¡Viva el ?dotor?!

Hace casi diez años, en una convención de la Organización Mundial de Boxeo, nos invitaron dentro del programa a ver la proyección de dos peleas de un desconocido campeón del mundo peso pesado de esa entidad, del que jamás habíamos tenido noticia alguna.
En una pantalla gigante, Vitali Klitschko demolía en 2 rounds a Herbie Hide y tomaba el título vacante. En la primera defensa, que también mostraron, Ed Mahone apenas si aguantó un round más.
Hasta ese momento, el peso pesado campeón del mundo de mayor estatura que se había conocido era aquel cowboy, Jess Willard, que con un metro noventa y ocho, en una jugada racista más sucia que una cloaca destronó a Jack Jhonson. Lo pagó luego muy caro con Jack Dempsy a costa de su mandíbula, varios dientes y otras tantas costillas.
Lo primero que impresionó de este Klitschko fue su estatura, para algunos, por dos centímetros pasaba los dos metros y otros le regalan un centímetro más. Lo segundo, la armonía de su físico, trabajado al extremo pero sin la exageración muscular de un Primo Carnera. Lo hice notar como un boxeador de futuro en estas mismas páginas pues aún con un boxeo un tanto primario, sin exquisiteces, propio de ese amateurismo que les impuso la cortina de hierro y que a lo mejor le hizo cargar con más de doscientas peleas, tenía los fundamentos esenciales, en especial en su manejo de apertura.
A través de sus peleas se fue consolidando un estilo, al que le agregó una frialdad casi exasperante, que muchas veces erizó los pelos. A partir de que a su bagaje se sumó la confianza, transformó su estilo explosivo en una larga letanía que siempre hacía presagiar un combate de no menos de ocho o nueve rounds. La constante eran sus rivales, retirados semidestrozados o noqueados. Nada lo conmovía de su boxeo lineal, de su permanente izquierda en punta más el vigoroso remate de derecha. Por su estatura, casi siempre con un simple movimiento estaba fuera de la línea de fuego de su rival. Simple, reiterativo, más que efectivo.
Hasta que su físico le dio el primer traspié. Chris Byrd, un zurdo asociado con el aburrimiento, se encontró quitándole el invicto cuando Vitali tuvo una seria lesión en el hombro en el round noveno. La ventaja era enorme a favor del nacido en Belovodsk, en el Kyrgyzstan y muchos dijeron que podía seguir con una sola mano y ganar. Bien habrá sabido porqué se retiró.
A su retorno conquistó varios de esos títulos regionales  abandonando a sus mentores Peter Khöl y Towab Hedi y se fue para Estados Unidos. Entre otras cosas, para que Amílcar Brusa le enseñara a trabar.
Vino entonces la pelea más importante de su carrera, contra Lennox Lewis. El morocho estaba recibiendo una lección de boxeo como jamás se la habían dado y Klitschko estaba demostrando que no solamente era un pesado de enorme físico sino también dueño de una hasta ahora desconocida ciencia boxística. Un golpe, afortunado o no -son las cosas del boxeo- le abrieron una enorme herida en la ceja a Vitali. Lo obligaron a abandonar. Junto con la de Byrd, son las dos únicas derrotas que cosechó, ambas por fuera de combate, una por lesión y otra porque el boxeo simplemente es así.
Volvió y fue campeón del Consejo Mundial hasta que nuevamente lesiones musculares lo retiraron de los rings por espacio de casi cuatro años, después de haber vapuleado a Danny Williams, aquél que le aguantó todo a Tyson y luego lo puso nocaut.
El sábado, cuarenta y seis meses después de aquella pelea fue nuevamente en busca del título ante el temible Samuel Peter, un noqueador nato. Una estampilla insoportable de manos pesadas y ritmo insoportable. Volvió a funcionar esa izquierda de Vitali, volvieron a trabajar sus piernas y su mente. Peter nunca pudo entrar en la línea de fuego y su cara se iba desfigurando ante las descargas que llegaban como en carbónico. Y así, sin apuros, con la cabeza fría, la distancia medida y los golpes netos, Vitali Klitschko recuperaba lo suyo. Al finalizar el octavo round Peter dijo basta.
El nuevo campeón es doctorado en kinesiología desde hace varios años y es tal el respeto que se le tiene, que en las conversaciones amistosas que he sostenido con alguno de sus allegados se refieren a él como ?el doctor Klitschko? y es así también como lo anuncian sobre el ring.
Si estuviera en un palco político en nuestro país por la década del ?40 seguramente le gritarían: ?¡Viva el dotor!?. Y bien que se lo merece.

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