Pasa por el diván Marcos Esteban Casanova

Taquillero infalible, el actor que logró convertirse profeta en su tierra revela su fórmula para el éxito, reflexiona sobre el suceso “monologo del cornudo” y confiesa que el humor lo persigue hasta cuando entra a un velorio

-Seguramente estás feliz de ser lo que sos: Marcos Casanova.

-Sí, muy contento, muy conforme, pero eso no me deja quieto, siempre hay cosas que mejoraría.

-No te podés quejar: rompiste el molde, ese destino de ser un empleado más o un estereotipo local.

-¡Sí! En eso estoy contento, porque agarré las riendas de mi vida. ¿Sabés cómo fue? en el Colegio Los Manantiales los papás de los alumnos hacíamos una obrita para juntar fondos. Era la obra de Varela (Julio) “Qué Cruz la de Sauce Tumbado”. Y ya no me bajé más del escenario. Yo ya era grande –de hecho era padre- y de ahí enganché con otra obra, otra, otra, tomé clases, me independicé, hice la carrera…

-¿Cómo se explica una pegada tan grande a esa altura de la vida?

-Es que no sé por qué existe el pensamiento ese de “si pongo un kiosco le meto 14 horas por día, pero si me dedico al arte, ensayo dos y me quejo las otras diez porque no llama ningún productor”. ¡No es así! Mi Viejo me tiró una frase que me quedó siempre: “talento antes que trabajo figura únicamente en el abecedario”.

-“No me podía conformar con ser el gordito simpático”, dijo Sanzano. ¿No te sucedió algo parecido?

-Pepo es un gran amigo, cuento con él arriba y abajo del escenario, es un referente al que admiro, sin embargo él puede tener sus causas y yo las mías. Parezco un gordito tranquilo, pero soy muy metedor, insoportablemente metedor, si laburás conmigo, te canso. Te canso porque creo que uno tiene que estar permanentemente encima de su laburo. Además, si no te lo cuidás vos, ¿quién te va a cuidar el laburo?

-Alguna vez explicaste tu éxito en las interpretaciones en el hecho de que “a todos nos pasa lo mismo”.

-Es así. Tu historia no es tan distinta de la mía. La anécdota puede ser distinta, pero todos venimos de situaciones muy parecidas, crecimos en el mismo ámbito, con los mismos desengaños amorosos, las mismas frustraciones. Cosas que luego, con el paso del tiempo, en algún momento pasan a ser anécdotas graciosas.

-Tu carrera venía en ascenso pero cruzarte con Elías El Hage y “Monólogo del Cornudo” te disparó a la consagración, ¿fue así?

-Sí, más allá de que después cada uno hizo su camino y cada uno hace su historia y la vive como mejor puede, soy un agradecido de aquel momento. Él tiene la facilidad de encontrar la veta del costumbrismo y yo mucha facilidad de adaptarla en escena. No lo podía creer, no sé cuántos teatros del Fuerte seguidos hicimos con 600, 700 personas adentro, yo solo en el escenario… A partir de ahí empecé a escribir de lleno.

-Y si suena el teléfono y es Elías que llama para hacer una nueva obra, ¿agarrás viaje?

-Soy absolutamente libre de hacerlo y él absolutamente libre de llamarme o no. De hecho hubo una propuesta el año pasado, estuvimos por hacerla y al final decliné porque no me hallaba con ese texto en particular en este momento de mi carrera.

-¿Y la cuenta pendiente cuál es?, ¿el teatro grande de Buenos Aires?

-Viví en Buenos Aires, pero no me gusta. Aparte, cada uno hace su Meca, ¿qué tanto me puede aportar?, ¿plata? , yo estoy bien, no tengo ni casa ni auto –alquilo y tengo un modelo 92- pero estoy contento en mi lugar.

-El humor que utilizas arriba del escenario se basa en una sola víctima: vos.

-A mí me gusta ser el ridículo, el antihéroe de la fiesta. Es el papel que más me divierte, el que más me va, el del pobre tipo, el fracasado. El humor es mi mayor defensa ante cualquier drama de la vida. Es más: es lo primero que se me ocurre porque el humor tiene que ver con el quiebre del respeto. Yo salgo airoso y bien parado de cualquier situación a través del humor. Mirá la corpulencia que tengo…

-¿Qué me querés decir?

-Que soy como alambre liso, no puedo enganchar nada. Pero cuando uno intenta seducir a un amigo, un negocio, una señorita, saca el arma que tiene y el humor es importantísimo; como arma y como defensa. Hasta cuando voy a un velorio el humor es lo primero que se me ocurre.

-Pero en el fondo la vida no es un chiste, es trágica.

-Es la que tenemos. Yo me cag…de risa. Mira, acá no hay revancha, vos pasás por esta vida y si sos muy optimista o tenés alguna formación religiosa creés que hay otra cosa pero, por ahora, es ésta, disfrutá de esto que hay. Por eso soy sincero conmigo y hago lo mejor que puedo ahora, tratando de disfrutar lo máximo posible. Decime: ¿cuándo creés que todo está planteado para que uno se pueda desarrollar a pleno?

-Es difícil.

-¡¡¡¿Cuándo va a estar?!! Hoy “porque están estos”, mañana “los otros”, pasado “mi vieja se enfermó” y después, no sé! ¡Nunca vas a tener allanado el camino! La clave es muchísima dedicación y si las puertas están cerradas, abrirlas a patadas y meterle para adelante. Yo no soy Nietzche, eh, pero: ¿lo bueno es llegar a dónde?, yo no quiero llegar, lo bueno es el camino, para mí lo bueno es esto de ensayar, estrenar.  Qué sé yo si dentro de seis meses voy a estar. Lo bueno es hacer, hacer, hacer.

 

Ficha Personal

-50  años

-Dos matrimonios, cinco hijos.

-Fanático de los Beatles, de Boca Juniors y San Telmo. De chico soñaba con ser músico.

-Fue locutor de radio, vendió seguros, libros, vinos.

-Trabaja en la Usina Popular desde hace más de 20 años.

-Su primer éxito teatral se dio con el grupo “Correveydile”, junto a Nacho Claret y Sergio Saltape.

-La obra más querida: “¡Calzonudo y punto!, escrita e interpretada por él mismo.

-Realizó  más de mil actuaciones.

-El 20 de febrero presentará junto a Pepo Sanzano “Atento Rancagua, atento”, en el Club de Teatro.

-El consejo predilecto para sus alumnos del Club de Teatro: “venimos a jugar. No esperen ninguna revelación sino eso, jugar, ser grande y recuperar la alegría de jugar, sin vergüenzas”.

 

El preferido de los tandilenses

 

La capacidad de generar convocatoria y venta de entradas, un aspecto no menor para el teatro local, tiene dos figuras que lideran el ranking en Tandil, por lejos y desde hace décadas: Marcos Casanova y Pepo Sanzano, a un promedio que inclusive podría decirse que supera al interés que pueda despertar el arribo de una puesta en escena que el teatro nacional haga llegar a la ciudad.

¿Cuál es la clave? –“que eso es parte del laburo- indica Marcos Casanova, quien también suele explicar su éxito en la dirección de obra que lleva adelante su hermana Alejandra en la mayor parte de sus interpretaciones-. Una parte consiste en generar un buen espectáculo, prepararlo para que esté lo mejor posible, que sea una obra digna en la que la gente se sienta identificada. Y la otra parte es hacer sonar la campana para que la gente venga.

-¿Y eso por qué te salió bien?

-Porque le metimos mucha garra. Porque con Pepo somos los primeros que salimos a hacer la publicidad sin ningún tipo de vergüenza. Estar encima de tu laburo, es eso: que cuando llegue la gente al teatro esté cómoda, que no espere más de ciertos minutos afuera, que el baño esté limpio, y si se les puede dar un café, se les da.

-Eso no lo explica todo. Habrá algo más, tal vez también tenga que ver el perfil social que representás.

-Sí, es cierto. Anduve por todos lados y eso me ayudó a tener bastante calle, a tomar mate en cuanto taller  voy y formar parte de comisiones y vivir experiencias bien de pueblo. Eso te va formando y te ayuda. Y después, arriba del escenario no me la creo de que tenga ganado nada ni que el público de Tandil sea frío como dicen. ¿Sabés cuál es el detalle? Ser agradecido. Cuando termino la función voy afuera  y le agradezco uno a uno que hayan venido. No me importa sin son muchos,  puedo estar una hora y media.

-¿Por qué hacés eso?

-Porque realmente estoy agradecido. El tipo que te va a ver dispuso de dos horas de su vida para ir a verte, gastó plata de su billetera -porque en vez de ir a tomar una cerveza prefirió ir a verme-, tuvo que colocar los chicos en algún lado para venir. A veces termino cansado, es cierto, pero tampoco es una cuestión efectista la que busco, no: me siento bien haciéndolo, como una forma de gratitud.

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