Piedra, papel y tijera

El popular juego infantil, desde su denominación, parece definir, con precisión quirúrgica, la realidad política, económica y social que enfrenta por estos días el Gobierno de Miguel Angel Lunghi.
El cónclave que tuvo lugar en La Plata volvió a poner sobre el tapete la archicompleja problemática de la explotación minera, abordada desde hace décadas en el pago chico, pero jamás solucionada.
Intereses contrapuestos, posturas radicalizadas, lobbies, acuerdos incumplidos, carencia absoluta de controles efectivos, codicia indiscriminada, desconocimiento profundo de la actividad y debilidad en la acción política fueron ?y siguen siendo- apenas algunos de los componentes de un cóctel siempre explosivo.
Empresarios y preservacionistas, enfrentados, y dirigentes incapaces de poner coto a la desmesura, han prolongado el debate entre la renta y el paisaje, con las fuentes de trabajo como otro sensible foco en los tiempos que corren.
Cierto es que la verdad es una construcción colectiva, y que lo único que se ha expuesto hasta acá, según los sectores, son visiones más bien sesgadas de una realidad que deja, eso sí, una huella imborrable en las entrañas de las sierras que se pretenden preservar.
En los papeles, Scioli y Lunghi acordaron el cese de la actividad en el término de dos años, luego de una puja política que acortó los plazos previstos por el senador Néstor Auza. Falta la ley, pero fundamentalmente romper con el escepticismo tras décadas de incumplimientos. Como recorrer un empinado y rocoso camino hacia la reconversión y la motorización de un plan integral que vaya más allá de la poligonal y las canteras.
Y para redondear lo del juego infantil, la tijera se metió de lleno en cosas de grandes, aunque no rozó siquiera la demanda en torno al recorte del gasto político.
Al respecto, en la semana Lunghi salió a dar su justificación de los salarios de los funcionarios, y más allá de las disímiles y repetidas interpretaciones, resultó poco feliz de su parte defenderse asegurando que realiza donaciones.
No es un buen momento para un Ejecutivo acostumbrado a gobernar con viento de cola, sin mayores cuestionamientos y con una oposición que a fuerza de defecciones ha logrado encumbrarlo más allá de lo que sus propias virtudes le hubiesen permitido. 
A falta de recursos, se vienen desafíos superiores. Y superarlos no será tan simple como en el juego infantil, en el que alcanza con la intuición.

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