Testigos reconocieron una convivencia violenta entre víctima y presunta victimaria

Tras el frustrado inicio del juicio en septiembre, finalmente ayer comenzó el debate oral y público en el TOC 1 por el homicidio de Walter “Tchami” Bazán, ocurrido hace cuatro años, por el que resultan acusados su mujer Gabriela Maldonado (28) y su hermano, Alejandro Lastra (44).

A más datos, al decir del ministerio fiscal la mujer fue quien mató a Bazán en la casa del barrio La Movediza mientras dormitaba, tras producirle varios cortes con un elemento corto punzante y luego ahorcarlo hasta asfixiarlo. Una vez consumado el crimen, con la colaboración de su hermano, trasladaron el cuerpo hasta el arroyo Las Calaveras, partido de Benito Juárez.

Bajo esa hipótesis, el fiscal Marcos Eguzquiza daría ayer los lineamientos de su acusación para una historia signada por la violencia común de los protagonistas y el misterio,  que no hizo más que aportarle tintes novelescos para una investigación que debió sumergirse en vidas marcadas por la marginalidad y condimentada por excesos que, al parecer, toda la vecindad estaba al tanto y, de algún modo, presagiaba lo que podía desencadenarse: “O la mataba él, o lo mataba ella”, fue la frase, el concepto de un testigo que de alguna forma sintetizaba aquella virulenta relación que para el fiscal derivó en el homicidio y posterior ocultamiento.

Empero, aquella percepción colectiva del vecindario no iba a tener eco luego a la hora de consustanciar la instrucción penal, que debió nadar en un mar de dulce de leche para avanzar en una pesquisa compleja, llena de indicios que sólo el Tribunal después, una vez ventilada toda la prueba, podrá considerar suficiente para emitir un fallo condenatorio.

Todos parecían saber qué pasaba y qué pudo haber ocurrido desde anoticiados de la desaparición de Tchami. Sin embargo, a la hora de declarar y prestar colaboración a los investigadores, poco se dijo, guardándose recaudos, cautelas y porqué no códigos, para coincidir en el imaginario colectivo la necesidad de guardar silencio. La víctima tenía un pasado escabroso, con antecedentes penales y pleitos por doquier. Pocos, contados con los dedos de una mano lo llorarían, tendrían -y hoy tienen- interés en saber qué le pasó. Primero dónde estaba y luego quién lo mató.

Para la defensa, en tanto, no hay elementos a la vista que acrediten la autoría y responsabilidad de los sospechados y así lo adelantaría en su primera intervención frente al Tribunal integrado por los jueces Pablo Galli, Gustavo Echevarría y Carlos Pocorena.

Es más, a partir de las preguntas esgrimidas en la primera audiencia dejó en claro el defensor oficial Carlos Kolbl que, además de pretender poner en crisis la acusación fiscal, buscará indagar sobre la posibilidad que fueran otros los autores del crimen, por cuentas pendientes que tenía la víctima.

Tras escuchar las dos tesis, comenzarían a desfilar los primeros testigos de una historia policial que comenzó a ventilarse y promete pormenores singulares a partir de sus protagonistas, con un final incierto a la hora de aseverar hasta dónde se llegará a la verdad sobre qué pasó, cómo y quién mató a Walter Tchami Bazán.

La historia

Según la acusación fiscal, Walter David “Tchami” Bazán fue hallado muerto en el arroyo Las Calaveras, en territorio de Villa Cacique, tras haber sido asesinado en su casa por su mujer quien luego, en complicidad con su hermano, se deshizo del cuerpo trasladándolo en un auto hasta el arroyo, donde en días posteriores sería hallado circunstancialmente por unos pescadores.

El fiscal detalló que entre las 18 del 9 de septiembre de 2011 y horas previas a las 14 del 12 de septiembre del 2011, Maldonado, en el domicilio ubicado en la calle Paseo de los Niños 2037, le quitó la vida a su cónyuge Bazán mediante un elemento punzo cortante.

Posteriormente a quitarle la vida a su esposo, horas previas a las 14 del 12 de septiembre, la mujer con la colaboración del hermano (Alejandro Ignacio Lastra), y con la intención de hacer desaparecer toda evidencia del cuerpo de la víctima y del homicidio cometido, trasladaron el cuerpo sin vida en un vehículo ajeno (un Ford Galaxy dominio TDT-502), propiedad de Daniel Marcos Emiliozzi, del cual se apoderaron ilegítimamente atento no poseían autorización de su dueño (rodado que le había sido dejado a Alejandro Ignacio Lastra para que le arreglara la instalación eléctrica), haciendo un uso ilegítimo del mismo, circulando en el rodado hasta el arroyo denominado Las Calaveras, lugar éste en el que amarraron el cadáver, previamente envuelto en nylon, a una viga de cemento con una cadena obtenida del baúl del vehículo hurtado, siendo hallado el cadáver el 16 de febrero del 2012 por ocasionales pescadores, en un avanzado estado de descomposición.

La calificación que merece el suceso delictivo fue caratulada como  “Homicidio agravado por el vínculo”.

Pruebas

Para el ministerio público fiscal, la acreditación de la acusación devino de la recolección de pruebas incorporadas al expediente, como resultan testimoniales de distintas personas, peritajes y secuestro de elementos concretados en diversos allanamientos, detalles de llamadas telefónicas, acta de procedimiento en el lugar donde fue hallado el cuerpo de la víctima, informe de operación de autopsia, peritaje odontológico, peritaje de ADN, acta de recogimiento de rastros, copia de planilla de emergencia y atención médica de Ignacio Lastra y Graciela Maldonado en el Hospital local, y el peritaje psicológico psiquiátrico de Gabriela Mabel Maldonado.

Cabe consignar que, entre los indicios con que cuenta el fiscal, el auto en el que se trasladaban ambos hermanos volcó en plena ruta en el trayecto que une Tandil y Villa Cacique, justamente por aquellos días de la desaparición de Bazán.

 

Testigos de una relación violenta

Carlos Lezcano, tío de Bazán, fue el primero en prestar testimonio frente a los jueces, quien refirió sobre aquella vida difícil de su sobrino, con problemas con la ley, con las adicciones,  como también con su mujer, con quien reconoció que tenían episodios de violencia.

Sumamente dificultoso y por momentos tedioso resultó el comparendo del testigo que se presentó como pastor evangelista que dijo conocer vida y obra de gran parte de la vecindad de La Movediza. Sin embargo, a la hora de responder preguntas puntuales se mostró huidizo, evadiendo responder concretamente y eligiendo aportar apreciaciones y percepciones que nada hacían al objeto del interrogatorio, lo que llevó al fastidio de las partes como del propio Tribunal, quien le llamó la atención primero y se resignó más luego frente a un hombre que en la instrucción había sido clave a la hora de dar nombres sobre cómo se enteró del presunto episodio de violencia entre su sobrino y su mujer previo a la desaparición, pero que ahora su memoria parecía tan difusa como inválida para aportar a la causa.

A pesar del tedioso interrogatorio, finalmente pudo pintar la virulenta relación que vivía la pareja y dio cuenta de un episodio anterior en el que Maldonado lo hirió gravemente a Tchami con una botella. Agresión que casi le corta la carótida y derivó en su traslado al Hospital Santamarina. Allí, una vez internado, frente a su primo (declaró luego) le confiaría que su mujer en cualquier momento lo iba a matar en una de esas peleas, pero que la amaba.

 

Pendenciero, delincuente y drogadicto

 

Así lo definió Sergio Lezcano a su primo Tchami, quien sí fue claro, concreto y tajante a la hora de definir a su propio primo como la violenta relación que tenía con su mujer. De todas formas, también aclaró que en el último tiempo se estaba portando bien y estaba dedicado al trabajo y entusiasmado con cuidar a su hijo.

También recordó aquel antecedente agresivo de Maldonado que derivó en la internación de Bazán, para luego reseñar sobre su visita a la casa cuando ya no se sabía sobre el paradero de su primo.

Contó al respecto que al ir a la precaria vivienda no había nadie, estaba cerrada, pero pudo ver desde un hueco del techo el colchón de la cama de dos plazas con las sábanas manchadas con lo que pareció sangre. Asimismo, observó como que habían baldeado el piso, porque aún parecía húmedo.

Los detalles no resultan menores para el fiscal. Se cree que una vez consumado el homicidio, se encargaron de limpiar la escena del crimen. No sólo retirando y quemando la cama matrimonial como el colchón y las sábanas, sino también que se pintaron las paredes de la vivienda que Tchami estaba construyendo de a poco, pensando en un proyecto familiar, lejos de aquellos dichos de Maldonado quien una vez desaparecido respondió que se había ido porque tenía problemas por algún pleito anterior, además de otras versiones que fue sumando a cada uno que le preguntaba sobre dónde estaba su marido.

A la hora de caracterizar a Maldonado, Lezcano no tuvo reparos en describirla como una mujer “brava” más allá de su aparente fragilidad física que presentaba -y presenta-. Que siempre portaba un bisturí cual arma al que utilizaba ante cualquier pleito por protagonizar, con hombres como  con mujeres, sin distinción.

A propósito de la citado carácter, el fiscal hizo escuchar una comunicación telefónica en la que Maldonado hablaba con alguien al que le decía sin titubear que iba a amedrentar a alguien si no se alejaba de su casa.

También el testigo recordó, al igual que quien fuera empleador de Tchami en una obra en construcción, que una vez desconocido el paradero de Bazán, Maldonado fue insistente y ocupada en querer cobrar la semana laboral de su esposo, de quien no se sabía nada de él.

También este último testigo daría cuenta de las distintas versiones que le fue dando Maldonado a la hora de referir sobre dónde estaba Tchami, quien había dejado de ir a trabajar cuando hasta el día anterior se había mostrado muy responsable en su quehacer. El declarante se sumaría al detalle que, una vez visitada la casa, también observó que el piso había sido baldeado.

 

El hallazgo del auto

 

Pasadas las 14.30 iría concluyendo la primera jornada, en la que se escucharon los testimonios de dos policías que oportunamente intervinieron en la instrucción cuando todavía la causa se caratulaba como averiguación de paradero.

Pedro Caballero, de la DDI, quien fue a la casa del buscado y notó que el interior de la finca estaba recién pintada. También acotó que la cama de dos plazas, que oportunamente describieran los familiares antes de la desaparición, ya no estaba. Asimismo, en el fondo del terreno había un tambor de chapa donde evidentemente habían quemado elementos. A más precisiones consideró que eran prendas de vestir, por los pocos vestigios que divisó en el fondo del recipiente.

El mismo policía participó luego de la diligencia que dio con el auto sospechado en haber sido utilizado en el traslado del cadáver, el cual se hallaba con los signos claros de haber protagonizado un vuelco, escondido entre ramas de una arboleda de una quinta en la zona de Don Bosco. En dicha diligencia (filmada y proyectada en la sala de audiencias), el policía dio cuenta que la rueda de auxilio estaba en el asiento trasero y no como comúnmente se guarda en el baúl, respondiendo así a la hipótesis fiscal de que precisamente el neumático se encontraba allí porque el baúl necesitaba espacio para llevar el cadáver.

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