.

-Su boda con la Rosada al menos, va a durar toda la vida.

-No. Desde hace tres años, cuando cumplí los 80 que quiero irme. Y a la vez mi familia no quiere que siga. Pero acá no me dejan ir, es tal la tradición que dicen “no escribano, usted no se va, espere, quédese un poco más, ¿cómo se va a ir?”, y ¿la verdad? No me disgusta. Pero mi idea es irme. Ya me dicen Mirtha Legrand: hace tres años que me estoy yendo. u

 

 

Fuera de sesión

 

El tandilense que vio a Perón, en 1987

 

Desde el retorno de la democracia, hace 30 años, sólo tres personas subsisten en altos cargos del poder institucional argentino: los jueces de la Corte Suprema Carlos Fayt y Enrique Petracchi y el escribano general de la Nación, el tandilense Natalio Etchegaray, quien a los 83 años mantiene actividades como si tuviera 20: arranca a las 6 de la mañana, va a diario a su despacho de la calle Uruguay, dicta clases en la Universidad Notarial y escribe y despunta su afición por el tango y el lunfardo como si el tiempo no pasara para él.

Como tampoco pasaron de su memoria los momentos más críticos de su profesión, como por ejemplo cuando, a tan sólo un día después de asumir, entró en pánico durante la jura del flamante ministro de Trabajo Juan Manuel Casella, en abril de 1984, porque nunca arrancó la lapicera que le pasó al presidente Alfonsín para rubricar el acta.

“Fue uno de los días más difíciles de mi vida. En ese tiempo las lapiceras eran con cartucho,  entonces como yo era nuevo, Angelita, la jefa de Notarial, me dijo “escribano, lleve otra por las dudas”; le puso el cartucho y me la dio. Cuando llegó el momento de firmar, le di esa lapicera (la otra quedó en mi saco) al presidente y no salía la tinta. El cartucho todavía no se había perforado. Alfonsín me dijo “empezamos mal, escribano”, cosa que a mí no me gustó nada. Y agregó: “En casa de herrero, cuchillo de palo”. Y firmó con la de él.

Los recuerdos abarcan un gran afecto por Alfonsín, la “calidez” de Carlos Menem, quien “en honor a su raza -dice-  era un presidente muy comprador, con una memoria prodigiosa” y en cierto modo dejan a salvo al mismísimo Fernando De la Rúa. Etchegaray fue testigo, “porque estaba en Olivos esperándolo para una firma”, del día en que el ex mandatario fue al programa de Tinelli y todo terminó como se sabe. “De la Rúa se me acerca a la mañana y me dice: ‘¿Me quiere decir escribano qué caraj… tengo que ir a hacer yo al programa de Tinelli? Antonito quiere que vaya pero es un disparate!’. Estaba bien rumbeado”, evalúa.

Pero el momento más fuerte lo vivió en el cementerio de la Chacarita, el día que tuvo que ingresar a la tumba de Perón, junto al juez Far Suau, al frente de la investigación por la profanación de la tumba del general.  “Fue una gran emoción, más que por lo vi, por lo que representaba. Cuando abrieron el cajón y vi aparecer a Perón, in-tac-to, fue increíble, con el traje azul de gala, ¡Perón! Quien todavía hoy es la figura dominante de la historia argentina,  ¡Y yo lo tenía ahí! Una escena muy fuerte”.

-¿Tan fuerte como verla a Cristina enojada?

-(Risas) No, enojada no… O por lo menos enojada conmigo nunca, porque siempre la he visto en actos públicos. Tuve más relación con Kirchner. Kirchner era muy simpático, la gente que lo conocía mucho dice que era tímido, yo creo que sí, que podría ser eso.

Era muy ocurrente: un juez dudó de la firma de él en un decreto. Y me pasó el oficio. El  presidente había degradado un general por asuntos de derechos humanos y un abogado no encontró mejor forma que desconocer la firma de Kirchner en el decreto, entonces el juez me pidió que tomara pruebas de la firma del presidente para comparar. Requerían 14 firmas sentado y 14 parado. Al mes, Zannini me dijo “el presidente lo recibe hoy, escribano”,

-¿Qué pasa, escribano, qué sucede? -me dijo Kirchner.

-Pasa esto presidente: quieren que usted firme14 veces parado y 14 veces sentado.

De inmediato se paró e hizo catorce firmas. Se sentó y lo mismo. Terminó y me dice “ah, escribano, una cosa: se las hice todas distintas”. 

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