Una tailandesa suelta en Tandil

 
De la tierra de las 
sonrisas a la serrana 
 
Chei nunca imaginó que su futuro estaría en Tandil. Nunca hasta que conoció a Jorge Fernández y se enamoró. El flechazo se dio en 2002 en Adelaida, Australia, a donde ella llegó gracias a una beca de su gobierno para realizar un master en energía renovable -es ingeniera eléctrica- y a donde él -un ingeniero electromecánico- fue a estudiar inglés. La vida juntos en aquel momento duró el tiempo que ambos estuvieron en Adelaida para perfeccionarse. Luego, las obligaciones los obligaron a separarse. Por lo menos físicamente. 
“La beca implicaba la obligación de volver a Tailandia a trabajar el doble de tiempo que había durado el postgrado. Con Jorge sabíamos que nos íbamos a tener que separar porque él debía volver a la Argentina. Decidimos entonces intentar mantener la relación a distancia”, le contó Chei a El Eco de Tandil. Chei y Jorge se despidieron con una promesa: si alguno conocía a alguien más, sólo había que decirlo. 
Antes de volver a la Argentina, Jorge viajó a Tailandia para conocer a la familia de ella. Al año siguiente ella fue la que visitó Argentina. “Y así hicimos durante cinco años”, explicó Chei. En el tiempo que estuvieron separados, se comunicaron por teléfono y por Internet. Ninguno de los dos conoció a nadie, y en 2009, cuando fue el turno de él paran ir a Ubon, se casaron de la forma tradicional tailandesa. La convivencia llegó un año después, cuando Chei renunció tras haber cumplido los cinco años de trabajo que indicaba la beca, se vino a vivir a Tandil y selló su amor con Jorge en un registro civil. 
 
Otro país, otro 
estilo de vida 
 
No fue fácil para Chei adaptarse a Argentina. “Los primeros dos años fueron muy difíciles para mí. Primero por el idioma, y después por el estilo de vida y la cultura, que es muy diferente a la de mi país”, contó Chei. La comida, el clima y sobre todo el frío también la hicieron trastabillar. “En Tailandia hace calor casi todo el año”, recordó con algo de nostalgia. Sin embargo, pudo superar los obstáculos del cambio de vida a fuerza de voluntad y mucho estudio. 
Lo primero que hizo fue anotarse en la Unicén para estudiar castellano. Y si bien ahora se hace entender y avanza en el idioma, todavía le sorprende la velocidad con la que hablan los argentinos. “¡No les entiendo! Muchas veces tengo dolor de cabeza por escuchar a la gente hablar tan rápido. Incluso en la TV. El ritmo es más rápido que el inglés o que el de mi lengua. La gente de acá está acostumbrada, pero yo no. Es agotador. A veces encuentro programas de TV en donde la gente habla lento y ahí digo 'Oh, gracias! Por fin!'”, contó entre risas. 
El impacto con respecto a la alimentación también fue fuerte. “Lo primero de la comida que noté aquí es que todo el mundo come carne. Pero yo no. Entonces fue raro. Es un poco difícil, pero afortunadamente tengo pollo, cerdo, pescado y verduras para cocinar”, contó. En su casa, Chei prepara platos tailandeses con especias y condimentos que compra en el Barrio Chino de Capital cada vez que viaja. Y al mate lo probó y le gustó, pero no lo puede tomar por indicación médica. 
Además de la carne, el idioma y la forma de hablar, hay algo, muy característico de la ciudad que a Chei le llama poderosamente la atención. “¡Aquí duermen la siesta por la tarde! La gente va a trabajar a la mañana, vuelve a su casa, duerme la siesta, hace ejercicios, toma el té y vuelve a trabajar, ¡no se cansan! No sé cómo me sentiría si lo haría así. Es extraño, pero la gente aquí está acostumbrada”, dijo entre risas. 
 
Adaptar la tradición
 
Chei no ejerció su profesión desde que llegó a Argentina. Su tiempo lo ocupa durante la mañana en las tareas del hogar y por las tardes toma cursos de pintura, estudia inglés y castellano y hace ejercicios. También le dedica tiempo al budismo, su religión. “Normalmente en Tailandia voy a un templo, es similar a como van a la iglesia aquí los domingos sólo que los días budistas dependen de la luna. Como en Tandil no tengo templo rezo en casa”, contó. 
Como a las enseñanzas de Buda las sabe de memoria, Chei se sienta en el piso, junta las palmas de sus manos y realiza sus oraciones al menos cinco veces por semana. También intenta hacerse tiempo para la meditación. “Trato de meditar todos los días: de diez minutos a una hora y media. Lo que pueda”, explicó. 
 
De Tailandia 
para Tandil 
 
En Argentina viven aproximadamente veinte tailandeses. Cuando viaja a Capital, Chei se junta con algunos de ellos para charlar en su idioma y cocinar entre todos platos típicos. “Me hace sentir como en casa. También en Chacomús hay un templo de laosianos. El dialecto de su región es muy parecido al de mi ciudad porque está muy cerca de Laos. Allí hacen actividades budistas. Fui un par de veces y fueron muy amables conmigo”, explicó. Con la mujer del ex tenista Guillermo Vilas, que también es tailandesa, charló varias veces por teléfono, pero nunca pudieron conocerse personalmente. 
Para la Fiesta de las Colectividades, Chei acudió a la Embajada de su país en Buenos Aires, y la respuesta fue inmediata: le ofrecieron ayudarla con los folletos y la información sobre Tailandia y viajaron a Tandil para ayudarla a preparar la comida para el fin de semana. “Yo voy a bailar, me voy a poner un traje típico y a representar mi cultura”, dijo con orgullo. Chei compartió con la ciudad su rica cultura, y si bien no sabe si el futuro la encontrará en Argentina, algo de Tandil ya forma parte de ella. “Yo soy tailandesa, pero Tandil es mi segundo hogar”. u
 
 

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