Planeta va al rescate del escritor Osvaldo Soriano

Con voz insegura y mirada ensombrecida, el Presidente anunció la hora del perdón para quienes asolaron el país con una saña inolvidable. La píldora no debe ser fácil de tragar para los radicales que creen todavía en la vieja, vapuleada Constitución. 
No es estético quitarse el traje de la ética justo a mitad de camino. Pasar sobre tantos cadáveres, pisotear los derechos de los que sólo tenían a la justicia como esperanza. Aprovecharse de la minoría más dolida para hacer gracia al omnipresente poder militar. 
La política, es verdad. La relación de fuerzas. Poner acá y conceder allá. En tres años, Raúl Alfonsín aprendió, entre otras cosas, que se gobierna mejor del lado de los fuertes. Es más tibio el sol de los cuarteles. No hay nada más cierto que un sable y nada más inasible que un desaparecido. 
 
 
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Constitución? 
Una tontería: pronto, esa cartilla vetusta será reformada para dar paso a la modernidad, que el Presidente vinculó al Punto Final. Qué curioso, la modernidad está en la informática, en la computadora, es decir en una gigantesca memoria donde pueden caber todos los olvidos de la Historia. 
¿Cuántos bits se necesitan para echar al olvido 30 mil supliciados? ¿Que son sólo ocho mil, dice usted? Sea: sobra con un flexy-disk de 640 Kb. Ni siquiera se necesita un disco rígido, con la rigidez de ellos ya es suficiente. Cierre la base de datos y guarde, señor Presidente, no hay riesgo de que en pantalla aparezca el temido aviso de “disco lleno; error fatal”. 
 
Hay software
En computación, ciertos errores fatales ya no lo son. Hay software para recuperar la información borrada. En política, en cambio, los errores suelen pagarse caros. Que lo diga, si no, Arturo Frondizi. La estrategia de la capitulación tiene las patas cortas y uno empieza a transfigurarse, a parecerse al otro, al que trajo el papel con las exigencias. Derrocado por los militares, Frondizi terminó siendo su mejor abogado. El les había concedido todo creyendo que así los ganaba para la democracia. 
Cierto, aquel tiempo no es este tiempo, aquel país no es comparable a esta pálida bancarrota que tenemos hoy. Tampoco estos militares son como el patético general Poggi, que resbaló antes de llegar a la Casa Rosada. Eran igual de represores, pero éstos han perdido una guerra y son más modernos. 
El teniente que rindió su bandera sin disparar un tiro (quizás el cargador se le había vaciado con Dagmar Hagelin) tiene una carrera por hacer. ¿Será almirante mañana? Nada, no es para tanto, él sólo quiere que lo dejen veranear en paz. Y la Justicia y el Presidente le han dado tranquilidad. 
Para que frente a la ley nadie sea más criminal que el vecino se necesitaba tirar por la ventana la Constitución que garantiza la igualdad ante la ley. Porque los torturadores estaban convirtiéndose en víctimas de la jauría civil. No podían soportar que la gente sospechara que habían martirizado a alguien, que se dijera, por ejemplo, “si un juez los cita, por algo será…”. 
Los inadaptados de siempre
Comprender la realidad, entender al Presidente, piden los candidatos a algún puesto en la Argentina del radiante futuro. Seguir con los juicios hubiera sublevado a la tropa, disgustado a la Iglesia, atemorizado a la burocracia gremial. Como las corporaciones amenazan a la democracia, lo más aconsejable era resignar la Justicia. 
La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento; no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley. ¿Letra muerta? Tal vez el Congreso piense de otra manera o quizás la Corte Suprema arregle el entuerto. Lo que parece seguro —y es una pena, pues el espectáculo era grandioso—, es que ya no volveremos a ver a Raúl Alfonsín recitando el famoso Preámbulo desde las tribunas de la democracia. 
 
Un tal Lorenzo Miguel
Lo encontraremos, sí, en las campañas electorales, porque el día que indultó (es una manera de interpretarlo) al poder militar, inició su carrera hacia la reelección. Tal vez ronronee, en cambio, las primeras palabras de una nueva Carta Magna, hecha más a medida del pragmatismo post dictatorial. A su lado estarán los infaltables que sugieren gritonear a la izquierda, regalada con sus miserias, y bendecir a los capitanes, sean del ejército o de la industria. 
Al otro lado se verá balbucear al imperdible Vicente Saadi pidiendo más clemencia, también para Videla y para Firmenich. Quizás ande por allí un tal Lorenzo Miguel, que alguna vez fue, decía Alfonsín —y eso debe de estar en la memoria de alguna computadora— adalid de la patria metalúrgica y el pacto sindical-militar. 
Uno se sorprende cuando encuentra a tantos jóvenes que sueñan con irse del país. ¿Qué piden esos imberbes? ¿No les estamos dando un restallante ejemplo de ética y moral? ¿No ven que la policía es ahora más comprensiva con los estudiantes? ¿No advierten que con la democracia se come, se cura y se educa? ¿Y la justicia? ¿No ven funcionar a la justicia? ¿Ni siquiera los distrae el reconfortante espectáculo de la televisión radical? 
Si alguna vez un loco empezara a los tiros, o la democracia llegara a faltar otra vez, la culpa sería de ellos; los disconformes, los pesimistas, los inadaptados de siempre. (InfoNews.com) 
 
 

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