Pidieron 16 años de prisión para el acusado de intentar matar a su expareja

El jueves se reanudó la audiencia oral y pública en la que se resolverá la situación procesal de Francisco Samudio, acusado de intentar matar a su expareja en lo que se presentó como un caso de violencia de género.

Sin margen para escuchar nuevos testigos, más que la amiga en común de la pareja, propietaria de la casa donde se desencadenó el segundo de los violentos sucesos ventilados, llegó el tiempo de los alegatos en los que el fiscal y defensa ratificaron lo que habían adelantado como hipótesis argumental al comienzo del juicio.

Para el ministerio público a cargo de Gustavo Morey, lo escuchado en la sala más la prueba incorporada por lectura no daba margen a duda sobre la responsabilidad penal del imputado y pidió que se lo condene a 16 años de prisión.

La defensa a cargo de María Florencia Alaniz, en tanto, persistió en que no se negaba la participación en los hechos en juzgamiento pero que debía tenerse en cuenta el estado de emoción violenta, la alteración de las facultades en las que se encontraba su pupilo, por lo que exigiría su absolución o, subsidiariamente, se contemplara la pena mínima.

Tras concretos y contundentes exposiciones de las partes, el Tribunal dio por cerrado el debate, anunciando que el próximo jueves al mediodía ventilaría su veredicto y eventual sentencia.

 

La acusación

 

Morey reiteró en su alocución que los hechos se enmarcaban en la violencia doméstica, brindando un pormenorizado detalle de los dos episodios virulentos que tuvieron como protagonista al victimario, primero con su hijo y luego con la expareja, desoyendo la orden de restricción que había impuesto el Juzgado de Familia a partir de los antecedentes violentos ya citados.

Precisamente apuntando a dicho incumplimiento y atendiendo a lo que desde la defensa se arguyó respecto a que también la víctima no cumplió con lo impartido por la Justicia, consideró que los contactos entre ambos fueron por cuestiones que hacían a los hijos en común.

Independientemente de ello, el fiscal señaló que más allá de la posible duda que recayera en la mujer sobre si cumplió o no aquella orden, lo concreto e incuestionable era la brutal agresión sufrida, que casi la lleva a la muerte, en manos de quien había sido su esposo por 14 años.

Lo importante, al decir del fiscal, fue lo que aconteció adentro de la casa, no si Da Costa fue engañada o llegó por su voluntad a la vivienda de aquella amiga donde estaba Samudio.

 

Las cartas homicidas

 

Tomando nota sobre los postulados defensistas acerca de la inimputabilidad del acusado a la hora de los actos cometidos, como así también que se trató de un hecho evitable, y que Samudio había desistido de seguir agrediéndola por lo que no hubo intención homicida, Morey tuvo sus párrafos alusivos.

Para el acusador, la intención de matar estaba desde antes de los hechos ventilados, considerando que Samudio no soportó la separación y la presunta infidelidad de su exmujer.

Si bien compartió que si, tal como lo recomendaron los peritos y ordenó la jueza de Familia por el primer hecho, hubiera quedado intentado se hubiera evitado lo acontecido, no se trataba más que de un supuesto.

Asimismo, ahondó sobre las agresiones propinadas con el arma blanca, señalando que todas fueron direccionadas a una zona vital de la víctima (el cuello), para luego querer también asfixiarla con la almohada.

A más argumentos, el fiscal se tomó el tiempo para leer algunos párrafos de las cartas que el acusado había confeccionado de puño y letra antes de los sucesos. Misivas dirigidas a su hermano, su suegra y hasta los propios hijos.

Las mismas aludían a su voluntad homicida, con un claro espíritu de despedida en la que pedía a los receptores que intervinieran con los menores una vez que él y ella no estuvieran.

“Sé que te saco uno de tus tesoros, pero te dejo otros dos, mis hijos”, le escribió a su suegra.

“Hijos, no van a entender y mucho menos perdonar, pero el tío los va a cuidar”, fue parte de otra de las cartas escritas.

Retomando la voluntad homicida, el ministerio público añadió que Samudio no se frenó tras las agresiones contra Da Costa. Quien le puso freno fue precisamente la mujer que se resistió y logró zafar de la asfixia, como también los gritos de auxilio que alertó a los vecinos linderos de la casa.

Ya abordando la hipótesis de la inimputabilidad, para Morey no existió tal estado de inconciencia, ya que en ambos sucesos violentos supo reconocer a todos los actores intervinientes, desde su exmujer, sus hijos, su hermano y hasta los policías.

Era consciente de lo que hacía, sentenció, a la vez que sumó el diagnóstico de las peritos oficiales que afirmaron que no había elementos que hicieran pensar que no comprendía la criminalidad de sus actos.

No sin antes pedir que se investigue a los profesionales de salud mental que oportunamente intervinieron en su no internación (ver aparte), Morey pediría la condena de 16 años de prisión.

A la hora de calificar los hechos, Morey mantuvo el requerimiento anticipado. Habló de “desobediencia, violación de domicilio y coacción agravada por el uso de armas” y  “homicidio agravado por la relación de pareja mantenida con la víctima y por ser perpetrado mediante violencia de género, en grado de tentativa en concurso real con privación ilegal de la libertad agravada”.

 

La defensa

 

Sin estridencias y apelando a un ágil como austero alegato, la defensora Alaniz insistiría en el estado de conmoción que reinaba en su defendido a la hora de cometer los hechos que ella no puso en discusión, más allá de la sí cuestionada intención homicida.

En ese hilo argumentativo, disentiría en el marco fáctico de los postulados del ministerio público, poniendo especial énfasis en el peritaje psicológico y psiquiátrico en el que invitaba a la internación del imputado, al resultar peligroso para sí y para terceros, diagnóstico que debía ser tenido como atenuante a la hora de analizar los hechos.

Sobre la acusación de la desobediencia por el incumplimiento de la restricción, consideró que en todo caso había sido responsabilidad de ambos protagonistas, víctima y victimario, conjeturando que la mujer no fue forzada a entrar a la casa, sino que ingresó por sus propios medios al encuentro con su exmarido.

Insistió en que Samudio no tuvo intenciones de matar, ya que la vio con vida a su exmujer y se retiró de la casa. Consideró asimismo que no hubo una premeditación de la agresión, que se trató de un impulso que no logró controlar.

“El Estado ahora reprocha el ilícito cometido por Samudio, pero quién reprocha el abandono, la desidia del Estado para con Samudio”, criticó la abogada en referencia a aquella orden judicial que promovía su internación previa al incidente y nada se hizo al respecto.

Dirigiéndose a los magistrados, la letrada sostuvo que la eventual condena buscará reparar los daños sufridos por Da Costa, pero se preguntó quién repara el daño a su defendido, que debía estar internado y no en el banquillo de los acusados por un intento de homicidio.

Cerrando su alegato, Alaniz pediría la absolución de su cliente y, en el peor de los casos,  subsidiariamente que se contemple la pena menor, bajo la figura de “lesiones leves”, al subrayar que por la gravedad de las heridas sufridas por la víctima no corrió riesgo de vida, acotando que tras el incidente ella misma se reincorporó y fue quien solicitó el socorro sanitario, además de permanecer apenas unas horas atendida en el Hospital hasta recibir el alta médica.

 

 

La amiga fiel

Cerrando el desfile de testimonios, compareció Alicia Laborde, amiga de ambos protagonistas, quien fiel a dicha condición aparentó no querer comprometerse a la hora de declarar e inclinar la balanza a favor de uno u otro.

En la casa de la testigo fue donde se desencadenó el segundo de los hechos. Habló de una familia muy unida y una pareja normal, que tenía buena relación con ambos y que no entendía qué les había ocurrido.

Contrariamente a su sensación de que estaba todo bien en la pareja, quedó descolocada ante la pregunta del juez Pablo Galli cuando le recordó que cuando se fue de la casa y dejó a Samudio a su cuidado, dijo que había “escondido” los cuchillos, dejando en evidencia que algo sospechaba o temía sobre una posible agresión.

 

 

Investigar a los médicos de Salud Mental

 

Donde sí hubo coincidencia entre acusación y defensa fue en la inexplicable actitud de los profesionales del Centro de Salud Mental, cuando una vez ocurrido el primero de los episodios, contando con el diagnóstico de las peritos oficiales y la orden judicial de Familia, que ordenaba la internación de Samudio, los médicos desoyeron la medida judicial.

El propio fiscal Morey en su alegato citaría los dichos del hermano que fue testigo en el juicio, más lo ventilado en la propia instrucción y en el debate para solicitar al Tribunal que traslade copia de las actuaciones a la fiscalía en turno para que investigue la posible comisión del delito de desobediencia.

 

Los hechos

Tal lo informado oportunamente, los hechos ventilados se remontan al 17 de noviembre de 2014, cuando Francisco Samudio se hizo presente en el domicilio de calle Casacuberta 2370, donde vivía su expareja Graciela Noemí Da Costa y sus hijos menores de edad, e ingresó a la casa a través del ventiluz del baño. Una vez allí, empuñando un cuchillo, tomó a su hijo por la espalda y apoyándole la hoja del arma por debajo del mentón amenazó con matarlo y matarse si el personal policial -presente en el lugar ante el llamado de auxilio de Da Costa-, no se retiraba del lugar, continuando con sus amenazas diciendo “si dan un paso más me mato y lo mato al nene… y Negra entrá así hablamos”, todo ello mientras mantenía retenido al menor bajo la amenaza de utilizar el arma que portaba.

El segundo

Sobre el segundo suceso, ocurrió entre las 19.30. y las 20 del 23 de diciembre de ese mismo año. Da Costa concurrió al domicilio de su amiga Alicia Laborde de la calle Ameghino 850, donde fue recibida por su expareja Samudio,  quien previo indicarle que Laborde no se encontraba en la casa, tomó de los brazos a Da Costa y la introdujo en la vivienda para arrojarla al piso posándose encima a la vez que la sujetaba de sus manos, para luego de ello conducirla a una de las habitaciones donde la arrojó sobre una cama de dos plazas, posándose nuevamente encima y tapándole la boca con una de sus manos para impedir que ésta pidiera auxilio, mientras que con la otra mano en la que portaba un elemento punzo-cortante, y con la finalidad de ultimarla, le lanzó varios golpes sobre cabeza, rostro y cuello que le provocaron heridas punzantes varias, para inmediatamente a ello y siempre con la misma finalidad de quitarle la vida, tomar una almohada la que colocó sobre el rostro de Da Costa comprimiéndola para lograr su asfixia, no logrando consumar su propósito por razones ajenas a su voluntad.

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