Roberto Blanco, cartón rojo en el aire

Relata Soriano en uno de sus cuentos que cuando jugaba al fútbol allá en la Patagonia, ?el referí era el verdadero protagonista del partido. Si el equipo local ganaba, le regalaban una damajuana de vino de Río Negro; si perdía, lo metían preso. Claro que lo más frecuente era lo de la damajuana, porque ni el referí ni los jugadores visitantes tenían vocación de suicidas?.
El gordo Soriano se fue de Tandil en el ? 69; de haberse quedado unos añitos más, tal vez aquel Gallardo Pérez ?el referí del cuento- hubiera enriquecido su perfil temerario. Suicida, como sugiere.
Porque algunos años más tarde de que el Gordo abandonara estas tierras, Roberto Blanco ?el Colorado- daba el pitazo inicial de un partido que duraría 33 años y que finalizó hace poco, en cancha de La Movediza cuando sin darse margen para el tiempo de descuento se sentenció a la pena máxima: no dirigir más. Y no volvió a pisar el verde césped.

Mano dura

Al igual que su mítico colega Gallardo Pérez, el ?Colorado? Blanco también supo pasarse unas cuantas horas en alguna comisaría de provincia, mientras afuera un pueblo enardecido quería ajusticiarlo por vicisitudes tales como un penal sobre la hora o un gol anulado por orsai.
El Colorado se enrolaba en esa escuela de árbitros ?mano dura?. No sólo supo expulsar a cinco jugadores de un mismo equipo en un partido, sino que una tarde en Balcarce echó al mismísimo lineman (uno de sus colaboradores), por dos fallos groseros a favor del equipo local. Fue esa tarde, en un clásico Balcarce-Mar del Plata, que debió refugiarse en la comisaría hasta entrado el anochecer, cuando dos policías gordos y bigotudos lo escoltaron a la ruta para depositarlo en El Rápido que lo trajera sano y salvo a Tandil.
?Súbase y ni se le ocurra volver por un tiempo?, le aconsejaron, con esa extraña mezcla de falso aprecio y amenaza que suelen despuntar los agentes del orden. Aquel domingo, Balcarce había quedado afuera de la Copa Beccar Varela por penales, tras haber alcanzado un empate, gracias a un penal que Blanco cobró a favor de los marplatenses en tiempo de descuento.

Lo primero: el final

Como si estuviera manejando los ritmos de un partido, Roberto Blanco comienza la historia por el final.
?Dejé de dirigir hace tres años y medio, en un partido de quinta en la cancha de Movediza. Yo corría para un lado y los chicos para el otro; yo iba y ellos volvían. Así que me dije, no puedo dirigir más. Para colmo, un papá que estaba afuera me gritaba `Blanco dejá de robar…`. Eso me terminó de enloquecer. Así que ese día dejé?, cuenta sobre lo que fue el fin de su carrera como árbitro.
Y así como tantas otras tardes, regresó a casa con el bolsito al hombro. Pero esta vez no lo abrió. No se preocupó para dejar la casaca, los pantalones y las medidas junto a la ropa para lavar, pensando en el domingo próximo. No iba a haber otro domingo.
Ahí quedó el bolso. Silencioso y retirado; con la severidad de su tarjeta roja ya sin autoridad. ?Todavía no toqué el bolso. Ni lo voy a tocar jamás?, asegura este hombre que aún hoy reconoce que no hubiera dejado nunca de dirigir en divisiones inferiores: ?es la parte más linda del arbitraje. Porque a los pibes les podés enseñar, explicar, les hablás para no amonestarlos?.
?Había llegado a una edad para quedarme en novena o décima división y no mover de ahí. Pero no se puede ir contra la naturaleza?, dice. Y uno sospecha que está haciendo referencia a sus 60 años bien llevados, con un físico que parece no delatar el paso del tiempo. ?Pero no se puede torcer la naturaleza?, acentúa, con más gestos que palabras.

Hombre de negro

La pasión por el fútbol se puede canalizar de dos o tres maneras: jugando, viendo. O dirigiendo. Blanco sabía que lo suyo no pasaba por la práctica activa y no tiene problema en asumirse como un tronco. Por eso desde muy chico se ubicó del otro lado del alambrado, para alentar al club de sus amores, Defensa Tandil. Lo que no se imaginaba era que algún día se iba a meter dentro del campo de juego en el rol de árbitro.
Corría el año `72 y el Colorado trabajaba en Metalúrgica Tandil. Uno de sus compañeros era Otto Satostegui, quien había sido árbitro del fútbol agrario y por ese entonces dirigía para la Liga Tandilense. Siempre le insistía con que se presentara a dar el examen. Hasta que un día lo convenció.
?Fuimos a la Liga ?recuerda-. El examen me lo tomaron Sagrera, Rusiani y Ferreyra. Eran preguntas sobre el reglamento: cuánto pesaba una pelota, dónde se formaba una barrera y esas cosas. Lo di bien y ahí nomás me mandaron a comprar la ropa?.
Enfiló Blanco para la antigua Casa Barolo (aquella de la pelota gigante a manera de cartel) y volvió al hogar con la camisa, el pantalón y las medias flamantes, adentro de la bolsa.
Aquel muchacho veinteañero llegó a la casa ansioso por probarse el equipo. Sin embargo, cuando se vio al espejo, la sonrisa se le transformó en una mueca. ?Me impresionó verme vestido así. `Esto no es para mí`, me dije?, confiesa hoy, antes de dar las explicaciones del caso: ?de pibe íbamos siempre a la cancha. En aquel momento estaba el colorado Krugger, que era un contra empedernido de los árbitros. Una cosa de locos, era. Y yo siempre estaba al lado de él, también gritándole a los árbitros, insultándolos. ¡Y ahora yo estaba vestido de árbitro!?.
Superada esa primera impresión, llegó el momento de la designación. Le tocó un partido en Boca de la Base Aérea, como juez de línea. ?Ese día me saqué el miedo de vestirme de negro?, asegura. Y fue para siempre.
Al sábado siguiente, lo mandaron a cancha de Ferro para dirigir al local contra Excursionistas en divisiones inferiores. Por aquel entonces, el infantil se jugaba sin juez de línea y le dieron una mano dos muchachos de Metalúrgica: ?Sciancio y Curuchet, que venían del agrario?.
Tenía 23 años. A los 26 ya dirigía en primera, aunque un año antes le tocó arbitrar algunos partidos en la Copa Beccar Varela.
?Desde aquel sábado en cancha de Ferro me enamoré del arbitraje. Siempre fue mi vida; por él dejé pasar la crianza de mis hijos. Los cumpleaños de ellos o los míos, si caían sábado o domingo, no lo podíamos festejar juntos. Igual que el Día de la Madre. Yo no estaba nunca. Mi vida era el arbitraje…?

Tandil, escuela de árbitros
De las divisiones inferiores pasó a la Primera B, ?cuando la B era fuerte. Me acuerdo que se jugaba en la cancha de La Vasconia, en Boca de la Base, en El Solcito. Parte del Fútbol Agrario se había pasado a la Liga y se había hecho una categoría muy competitiva?.
Recuerda que aquellas canchas de la campaña no ofrecían la seguridad del alambrado olímpico como en el Estadio, el Dámaso Latasa o el Francisco Fiego. Dos policías aburridos eran la escasa garantía de supervivencia ante una eventual furia de los espectadores.
 ?Ahí uno se hacía verdaderamente referí. Había que tener más cuidado. Cuando uno tiene un poco de miedo dirige mejor. Trata de hacer las cosas bien?. El miedo ?confiesa- suele ser buen consejero. O maestro, en estos casos.
Pero esa pasión, que asume como ?la vida misma?, también tenía sus satisfacciones. Algunas, monetarias. ?En alguna época ganábamos 100 pesos por partido, que era mucha plata. En aquel tiempo yo era presidente de los árbitros. El sueldo lo arreglamos con Lucho Mestelán y en ese momento éramos los mejor pagos de toda la provincia?.
Recuerda que en ese tiempo, el plantel de árbitros de Tandil superaba los 45 hombres. ?Dirigíamos en todos los lugares de la provincia. El árbitro de Tandil era el más respetado. Y no lo digo sólo por mí, también Tagarro o Zárate y otros Por semana salíamos tres o cuatro árbitros de Tandil con sus respectivos líneas. Ahora uno ve y salen de acá con dos con líneas de Ayacucho. ¡Nos pasó Ayacucho por arriba. Es cosa de locos!?

 

El número uno
Por su oficio, Roberto Blanco fue testigo y protagonista privilegiado de buena parte del fútbol tandilense. De cuando las canchas se llenaban en un Ferro-Santamarina. ?Ahora son los mismos de siempre: veinte de cada lado?, se lamenta.
No tiene mayores explicaciones para este fenómeno. No obstante, especula con que ya no salen jugadores ?que representen a la gente. Cuando yo era chico la gente se identificada con el Colorado Ghezzi, con Domingo Pastor, con el Zorro Acuña. Esto se fue perdiendo y la gente ya no va más a la cancha?.
?Además ?reflexiona-, los jugadores eran de acá, salvo algunas excepciones, como cuando vino Mario Rodríguez a Santamarina, o Pagano a Ferro. Traían tres o cuatro, no más?.
Blanco considera que el fenómeno comenzó a revertirse a partir de la llegada de Arturo Petrillo al fútbol tandilense?.
Justamente, el recuerdo lo lleva a una tarde de tribunas colmadas. Fue el día de su debut en Primera División, en el desaparecido estadio Francisco Fiego.
?Ese día se jugaron dos partidos. A primera hora: Racing de Gardey y Santamarina; a segunda, Ferro y Excursionistas. Casualmente debuté con los mismos equipos que lo había hecho en inferiores. Pero ese día no sólo debuté yo, sino también Mario Tagarro; él a primera hora y yo, a segunda?.
Con Tagarro representaban estilos diferentes. Sin embargo, Blanco dice que nunca tuvo problemas con él. ?Como árbitros competíamos. Yo quería ser el uno. Al arbitraje lo tenés que tomar como un deporte, una competencia sana. Ganar, pero ganar bien. Adentro de la cancha primero yo, segundo yo y tercero yo. ¿Quién gana? El que menos errores comete, el que está mejor físicamente, el que más corre, el que menos `saca` partidos?.

Detrás de los líneas

?El árbitro no puede dudar?, sentencia blanco. ?Yo nunca dudé dentro de una cancha. Sea para quien sea, yo cobraba. Nunca medí las consecuencias de mis fallos. Lo que veía cobraba, equivocado o no. Porque errores tuve millones y aciertos debo haber tenido 999 mil?.
Se asume como un referí ?echador?. A tal punto, que una vez que le tocó dirigir a su querido Defensa Tandil expulsó a cuatro de sus jugadores. Y los cuatro eran amigos de toda la vida.
Y habla de cuatro expulsiones, como si nada. O de cinco. Como por ejemplo en un encuentro entre Racing y Moreno y Arana.
El equipo del Barrio de las Ranas  se jugaba la permanencia en Primera División y tenía una parada difícil en Gardey. ?Ese día eché a cinco ?recuerda sonriente-: a los dos hermanos Moriggia, al Caníbal Maldonado…?. Y sigue la lista. La cuestión es que Racing ganó 1 a 0 con gol de Gerardo Villar de tiro libre y Moreno y Arana descendió.
Blanco y los dos jueces de línea se tuvieron que volver de Gardey por un camino de tierra, en un 4 L desvencijado.
Recuerda que en más de una ocasión debió refugiarse detrás de la humanidad de Vaccaroni, uno de sus líneas preferidos. ?Yo siempre pedía ir con Duarte y Vaccaroni ?confiesa-. Duarte medía como un metro noventa de alto y Vaccaroni tenía una espalda de un metro y medio. Cuando la cosa se ponía brava, enseguida me ponía atrás de ellos. Muchas veces me `salvaron las papas`?.

Roja directa

Tantos años en las canchas, Blanco ha dirigido a grandes jugadores. No obstante, aclara que ?yo dirigía, no me fijaban si eran buenos o malos?. Así y todo, recuerda a Roberto Casalla, al que define como ?un jugador de lujo. Era para estar en Buenos Aires, pero tenía un carácter tremendo; vivía expulsado. El que lo frenaba un poco era el Conejo Tarabini?.
Y así como recuerda a grandes jugadores, no se olvida de los ?mañeros?. Pagano era uno de ellos. ?Ese sí que era mañero. Tremendo. Se las sabía todas, te agarraba, te pisaba, te hablaba, si se tenía que tirar y hacerse el muerto, lo hacía… Te volvía loco?.
También estaban los temperamentales. Y dentro de éstos, Blanco reconoce dos categorías: los de buena fe y los de mala fe. A los primeros, les tenía un poco de contemplación y en la primera jugada fuerte, les hablaba; en la segunda, los expulsaba. A los otros, ni una les dejaba pasar.
?Una vez eché a un jugador al minuto de juego. Era en un Independiente-Juventud en cancha de Independiente. El técnico era Petrillo y lo eché a Algañaraz al minuto. Sacaron de la mitad de la cancha y ahí nomás, Algañaraz le fue muy mal a Casquito (un espectáculo de jugador, que medía un metro cincuenta). Lo mató. Afuera, sin más ni más?.

A un paso de Primera
En el año `91, junto a Jorge Gaiada y Hugo Cordero, fue a hacer el curso para árbitro nacional. Un año más tarde, estaba dirigiendo en el Nacional B. ?Llegué a dirigir treinta partidos. Pero llegué grande a Buenos Aires; tenía 45 años. Por eso no alcancé a dirigir en Primera?.
De su paso por la divisional del ascenso recuerda un clásico en Mataderos, entre Chicago y Morón. ?Ese día lo eché a Chacoma por un codazo. Era la figurita de Chicago. En esa oportunidad me tuvieron que sacar de la cancha en una camioneta de la policía, en ésas cerradas, que llevan a los presos. Afuera me esperaba la barrabrava de Chicago; me querían matar?.
En oportunidad del recordado paro de árbitros de Primera División, estuvo a un paso de dirigir River-Independiente, el televisado de la fecha. Sin embargo, ?Julio Grondona no quiso, porque ya me habían designado para dirigir la final por el ascenso entre Gimnasia y Esgrima de Jujuy y Gimnasia y Tiro de Salta, en la Tacita de Plata?
?Me acuerdo que ese día en Buenos Aires hicieron un lío bárbaro porque Castrilli expulsó a cuatro jugadores. Yo allá eché a siete: cuatro de un lado y tres del otro. Finalmente ascendieron los salteños?.
Blanco reconoce que su asignatura pendiente fue dirigir en la Primera de AFA. ?Es el sueño de todo el que empieza a dirigir. Yo siempre decía que el día que dirigiera en Primera iba a ir a parar al Sheraton. Bueno, me quedé con las ganas de dirigir y de parar en el Sheraton. Aunque no me puedo quejar, recorrí el país, desde Caleta Olivia a Jujuy. Todo gracias al referato?.

 

Sin reconocimiento

Desde aquel día en La Movediza, Roberto Blanco volvió en dos ocasiones a las canchas. Una de ellas, en el Estadio, donde jugaba Santamarina, ?para ver cómo era esto del Argentino A? y la otra, para un partido de infantiles en el estadio de Ferro.
?No voy a la cancha porque estoy embroncado, no con el fútbol sino con los dirigentes ?confiesa-. Yo le di 33 años de mi vida al fútbol, a la Liga Tandilense; creo que la representé en muy buen nivel. Y no me dijeron ni siquiera gracias por los servicios prestados?.
Molesto por esa falta de reconocimiento, Blanco asegura que no le dieron ?ni una medalla ni me hicieron una cena. Nada. No tengo un triste carnet para entrar gratis a la cancha. Cuando voy, tengo que pagar. Antes me conocían los porteros viejos; ahora ni eso. Ojo, no es por el valor de la entrada. Es por la acción. Por la desconsideración?.
?Creo que con 33 años en el fútbol y con lo que conozco del arbitraje, en algún lugar le podría ser útil a la Liga?, señala.
Considera que Lucho Mestelán ?fue el último gran dirigente, con mayúscula. Fue un tipazo. Hay gente que lo quiso y gente que no. Pero como dirigente fue el más grande. Fue, es y será. Un estilo a Maradona, para que salga otro van a pasar muchos años?.
Los años siguen pasando, como dice Blanco. Pronto, su figura pasará a ser uno de esos recuerdos que trascienden su época y se exageran de boca en boca. Hablarán de sus expulsiones, de sus penales cobrados en tiempo de descuento, de su carácter fuerte y del respeto a los códigos del fútbol.
Roberto, el Colorado, Blanco pronto pasará a formar parte de la historia del fútbol tandilense. Hoy, apenas ha dejado de ser uno de sus protagonistas.

 


 

Los insultos
-¿Cómo hace un hombre para soportar tantos insultos de todos lados?
-Uno se tiene que concentrar en lo que hace. Entonces, no escucha. Si se desconcentra, chau, le empieza a contestar a la gente de afuera. En Buenos Aires no te das ni cuenta que te están insultando. Hay tanta gente que no escuchás; por ahí sentís algo de tu mamá, pero no te das cuenta.
Pero acá en Tandil, mirás para el alambre y ves que el que te insulta es un tipo conocido. Y por ahí a los dos o tres días te lo encontrás por la calle, te palmea la espalda y te dice `vos sos el mejor de todos`.
Es cosa de locos…

 


Las inferiores
-En las divisiones inferiores, los padres son un problema, ¿no?
-Sí, son el mayor problema. Tendría que haber divisiones inferiores sin padres en la cancha. Encima hay algunos que no jugaron ni con tierra. No tienen ni idea de lo que es un reglamento, lo único que saben es insultar al árbitro. Y el hijo y los otros pibes lo ven. Y estos tipos no se dan cuenta de que son una vergüenza para el hijo.
Pero repito, la mayoría de los que se enloquecen gritando atrás de un alambrado, nunca jugaron al fútbol. Y desgraciadamente los chicos tampoco tienen idea del reglamento de fútbol: nadie se lo lee, nadie se lo enseña. Los técnicos le dicen `guarda que esto es orsai, esto es afuera y esto es penal`. Después no tienen ni idea. Y saben que hay un h… de p… con un silbato en la boca. Porque esa palabra se la enseñan desde que nace.
Hay un chiquito que ahora está jugando en Capital que es el nieto del Zorro Acuña (Blanco hace referencia a Juan García, jugador de las divisiones inferiores de Banfield). Una vez, el pibe me gritó `qué m… cobrás`. Y yo en vez de echarlo, lo saqué afuera y lo tuve cinco minutos sentado. Ese pibe aprendió más que si lo hubiera expulsado. Porque miraba cómo sus compañeros seguían jugando y él no podía hacer nada.
Cuando lo dejé entrar me dijo, `perdóneme señor blanco?. Listo, curado.
A los días, pasó el Zorro Acuña y me felicitó.
Soy un convencido de que en el fútbol infantil no hay que expulsar. Tenés que tener una tarjeta azul. Cinco minutos afuera y entra cuando el árbitro lo autoriza. Le dejás una enseñanza. Es mejor que darle una fecha de suspensión. Se los dije 20 veces a los de la Liga, pero no me dieron bolilla.

 

 

 

 


Cuando comenzó a dirigir en la recordada Copa Beccar Varela, le daban partidos de escasa conflictividad, de ciudades chicas como Lobería o algún partido de Necochea.
Las cosas le fueron saliendo bien y un día le llegó la oportunidad de dirigir su primer clásico:   Balcarce-Mar del Plata.
Así lo recuerda: ?era la revancha, en Balcarce. El primer partido lo habían jugado en Mar del Plata y habían empatado?.
Por ese entonces, el árbitro era neutral, pero los jueces de líneas eran de la ciudad local. Un verdadero disparate.
Fue así que ?en una jugada, Romagnoli (un habilidoso delantero marplatense) arrancó del medio de la cancha y Cagni (el juez de línea) me levantó la bandera marcando orsai. Pero yo era muy corredor, siempre estaba al lado de la jugada y vi que el jugador había arrancado de atrás de la mitad de la cancha. Así que lo dejé seguir y la jugada terminó en córner?.
Sin embargo, el línea marcó saque de arco.
Porfiado, Blanco señaló el tiro de esquina. Y fue entonces que Cagni se le vino al humo.
A paso raudo y con el banderín bajo el brazo, lo alcanzó a la altura del área grande:
`Mirá borrego ?le dijo-. De acá no vas a salir vivo?.
?Lo eché ?enfatiza hoy Blanco, con la misma celeridad de aquella tarde-. Llamé a los dos capitanes  y jugamos sin un línea. Llamamos a uno que andaba por ahí para que me marque cuando la pelota se iba afuera. No había orsai?.
La cosa más o menos se sobrellevaba porque el local, Balcarce, se imponía por 2 a 1. Pero a  veces el destino juega alguna carta fatal.
Romagnoli, que esa tarde parecía estar endiablado, recibió un tremendo patadón adentro del área y con la vocación suicida de un Gallardo Pérez, el Colorado Blanco sentenció la pena máxima. Gol, empate y a definir la clasificación por penales.
?La cancha estaba llena de gente ?relata Blanco-. Habían ido en camiones, la gente estaba parada arriba de los acoplados. El alambre parecía de goma, se estiraba. Imaginate, me querían matar?.
?Vamos a los penales y mirá lo que es la vida ?reflexiona-: le tocó definir a un jugador de Balcarce que estaba jugando en Mar del Plata?. El final suena cantado: festejo para los de la ciudad balnearia y la cancha balcarceña transformada en una hoguera, con un solo candidato para ir a las llamas…
?El problema era para irse. Estuve cuatro horas y media en la comisaría cebándole mate al comisario. Llegó la noche y la policía me sacó a la Ruta 226, por donde pasaba el colectivo. Me hicieron subir y me dijeron ?allá en Tandil no te bajés en la terminal porque estos capaz que te van a estar esperando?.
Por aquel entonces, El Rápido ingresaba a Tandil por el camino a El Paraíso. Aceptando el consejo de la ley, Blanco se bajó antes, paradójicamente a la altura del Cementerio. A falta de taxis y remises y urgido por las certeras premoniciones del miedo, inició la carrera. Entre piques y trotes enfiló para Lunghi y Del Valle: ?cuando llegué a casa parecía testigo falso, por lo que había transpirado?.

 

 


 

Castrillito, no
?Cuando fui a dirigir al Nacional B, me decían Castrillito, porque expulsaba muchos jugadores.
No, les decía yo. Soy más viejo que él. Así que me debe haber visto dirigir a mí. A él díganle `Blanquito`, porque yo dirigí así toda mi vida.


Pezzota, el mejor
-De los árbitros de Primera, ¿cuál es el mejor?
-Héctor Baldassi no es mal árbitro, pero hace un circo de la profesión. Se abraza con los jugadores, bromea… Hay un buen marketing alrededor de él. Pero no es mal árbitro.
Por la seriedad que tiene me gusta Jorge Pezzota. Y ahora el que ha cambiado mucho, para bien, es Pablo Lunati. Se nota que ha ido al psicólogo, porque está dirigiendo mucho más tranquilo.

 

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