Murió Chavela Vargas

 

Dueña de un estilo personalísimo para abordar un repertorio dominado por rancheras y boleros, se ufanaba de “descomponer” las canciones para llevarlas a su sugerente universo estético.
Decidora aguda capaz de hallarle los signos y los silencios a cada poética escogida e inmediatamente calzada a medida en su intrépida alma, Vargas fue capaz de abrir la boca y con ello conmover a los distraídos, desatar tormentas y hacer llorar a las piedras.
El pelo cortísimo y un poncho -casi siempre- rojo enmarcaban una fragilidad solo aparente sobre la que levantaba un modo arrollador para narrar penas y exorcizarlas.
Sus creaciones sobre piezas como “Vámonos”, “Macorina”, “Ponme la mano aquí”, "El último trago", "Que te vaya bonito", “Noche de bohemia”, "La llorona", "Paloma negra", o “Volver, volver”, deben integrar una antología imprescindible de la canción popular en español que atravesó dos siglos.
Podría pensarse que Chavela murió en paz después de haberse dado el gusto grande de publicar un ansiado tributo al poeta español Federico García Lorca, titulado “La luna grande” que coronó un magnífico tránsito artístico.
En el álbum, la vocalista nacida como Isabel Vargas Lizano en San Joaquín de Flores, Costa Rica, el 17 de abril de 1919, combinó las palabras de García Lorca  con las músicas que pueblan su propio repertorio musical en una apuesta que entregó la confluencia -a veces armónica, otras veces tensa- que dio lugar a otro territorio expresivo altamente emocionante.
Además de recorrer algunos textos esenciales del granadino, se animó a escribir “Ángel que no vela” y “¿Qué hicieron con tu muerte?” donde interpeló con trazo lírico el asesinato de García Lorca a manos del franquismo que lo fusiló en tiempos de la Guerra Civil Española por su adhesión a la Segunda República y por su condición de homosexual.
Antes de ese monumental y mágico trabajo, último gesto de una obra con unos 80 discos que comenzó a registrar en los 60 en México, Chavela tuvo una vida intensa y febril que la unió con el talentoso José Alfredo Jiménez y que convidó a la polémica, a la fantasía (como su romance con León Trotsky), a los excesos (sobre todo con el alcohol) y a una postura siempre rebelde e irreverente.
Para ahondar ese paso también surcado por las declaraciones altisonantes capaces de cargar contra poderosos, ricos y famosos y así alterar a los espíritus cortos, en 2000 y haciendo uso de su libertad confesó a la TV colombiana un secreto a voces: que era lesbiana.
Aunque su ángel despertó fuertes adhesiones en esta parte de Latinoamérica, Chavela recién debutó en la Argentina en septiembre de 1999, a los 80 años y cuando ya contaba con cuatro décadas de trayectoria, con un antológico concierto en el teatro Opera de Buenos Aires.
Desde entonces visitó con mayor regularidad el Río de la Plata, pero los años de ausencia no pudieron revertirse con un puñado de shows y, en cambio, sí estuvieron, están y estarán, sus imponentes documentos audiovisuales que afortunadamente pueblan disquerías y sitios de internet.
En 2004, en ocasión de despedirse del público argentino, le regaló a la prensa local una declaración que bien puede ilustrar este obituario: “Pienso que sí me eternizaré, pasará el tiempo y hablarán de mí una tarde en Buenos Aires. Cuando un día empiece a llover, les saldrá un lágrima, será una `chavelacita` muy chiquita”, aventuró entonces.
En esa apuesta por vencer al tiempo, su amigo y compinche Joaquín Sabina logró cumplir con el bello cometido de homenajearla en vida sin solemnidades y con una canción pegadiza, certera y popular como es “Por el bulevar de los sueños rotos” que registró en su álbum “Esta boca es mía” (1994).
Allí el trovador español escribió y cantó estrofas explícitas como “Se escapó de cárcel de amor/De un delirio de alcohol/De mil noches en vela/Se dejó el corazón en Madrid/¡quién supiera reír/como llora Chavela!/”.

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