¡Tongo!

El popular ?tongo? generalmente se interpreta solamente cuando una pelea está arreglada de antemano. Hay en cambio un ?tongo? que no necesita de arreglos previos y que es el que suele verse por la pantalla de televisión cuando pelean dos boxeadores con diferencias abismales de calidad, experiencia y potencia. Antes de subir, ya se palpita y, salvo alguna contingencia inesperada -que luego hace que se tire de los pelos el promotor-, se confirman las presunciones de quién será el ganador. Muchas veces, por otra parte, se suele presenciar un fiasco inaceptable.
A lo que recuerdo, en Tandil hubo dos ?arreglos? que no pasaron desapercibidos para nadie. En ambos el referí fue Raúl Sagrera, de pocas pulgas para tomar una drástica determinación cuando los dos van para atrás. En enero de 1971, Avenamar Peralta que ya empezaba a gozar de un cartel nada despreciable -le había ganado a Páez, a Ignacio Magallanes, al propio Galíndez y noqueado a Rimovsky- le opusieron a su conciudadano Carlos Pouyannes que contaba con solamente tres peleas, una ganada, una empatada y una perdida por nocaut con Gabino Gay. Como los polos del mismo signo se rechazan, ambos azuleños no quebraron las leyes de la física y pelearon a dos metros de distancia uno del otro. La presión arterial del árbitro fue en aumento hasta que luego de varios llamados de atención paró la pelea y descalificó a los dos. Disculpas de acá, disculpas de allá, todo fue tan torpe que cuando quisieron aclarar lo inexplicable, terminaron de enturbiar todo.
Eso no fue nada, porque si hubo algo insólito sobre el cuadrilátero del club Santamarina ocurrió en agosto de 1965. Ernesto Miranda era un sólido proyecto manejado por Lázaro Koci, ya asentado en el Estadio Babilonia luego de que la empresa Luna Park -ante la muerte de Ismael Pace- fuera regenteada por la familia Lectoure que prescindió de sus servicios. Miranda pudo haber sido campeón del mundo, llegó hasta el sudamericano pero tuvo la mala suerte de que en su categoría apareciera Eder Jofre en la misma época y se transformó en un escollo insalvable para el argentino.
Esa noche del 21 se lo programó con Leandro Pereyra, de una división mayor y de irregular campaña. Empezó la pelea y no pasaba nada. Ya en el segundo round Sagrera comenzó a inquietarse. Los muchachos seguían a ritmo de gimnasio, pero de gimnasio a desgano. En el cuarto, con los colores algo subidos, Sagrera volvió a intimarlos. Nada. En el quinto recién hubo un cuerpo a cuerpo y se trabaron. Sonó la campana del siguiente sin que hubiera ningún cambio en la actitud de los boxeadores y entonces Sagrera harto de ver tanta indolencia mandó a ambos boxeadores a sus rincones y sin decir palabra se retiró del ring. El cronometrista y los jurados siguieron al referí abandonando sus puestos.
Ligero de reflejos como era Koci, desde la primera fila del ring side les indicó que siguieran peleando -sin referí, sin jurados y sin cronometrista-. El astuto manager vio a Angerami en el ring side y lo llamó, cuando Tacho quiso acordarse estaba sobre el ring -al que Koci lo subió prácticamente a empujones- para continuar con la tarea que había dejado Sagrera. Un aficionado se hizo cargo de la campana y la pelea continuó hasta los diez rounds estipulados. En los tres últimos asaltos, como para salvar un poco la imagen se castigaron en forma casi callejera cuando Miranda era un técnico excelente y de una notable pegada. Pura cáscara, nomás. Raúl Angerami convertido en árbitro y único jurado hizo lo correcto, decretó un empate. Es que Sagrera en su calentura se bajó sin descalificarlos y por eso se pudo continuar con la ?pelea?.
Quienes tuvimos la oportunidad de ver pelear en serio a Miranda, sabemos muy bien que Pereyra podía durarle lo que un suspiro, por eso, no quedan dudas de que todas las culpas que pretendieron echarle, en declaraciones posteriores a Sagrera, no fueron más que para intentar ?salvar la ropa?. Y fueron dos ?tongos?, nomás… caballeros. 

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