Pasa por el diván, Alejandro Azcue: “Nunca fui un niño bien”

El artista plástico evalúa la obra que aportó a Tandil, reflexiona sobre su personalidad, dice que la muerte es una idea noble y asegura que los supuestos son la peor cara de sociedades chicas como la nuestra.

-Esa larga barba blanca lo identifica. Usted aparece como todo un personaje en la ciudad. ¿Es adrede?
-No, me la dejé porque a mi mujer le gusta y porque me salva de afeitarme todos los días.
-Pese a ese look y a la bohemia se ha dicho que en el fondo Alejo Azcue siempre fue un niño bien.
-No, no es así, porque los que no eran tan niños bien vivían mejor que yo. Hay una especie de mito urbano.
-O sea que está al tanto.
-(Sonriendo) Y… a los 60 años sé todo. Lo de niño bien corría para aquel que los padres tenían campo o eran industriales y los hijos resultaban más ampulosos que ellos, como se da actualmente. No fue mi caso, nunca me regalaron nada o sea nunca fui un niño bien -si lo fuera estaría en Punta del Este- y agradezco, porque eso me hizo crecer. Cuando yo volví de Buenos Aires iba a dar clases a la Escuela Granja en bicicleta…
-¿Por qué en bicicleta?
-Primero me hacía bien, segundo no tenía vehículo y tercero es mucho peor esperar el colectivo 35 minutos.
-O sea que pese a lo que pueda parecer, de hippie, nada.
-No. Nunca me gustaron los hippies. Pienso como Ian Anderson (Jethro Tull): esas ondas de amor y paz, vivir en el aire, no es parte de mi existencia. Más que sol, paz, amor, a mí desde el punto de vista artístico siempre me interesó la cosa urbana y social. Y además uno no tiene que demostrar nada. Uno es lo que es, siempre.
-Vayamos a lo artístico. ¿Cómo se lleva con su obra? ¿Le gusta el monumento a Belgrano?
-Sí. Estuve un año y medio laburando y ahí está. Sí, salió. Creo que es una de las mejores cosas que hice, amén de los trabajos en Italia que básicamente eran restauraciones.
-¿No está el deseo oculto de ir cuando nadie mira y darle un golpecito, corregir algo?
-Una frase dice que si creés que una obra se terminó y no la querés tocar más es porque los duendes la terminaron a la noche. A mí no me gusta mirar los cuadros que pinté. Y cuando veo a Belgrano o Las Calas, los miro como si los hubiese hecho otro, se produce una independencia. Ya está. Si no es como que tenés un hijo, después otro y quieras retocar al primero, ¡no!, ja, ja, ya está. La naturaleza manda.
-¿Se siente reconocido en Tandil?
-Por lo menos me saludan. No sé. Hago las cosas porque me gustan… Si me dan bola o no, si me reconocen o me ignoran, no sé, no tengo necesidad de que me digan nada. Ahora, sí está esa bronca en Tandil, esa envidia de las ciudades chicas. Y los supuestos.
-¿Cómo es eso de los supuestos?
-Es terrible. Yo supongo que usted ganó una luca en la quiniela; luego viene otro y dice ‘no, pará, ¡ganó 20!’ y cuando te querés acordar dicen que son ¡500 mil pesos!, acá la inflación también abarca las cosas comunes y la gente se resiente al ped… Eso es lo que hay que romper. Yo estoy contento con lo que fui y lo que soy.
-En una entrevista dijo que el arte es una forma de enfrentar la muerte.
-Sí. Pero creo que la muerte es una idea noble: uno no puede ser eterno y así como cuando uno se pone grande en el trabajo tiene que dejarle el lugar a otro, hay que dejar paso a los que siguen. Lo que quise decir del arte es que cuando estás pintando o componiendo una canción te olvidás que tenés 60 años y en vez de pensar tanto en la muerte, disfrutás la vida.
-¿Haría una escultura o un monumento de un personaje que no quiere?
-(Contundente) No. No me saldría. Soy apasionado y trato de tener una coherencia artística, si hiciera una obra sobre alguien que no quiero sería un panqueque cósmico.
-También se enorgullece de ser un artista lento. ¿Lo explicamos?
-Sí, todo lo hago en forma lenta y premeditada porque es la única manera que me demuestro a mí mismo que lo que estoy haciendo no consiste en un rapto de delirio. Prefiero bajar los cambios para no chocar en la ruta, prefiero ir viendo el paisaje y no que el paisaje me mire a mí cuando me dé vuelta.
-¿La escultura edilicia de Tandil es linda?
-Hay cosas interesantes.
-No lo dice muy seguro. ¿Qué opina de que día a día se incorporan casas, las más cancheras en Tandil, todas en serie, que algunos hasta señalan como cajas gigantes de zapatos sin diferencias entre ellas?
-Claro, usted lo ha dicho. Es así porque cuando alguien confía la estética en otro es porque no tiene una estética propia. Y la estética es un espejo del alma: uno responde visualmente a aquello que tiene interiormente. Si estás vacío interiormente, lo más fácil es contratar a un tipo para que te decore la casa. ¡Es tan preciso eso de ‘canchero’! Porque justamente, se trata de los tipos más cancheros y esa palabra alude al que hace la cancha, no al jugador: habla del que corta el pastito, marca las líneas, pero el que juega, el que pone el arte, es otro. u

El monumento a Del Potro, congelado y a la espera

Artista versátil si los hay, Alejo Azcue refleja en cada centímetro de su casa todas las musas que lo asaltan.
Su hogar es un espacio repleto de objetos con valor histórico, pinturas terminadas y en camino, una pulpería hecha con sus propias manos, esculturas, una réplica en escala de una ciudad medieval que el día que salga a la luz pública dará que hablar y, entre muchos objetos más, instrumentos musicales. Por aquí y por allá.

Una réplica del bajo “Hofner” de Paul Mc Cartney, una guitarra Gibson como la de Angus Young de AC DC -impecables en ambos casos-, la primera criolla que tocó en su vida; una acústica.

También se esparcen por todos lados bocetos de esculturas y letras de canciones. Sobre todo muchas canciones que posiblemente no lleguen nunca a un escenario.

-¿Por qué?
-Porque no tengo necesidad de escenarios. Me junto con músicos y grabamos, me gusta componer y que por ahí algún amigo la toque por ahí. A mí me pasa lo mismo que a Jorge Gentile: yo soy como ‘Coqui’, que le encanta la música y sigue tocando sólo por el hecho de disfrutar y componer.
Música al margen, el estilo Azcue se puede visualizar en el busto de Debilio Blanco Villegas en el Hospital de Niños, en el monumento a la Escuela Granja confeccionado junto a los alumnos y en una de las máscaras en el frente del Teatro del Fuerte (la otra la realizó el artista Eduardo Rodríguez Del Pino).
Su impronta quedó también -aunque él dice no estar muy conforme con el resultado- en el monumento a Eva Perón en la Biblioteca Nacional, en el cual trabajó como colaborador de Ricardo Gianetti.
Sí en cambio lo llenan de orgullo los tres trabajos practicados en Italia, uno de ellos en Pietrasanta (la escultura se llama “Columna con Cabeza de Angel”), en la restauración del David que está fuera del Palacio de la Señoría y en la ventana de las audiencias del Papa. “Pero allí -aclara- en todas era un empleado más”.
-¿Qué cuentas pendientes quedan?
-Un monumento a Martín Fierro en el Anfiteatro, otro a Perón que propuso Luis María Macaya en su momento para la Plaza de las Carretas y quedó en la nada. Igual yo hice el proyecto: está Eva con la mano llevando el freno del caballo, marcándole el norte a Perón y el General mirando para otro lado.
-Y Martín Del Potro. Iba todo sobre rieles, ¿y?, ¿qué pasó?
-Quedó stand by. Fue una idea que asumí, no como un oportunismo -porque de hecho hace un año que no juega- sino que pareció piola que con todos los problemas sociales que tenemos, los chicos de la ciudad tengan ídolos que los puedan ver, no ídolos como Messi que los ven por televisión, en cambio a Del Potro lo podés ver jugando en Wimbledon y luego encontrarlo tomando un cafecito en el centro, y lo saludan y él es muy afectuoso.
Lo importante era eso, que los chicos lo tuvieran presente. Lamentablemente por un desajuste de espacio y otros elementos quedó congelado. Pero tengo todo el proyecto. Algún día se hará. u

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