El almacén que da vida a la estación De La Canal

El Eco

Muy cerca de la ciudad todo gira en torno al viejo almacén Lasarte Hermanos. A tan sólo 30 kilómetros de Tandil se abre paso entre los campos el pueblo de De la Canal, nombre adjudicado por la estación que le dio vida. Llegando por cualquiera de los dos accesos se desemboca en la Avenida del Trabajador Rural, única calle con nombre, e inmediatamente se puede vislumbrar el edificio con una arquitectura simple, pero señorial.

Sus dos puertas altas dan senda al amplio salón de baldosas gastadas sobre las que posan de un lado la mesa de pool, por el otro mesas y sillas para compartir, y una salamandra hecha de tubo de gas uniendo los espacios.

Decorando las paredes, tras la larga barra lustrada de madera maciza que lleva allí más de un siglo, se alzan las estanterías cubiertas de mercaderías. Todas las bebidas y cigarrillos del lado izquierdo, un poco de artículos de ferretería y herramientas al frente, seguidos por alimentos y víveres de todo tipo al centro, artículos de limpieza e higiene más al costado y todo lo referido a indumentaria, repasadores y algunos juegos para chicos del lado derecho. Mangueras, riendas, faroles, heladeras y otro montón de artículos ubicados cerca de los ventanales.

El tren de pasajeros ya no alegra los mediodías del pueblo, que se reunía en los andenes ante su llegada.

Lo que no está a la vista se encuentra en el depósito trasero, porque allí se consigue de todo. Frutas, verduras y pan fresco también. Detrás de la barra la amabilidad de Susana Iglesias junto a Oscar y Eduardo Lasarte vuelven aún más cálido el ambiente.

No es un almacén detenido en el tiempo, es un lugar con su propio ritmo. Pasible y tranquilo.

Las huellas que
hacen la historia

La firma Lasarte Hnos. se inició en 1942, en otro inmueble, cuando en el pueblo había más movimiento que el de ahora y funcionaban tres almacenes a la vez. Fue allá por el año 1965 que se mudaron al edificio actual, uno de los más antiguos. Por aquel entonces todavía eran Matías, Modesto y Ramón los que llevaban adelante el comercio, además de ser los fundadores. Con ellos también trabajaban otros tres hermanos, que no participaban de la sociedad, pero eran empleados.

Justo frente a la estación del tren se alza el clásico edificio que abastece a los vecinos y campos cercanos.

El tiempo fue pasando, el primero en fallecer fue Matías, bastante después se fueron Modesto y Ramón. Ante su ausencia, Oscar, hijo de Ramón, y Eduardo, hijo de Modesto, tomaron las riendas del negocio familiar y allí siguen desde hace 15 años manteniendo en pie el clásico Almacén Lasarte.

Susana, además de haber trabajado cuando estaban al mando los tres hermanos, sigue trabajando hoy en día y es la mujer de Oscar, su presencia da lugar a que su marido lleve adelante su oficio de mecánico, que es lo que realmente le apasiona.

Lejos de ser una tarea fácil, teniendo en cuenta que es el único que quedó en la zona, estos primos ponen el cuerpo todos los días, incluso domingos y feriados, para que la tradición continúe y los vecinos tengan para abastecerse.
“Nunca nos tomamos vacaciones”, revela el mayor de los primos, Oscar. Si bien sus hermanos también están involucrados en la actividad, realizan otras funciones y sus propios emprendimientos personales.

“Nosotros creemos que el almacén es el punto de encuentro de toda la gente de acá, todos trabajan y al caer la tarde van entrando y se juntan. Intercambian ideas, juegan a las cartas, toman algún aperitivo, es como un recreo”, describe.

Además, los fines de semana es un sitio turístico muy visitado, no solo por tandilenses que se acercan en familia o grupos en moto o bicicleta, sino también de gente de otras ciudades que han sido recomendadas o escucharon hablar del lugar y lo quieren conocer. “Algunos que vuelven año a año hasta se sorprenden de que estén las mismas personas ubicadas en los mismos lugares”, comparte Lasarte.

Es que así es, cada cual tiene su lugar en la barra o en tal silla de alguna mesa y nadie más se lo ocupa. Ya ni tienen que pedir lo que van a tomar porque Eduardo, Oscar o Susana conocen de memoria las preferencias. “Somos pocos y siempre los mismos”.

Es mucho el sacrificio y el trabajo que hay que hacer para que siga abierto, tanto más teniendo en cuenta que la población actual, entre grandes y chicos, no llega a 40 habitantes. Pero el almacén es clave para el abastecimiento de mercaderías para la subsistencia de los vecinos.

Cada vecino ya tiene su lugar típico en el bar, y nadie se lo ocupa.

“Creemos que es un gran sostenedor de la estación”. Cuenta Oscar que antiguamente había tres almacenes, dos carnicerías, un par de peluquerías, pero lamentablemente no perduraron porque los campos se fueron vendiendo y con ellos se marchó la gente. Los más grandes van alquilando los campos, meten hacienda o siembran y vuelven poco. “Donde hoy se ven montecitos, antes había una casa con una familia, hoy no hay nada”.

El movimiento se acentúa en épocas de clases, ya que la escuela es un punto de concentración. Asisten alrededor de cien chicos, entre jardín de infantes, primaria y secundaria, entonces cada día llegan tres colectivos con alumnos de diferentes zonas cercanas. “A veces son los mismos colectiveros los que se traen los pedidos de los que están alejados y hacen los mandados para las familias que no pueden ir”.

Atracción turística

Es común ver afuera del local muchas motos y bicicletas, también autos “desconocidos”, que no pertenecen a vecinos del lugar. Sobre todo los fines de semana se acerca gente de todos lados para conocer el lugar, comer una picada y tomar algo.

“A los turistas les atrae todo, desde las estanterías, los mostradores, el orden de las mercaderías, el trato de la gente y el edificio en sí mismo”, destaca Lasarte.

El lugar, que data del 1800, nació como almacén de la mano de un señor de apellido Resano, muy amigo de Ramón Santamarina. Por su historia y tradición es que Eduardo y Oscar tratan de mantenerlo tal cual era por dentro y fuera.

La fiesta en los andenes, que ya no es

Cuando se levantó el tren de pasajeros fue un momento muy feo para todos los habitantes de De La Canal. En la estación que le da el nombre se hacía el cruce de trenes y los andenes se llenaban de gente, ningún habitante del pueblo se perdía el acontecimiento. Allí paraban los vagones, aparecía el que vendía billetes, el diario de Buenos Aires llegaba todos los días al igual que las cartas, los Lasarte mandaban gallinas y huevos a Plaza Constitución, el panadero mandaba el pan a Egaña, otros sus lácteos a Capital.

Eduardo y Oscar Lasarte son el motor del almacén, continuando la herencia familiar

“Los mediodías alrededor de las 14 los andenes eran una fiesta. Era una hermosura ver ese espectáculo”, añora Oscar.

Si bien el servicio retomó en los tiempos de Scioli en la Provincia, ya no fue lo mismo. Más allá de haber durado poco, tampoco se detenía religiosamente en De La Canal, sino que había que avisar que habría pasajero en la estación para que programe la parada. Luego la gobernadora Vidal lo volvió a quitar alegando un mal estado de las vías. “Nosotros estamos apoyando a los movimientos de Tandil para que vuelva el tren, pero por lo pronto sólo tenemos la esperanza, no hay nada concreto”, dijo Oscar.

Ahora únicamente resuena en voz alta el tren de carga que lleva cemento, como recuerdo de aquellos tiempos de multitudes y celebración.

Para Oscar Lasarte “el almacén es un gran sostenedor de la estación”.

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