Nadie supo explicar porqué estaba el formol en la mesa del anestesista

La cita de debate vino sufriendo postergaciones varias. Dilaciones que hicieron a la estrategia procesal defensista que en agosto pasado llegó a su extremo, rozando el papelón, cuando desde el propio Juzgado se envió una orden de detención al médico imputado por no comparecer a la audiencia fijada.
Ya sin aquel abogado, el doctor Eduardo Rossi, entonces, ayer se hizo presente en el Juzgado Correccional y aguardó ser llamado al recinto rodeado de colegas anestesiólogos que luego harían las veces de testigos citados para la ocasión. A escasos metros, sentada, la familia Rojo, mujer e hijas de aquel paciente que sufrió el grosero equívoco en el quirófano y las consecuencias físicas ya ventiladas como consecuencia de aquella situación tipificada por el ministerio público como el delito de “Lesiones culposas”.
Cabe consignar que el caso revistió connotaciones particulares, fundamentalmente en lo político, valiendo la decisión del jefe comunal de echar a la cúpula del centro asistencial de aquel entonces (José Luis Lavaroni y Oscar García Allende, directores administrativo y médico, respectivamente).
Por otro carril, en la esfera civil y administrativa la comuna hizo un resarcimiento económico por la mala praxis sufrida por Roberto Rojo.

Tiempo de juicio
 
Pasadas las 9.30, entonces, el juez en lo Correccional, Carlos Pocorena, dispondría el inicio de la audiencia, con el adelanto de la acusación fiscal, a cargo de Gustavo Morey, y la defensa del médico, ahora bajo la responsabilidad del doctor Julio Vélez. Ambos, en sus respectivos roles, aducirían su hipótesis de lo sucedido aquellos días de febrero con la internación de Rojo en el Hospital y la respectiva intervención quirúrgica, para así hablar de la responsabilidad o no penal de Rossi, sobre el reconocido yerro cometido en plena operación.
Fundamentalmente, los testigos que desfilaron por el recinto fueron colegas del médico que explicaron cómo funciona y qué roles y protocolos se siguen en un quirófano a la hora del trabajo de cada uno, para así poder dilucidar porqué se cometió la mala praxis conocida como “El caso formol”.
El médico anestesiólogo Franco Di Nunzio fue el primero de los profesionales que se sentó frente al juez y respondió las preguntas, apuntadas sobre el uso de los medicamentos y, puntualmente, cómo y cuándo se utiliza formol y dónde se ubica dentro del mobiliario de la sala de operaciones.
Tajantemente, el anestesiólogo confió en que no es normal que haya un frasco de formol en el carro de anestesia, sino que dichos frascos los utilizan eventualmente los asistentes y médicos que operan en pos de preservar una biopsia para un futuro análisis.
Sí reconoció que los mismos frascos, rotulados, que se utilizaban para la silocaína (anestesia) luego eran usados para otras funciones, como el caso de formol. Léase, había frascos pequeños de anestesia que podían ser rellenados luego con formol, o también se utilizaban frascos de mermelada para el mismo producto. Todo, “claramente rotulado”, según coincidieron todos los especialistas.
El médico admitió que tras conocerse “este caso”, se cambió la metodología y nunca más se utilizaron los frascos de anestesia para rellenar con contenido de formol, siendo que ahora sólo se usaban los frascos de mermelada.
A preguntas del defensor, Di Nunzio vertió el mejor de los conceptos de su colega ahora acusado. Señalando que se trataba de uno de los médicos más meticulosos que conocía a la hora de su trabajo, además del afecto personal que tenía para con él.
En el mismo sentido se explayó el médico anestesiólogo Cristian Riat, quien tuvo la particularidad de haber estado esa jornada junto a Rossi en el Hospital. Es más, era el profesional designado para la intervención de Rojo, pero justo salió otra intervención pediátrica y Rossi ocupó su lugar. “Yo tendría que estar en ese lugar”, reflexionó con una sonrisa resignada compartida con su colega Rossi, dejando entrever que a cualquiera de ellos le hubiera pasado.
El profesional fue enfático en señalar que el carro de anestesia es de ellos y nadie debía entrometerse en su ámbito, por eso resultó inconcebible que alguien dejara un frasco con formol que provocó el equívoco de su colega, de quien también señaló las mejores referencias profesionales, detallando que era el más obsesivo de todos ellos a la hora del cuidado en el trabajo.
El testigo que demandó más tiempo a la hora de ser indagado fue el auxiliar anestesista Rubén Specogna, quien precisamente intervino en el caso y advirtió a Rossi sobre la errática aplicación. A la hora de responder de quién fue la responsabilidad de que dicho frasco de formol estuviera allí no supo qué responder, sólo se limitó a inferir que por intuición supo que algo estaba mal e informó sobre el yerro.
Indicó que es regla que el formol esté en otra mesa, en la del instrumentista, por lo que no sabía de dónde lo había tomado el médico para aplicarlo, especulando con que alguien que no fue ni él ni Rossi lo dejó por error en la mesa del anestesista.
El fiscal Morey insistió en que no quedaba clara su versión, habida cuenta que dijo llamarle la atención aquel frasco pero no saber cómo había estado ahí, a lo que el testigo no supo cómo explicar lo que no encontraba o no quiso dar mayor explicación.
Refirió que era posible que quede un frasco con remanente de silocaína y allí Rossi la tomó creyendo que era eso para una segunda aplicación de anestesia, sin advertir que era formol (tal reza en el protocolo firmado por el propio Rossi), afirmando que el doctor “no podía haber sospechado nunca que era otra cosa que no fuera anestesia”.
El especialista también reconoció que tras este caso se cambió la metodología y ahora solamente el formol se llena en frascos de mermelada, bien diferenciados al resto.

“Me arruinaron la vida”
 
Otro testimonio saliente de la jornada matinal fue cuando la propia víctima, Roberto Rojo, compareció en la sala y relató sus padecimientos durante y después de aquella fatídica intervención programada por cáncer de próstata.
Rojo recordó que en medio de la intervención sufrió un fuerte dolor, por lo que pidió a los médicos que se apuraran, a lo que luego devino la aplicación de más anestesia que, por error, iba a inyectársele como formol.
Recordó que tras la operación fue trasladado a un cuarto y ya sin efecto de la anestesia no sentía las piernas,  a lo que le dijo a su mujer, Mercedes: “Me arruinaron la vida”.
Fue así que ya dado de alta y con el trastorno que seguía padeciendo (“ningún médico vino a ver qué me había pasado”, dijo), casualmente se lo cruzó el doctor Pereyra, quien al verlo que caminaba tan mal le recetó unas ampollas para mejorar su estado, cosa que en efecto sucedió al menos para poder caminar mejor, según dijo el propio paciente.
Sobre las consecuencias sufridas por la errática intervención quirúrgica, detalló que perdió todo tipo de sensibilidad debajo de la cintura y que no podía retener nada. “Recién ahora puedo mover algo los dedos de los pies”, contó la víctima.
Sin más testimonios que escuchar, el juez dio por terminada la jornada de debate para pasar a un cuarto intermedio hasta hoy, donde se reanudará al juicio con más testigos y factiblemente el tiempo de los alegatos de las partes.

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