Un hermano de Pablo Martínez no duda en que luchó con los ladrones para defender a sus padres

El hermano de Pablo José Martínez, asesinado el lunes por la madrugada frente a su casa de Lunghi 812, estimó que le dispararon por proteger a sus padres. Aún muy angustiado y conmovido por la tragedia, Marcelo lo describió como “muy confiado”, al tiempo que destacó que “daba la vida por su familia”. “Le pasó por inocente, por confiar en la gente, y nunca se termina de conocer a la gente”, expresó al reconocer que su hermano menor podría haber comentado que había ganado dinero en alguna mesa del club San Martín.

“De chiquito era el más mimado. De chiquito ya iba a jugar a las cartas, a los 12 ó 13 años, y después se agarró el vicio. Pero no era un tipo con maldad, que fuera a joder a alguien”, aclaró, y admitió que a veces chocaban “porque yo lo aconsejaba”.
A pesar de sus esfuerzos porque su hermano apuntara a un proyecto familiar “no esperaba que le pasara una cosa así”. Agregó que le pedía que invirtiera el dinero cuando ganaba, como así también que cuidara su salud combatiendo el sobrepeso.
Relató que Pablo solía ir a jugar a Ferro, pero cerró y comenzó a ir al San Martín, como también frecuentaba la institución de la avenida Machado e iba al Casino. “Iba de vez en cuando. Por ahí ahora iba más seguido porque agarraba una racha ganadora, tenía plata e iba. Habría ganado cuatro días seguidos”, explicó.
Descartó que pudiera tener alguna deuda, ya que si alguna vez pedía plata prestada siempre la saldaba. Incluso, cuando no tenía dinero no jugaba, por lo cual tenía períodos en los que salía por las noches y otros días se quedaba en la casa. “No conozco bien los movimiento de él, pero todos los conocidos dijeron que no debía un peso”, señaló.
Refirió que tras el asesinato aparecieron unas seis personas, entre ellas quien lo acercó a la casa en auto y otros que lo veían en el club. Todos se acercaron ni bien se enteraron del crimen y algunos asistieron al velorio.

Los hechos

Para Marcelo, los matadores de su hermano no lo persiguieron desde atrás sino que le tendieron una emboscada. Es que la casa presenta un retiro de frente de unos ocho metros, con una puerta en el jardín de acceso que quedó cerrada. Estimó que Pablo ingresó por la entrada de autos hasta el porche y lo estaban esperando detrás de un paredón bajo que divide el lote del galpón donde estaba la herrería. Como hacía cuando salía de noche, la víctima subió al porche, golpeó la ventana de la pieza de sus padres y dijo: “Mami, abrime”.
El hermano del hombre asesinado analizó que “si viene un tropel para agarrarlo de atrás, lo hubiese sentido en el trayecto” y estimó que “cuando fue a golpear la ventana, ahí se le pusieron atrás. Mi mamá se levantó enseguida; fue a la puerta y la abrió, y ya tenía a los tipos atrás. Cuando escuchó la puerta dijo: ‘Mami, me están asaltando’ y mamá abrió la puerta y vio a las dos personas que estaban detrás de él”.
Agregó que Pablo se puso delante de la puerta porque los ladrones querían entrar a la casa. “El por cualquiera de la familia daba la vida”, dijo, y explicó que era nervioso, impulsivo. “Mi mamá abrió y él se trabó en el marco para que los tipos no pasen y dijo: ‘Mamá, cerrá la puerta’. Mi mamá alcanzó a ver que empujó a uno”.
Marcelo sospecha que el forcejeo empezó en el porche y terminó en la vereda, con su hermano en el piso y dos impactos de bala. “El reloj estaba tirado. Para que esté arrancado es porque estuvo haciendo fuerza”, concluyó.
“Luchó porque ellos querían entrar a la casa. Defendió a mi mamá y a mi papá. Dio la vida por ellos, más que por la plata. Para mí ha habido una lucha y había algo de sangre”, insistió.
Cuando los atacantes se fugaron corriendo, el padre se asomó por la ventana, vio a Pablo tirado y salió a la vereda. Entonces dio aviso a su esposa, quien llamó a la policía y a la ambulancia.
Por otra parte, algún vecino contó que después de los tres tiros escuchó el chirrido de las ruedas de un auto que tomó Lunghi a gran velocidad, en dirección a avenida Del Valle. En tanto, su madre escuchó varios disparos, algunos al aire, cuando los asesinos se iban corriendo.

Fue un robo

Marcelo Martínez confirmó que a su hermano le robaron porque le faltó la billetera con los documentos, pero además podría haber tenido plata en el resto de los bolsillos, descartando los 8 mil pesos que descubrió la policía entre su ropa. Consideró que lo habrían despojado de más dinero, aunque no pudo precisar una suma.
“Calculemos que hubiera tenido 30 mil pesos. No es plata para una vida. Para mí fue porque él se resistió, para proteger a mi mamá y a mi papá. Los tipos le habrán dicho que iban a entrar a la casa”, expresó.
Lo describió como muy confiado, tal es así que solía hablar del dinero que ganaba en las apuestas. Por el contrario, explicó que intentaba marcarle el paso y siempre le pedía que no jugara, pero además lo alentaba a que invirtiera la plata para no seguir en ese camino.
Aseguró que no había tenido inconvenientes anteriores, ni intentos de robo, ni peleas o problemas con la policía. Tampoco era violento, ni tenía armas.

Poca expectativa

“No sé si existe la justicia, de los humanos no sé si hay justicia. A veces hay más justicia por conveniencia, porque hay dinero de por medio. Por más que se haga justicia, la vida no se va a devolver. La vida misma les cobrará las consecuencias”, expresó Marcelo Martínez en medio del dolor.
Hasta el momento, colaboró con la investigación pero no se ha involucrado ni cree necesario recurrir a un abogado. “Tengo angustia porque me falta un ser querido. Pondría las manos en el fuego por él; de él no tengo nada que desconfiar. Pienso que la justicia no la hace el hombre”, manifestó.
“Las leyes están muy mal”, cuestionó, y relató que hace quince años inauguró una frutería. Abrió un miércoles y el domingo le robaron. En ese momento ya advirtió que las cosas se iban poniendo cada vez peor, que ya vendrían los tiempos en que los ladrones tendrían armas e iban a matar para lograr su botín. Por eso lamentó que hoy su hermano haya sido otra víctima de la creciente inseguridad.

El mimado de la familia
Pablo Martínez tenía 39 años y era el menor de cuatro hermanos. Siempre vivió con sus padres en Lunghi 812 y sólo se había separado de ellos para hacer el servicio militar. No tenía hijos, ni novia. Durante los últimos 6 años trabajó con su hermano Marcelo en la construcción, quien era un referente, el que le marcaba el paso, la autoridad.
“Era inteligente”, remarcó el mayor, y agregó que tenía conocimientos porque antes había trabajado en la herrería de su padre, ubicada en el taller lindero al hogar.
Era el más mimado de sus padres, un sobre protegido, un poco por su misma historia. Al nacer, venía con dos vueltas de cordón. Esa primera lucha le dejó la mano de la partera marcada en la nalga por algún tiempo, pero consiguió salir adelante. Fue al Jardín 906 y a la Escuela 58, instituciones del barrio que le dieron algunos amigos.
El último encuentro de toda la familia había sido el 7 de marzo pasado, cuando se casó una de las hijas de Marcelo. “De un fin de semana de alegría, a un fin de semana terrible”, citó como una paradoja de la vida. El jueves hablaron por teléfono, en ocasión del cumpleaños de Marcelo, quien le insistió para que saliera a caminar.
Hoy sus padres están muy tristes porque era el más chico, al que le daban los gustos. Sumado a la pérdida, la tragedia. “Mi hermano tenía sus defectos, pero era una buena persona”, marcó desde el fondo de su corazón herido.

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