Necrológicas

V EMILIANO JUAN ETCHEMENDY
A los 94 años, falleció en Tandil el vecino Emiliano Juan Etchemendy.
Había nacido en Rauch, el 11 de septiembre de 1923.
Era el sexto de ocho hermanos y desde muy chico se dedicó a la tarea agrícola-ganadera.
“El Vasco”, como lo llamaban sus amigos del paraje “El Remanso” y en la ciudad de Rauch, fue un hombre íntegro que sembró en sus días lecciones imborrables de nobleza, amor al trabajo y apego a la tierra.
Centró su existencia en la zona de Estación Iraola, donde cosechó muchos afectos.
Fuerte de físico y sólido de espíritu, su desaparición repercutió con dolor entre sus familiares y allegados.
Sus restos descansan en paz en el cementerio municipal.

V JUAN MARIA ULBERICH
A los 85 años, el pasado 5 de marzo dejó de existir el médico veterinario Juan María Ulberich, de dilatada y reconocida trayectoria como docente universitario.

Dedicatoria

“A un mes del fallecimiento de un gran veterinario:
El 5 de marzo, histórico día de vencimientos, puntual y organizado como lo fue toda su vida, partió un amigo.
Junto con él se fue también parte de esa historia que cada vez cuenta con menos testigos. Porque el Dr. Juan María Ulberich fue uno de los baluartes fundacionales de la Facultad de Ciencias Veterinarias de Tandil, una historia a completarse. Facultad que en esa etapa de la Universidad gravitaba por su mayor peso. Francés de nacimiento, en su modestia nunca difundió que era hijo del inventor y constructor por 1926, de la Durandal, motocicleta hoy coleccionable al valor de un auto gama D, destacada por su original cuadro irrompible y su estilo, que con el motor Velocette KTT triunfó en las competencias europeas. Páginas especializadas, You Tube y el salón 2017 de Dijon, la siguen mostrando.
Jean Marie heredó su virtuosismo para trabajar. Muy buen obstetra, excelente veterinario. Lo conocí en los 60´, a poco de haber él arribado con Alicia su esposa, a nuestra ciudad en su Citroën, luego de haber trabajado para la UBA en San Pedro, en brucelosis y tuberculosis.
Parco para hablar pero intenso trabajador. Sin pereza para prestar sus servicios, ante las urgencias tanto de pequeños como grandes animales. Introdujo algunas costumbres prácticas al momento de efectuar cesáreas nocturnas en el ambiente rural, como el banquito de ordeñador y la luz de los mineros, sin hablar de un atuendo propio, que -aunque desacostumbrado- era muy adecuado.
Fue el único que tuvo instrumental completo e idóneo para fetotomías. Sus estudios y su experiencia de la práctica privada, los volcó desde el primer día en la universidad, hasta su jubilación, formando a generaciones de profesionales, los que luego contribuyeron a que hoy Tandil haga escuela con mayúscula, (viene al caso mencionar que hoy tiene el grupo más citado del mundo en farmacología de antiparasitarios). Quedó muy atrás el despectivo mote de los 70´s, ¿así que pusieron en Tandil una “escuelita” de veterinaria?, como nos decían irónicamente por entonces algunos colegas de afuera.
Ejerciendo la profesión pasamos buenos momentos y hasta nos reíamos de los contratiempos, incluso cuando rompimos dos autos en un mismo día por un camino de ripio. En esa crudísima tarde invernal, sin parabrisas, cuchillas de viento helado golpeaban la cara del dueño del campo, conduciendo taciturno… mientras resonaba una divertida caricatura de la situación desde el abrigado refugio del asiento trasero.
A Jean Marie la vida nada le regaló. Todo lo que logró fue por su propio esfuerzo. Un ejemplo que hoy no cunde. Inmigrado adolescente, estudió primero en una escuela técnica, lo que le permitió trabajar como mecánico en el taller que atendía el auto de Eva Perón. De visita allí uno de sus maestros de la técnica, le recordó su vocación de veterinario y Jean Marie hizo entonces el secundario de cinco en solo tres años (cursó el primer año y durante el verano dio libre el segundo, y así hasta graduarse).
Nunca hizo huelgas. Pagó sus estudios en la UBA trabajando en un banco y era el único de la sucursal porteña autorizado a retirarse primero, al momento de cerrar las puertas, tan eficiente y rápido era con su tarea.
Ya veterinario, formó su familia y sin pereza, organizadamente en un país cambiante, fue progresando por sí mismo y fortaleciendo su economía. Puntilloso al extremo, aunque francés, aplicaba las normas y corregía con precisión el castellano de la prensa oral y escrita, no olvidando hacerlo también sobre mi pronunciación francesa del nombre de un popular supermercado. Integró el Consejo local del INTA y siendo Presidente del Circulo Veterinario de Tandil, logró sentar a la misma mesa a colegas que por años habían estado enfrentados y distanciados.
En aquellos años de profesión, fue para mí el hermano mayor que no tuve. Diagnosticamos casos interesantes, como el primer brote de Newcastle en Tandil, que envió al oftalmólogo al avicultor. Alguno tuvo también público reconocimiento. Aunque escribió un libro sobre su especialidad, infundía la dedicación al estudio y atención de los casos, por sobre el publicarlos.
En la época de la ganadería grande, cuando el rodeo nacional admitía castrar vaquillonas, nadie lo superaba en cantidad de exitosas intervenciones en mínimo tiempo. Conducta metódica y constante. Piloto civil. Profesor de yudo y cinturón negro, también ciclista. Este especial entrenamiento permitió que en los tiempos primeros, revisáramos las venéreas en toros sin la sujeción trasera, no recibiendo patadas. De su propio bolsillo viajó por los centros de reproducción animal europeos, y en la era sin Internet, supo acercar alejados pero nuevos conocimientos para los alumnos de veterinaria.
Fue un hombre recto, buen padre de tres hijas y abuelo de seis nietos, profesional destacado y responsable docente universitario. Merece el reconocimiento y nuestro recuerdo. Y como difiero algo del pensamiento de otro francés, Jacques Monod, porque pienso que el azar no es tal, sino que corresponde a determinantes por conocerse, éstas en la eternidad sin tiempo, reordenarán nuestras dispersas moléculas hacia un nuevo encuentro. Hasta entonces Jean Marie”.
Enrique Esteban Lucchesi.

 

V MIGUEL ANGEL DI GIORGIO
A los 68 años, el pasado 1 de abril se produjo el deceso del destacado docente Miguel Angel Di Giorgio.
Había nacido en Rauch, el 25 de marzo de 1950, y su partida impactó a familiares, amigos y a la comunidad educativa.

Recordatoria

“Desde muy joven comenzó a cursar sus estudios en la reconocida Academia de Bellas Artes que funcionaba en el Museo.
Una vez finalizados, comienza a ejercer su carrera como docente, (Escuela Municipal de Cerámica) y luego en forma simultánea en la Escuela Municipal de Artes Visuales Nº 1 “Vicente Seritti”.
Con el paso del tiempo toda su labor se concentra en su querida escuela, pasando a ser secretario de la misma y docente para luego culminar su carrera, como director. Dentro de ella y a través de tantos años transcurridos, las experiencias vividas fueron tan importantes como la vida misma.
Cosechó el respeto y el cariño de sus alumnos, pares y superiores, ya que esta institución fue un pilar importante en su propia vida.
Acompañó el crecimiento trabajando junto al plantel docente para llevar a la escuela a un lugar de privilegio dentro de la comunidad tandilense.
En el 2014, luego de 38 años de trayectoria, cerró una etapa de su vida para disfrutar de su merecida jubilación, aunque siempre se mantuvo presente en todos los que formamos parte de la comunidad educativa municipal.
El 1° de abril a los 68 años se alejó físicamente dejando un gran dolor en todos aquellos que compartieron buenos y difíciles momentos de su vida.
Siempre será recordado como una parte fundamental de la historia de esta escuela, la que eligió como suya”.

Comunidad Educativa de la Escuela Municipal de Artes Visuales N°1
“Vicente Seritti”.

Dedicatorias

“Gracias por haber sido ese excelente tío que nunca olvidaré”.
Luciano

“Fuiste mi gran maestro y siempre te llevaré en mi corazón. Por siempre Miguel”.
Angélica

 

V CANDIDO ALFREDO CANSECO (“CACHO”)
El 8 de abril pasado, a los 81 años, falleció el vecino Cándido Alfredo Canseco, popularmente conocido como “Cacho”.
Había nacido el 1 de diciembre de 1935 en la localidad de Lumb, partido de Necochea.
Ya casado con Nelda Raquel Piñero, en el año 1966 llegó a Tandil, desarrollándose laboralmente en la empresa Metalúrgica Tandil y posteriormente como seguridad.
Luego se desempeñó en Loimar hasta su jubilación, logrando ganarse el afecto y el respeto de compañeros, directivos y propietarios de la empresa.
Sin hijos, hace 16 años que estaba retirado y dedicaba su tiempo a su esposa y a una gran quinta que lo apasionaba y a la que tenía como a un jardín.
Se lo recuerda como una persona de trabajo, esmerada por el cumplimiento de sus obligaciones, llegando a estar al frente de un grupo de gente en el área de almacenes.
Con un carácter que su esposa define como “analítico”, Cacho era un hombre de buenos sentimientos y su partida es lamentada por su grupo familiar y allegados.

V ANGEL JOSE PERALTA
El 2 de abril pasado, en Fulton, falleció Angel José Peralta, quien contaba con 73 años de edad.
Nacido el 8 de diciembre de 1944, formaba parte de una amplia familia, que incluía a 20 hermanos, de los cuales hoy viven ocho.
Tras residir en la zona de Villa Gaucho en Tandil, hace 32 años se radicó inicialmente en el establecimiento La Marianita, de Mont, en tanto que los últimos años residía en el campo lindero, San José.
Junto a su esposa y a sus cinco hijas se dedicó a las tareas rurales.
“El Pera” o “Peraltita”, como le decían sus afectos fue un típico hombre de campo, respetuoso del patrón y honrado, de ésos que hacían del trabajo algo sagrado.
“No había manera de traerlo para Tandil. `Con las patitas para adelante me van a llevar` decía cuando se lo planteaba”, recuerda su hija Gladys, la que fue su gran compañera de trabajo entre los 9 y los 15 años: el varón que no tuvo.
Con ella forjó una fuerte relación que incluye momentos duros y emotivos, como cuando “El Pera” –hombre duro- lloró como un chico al ver que su hija le llevaba una guitarra, tras el tornado de Fulton, que en diciembre pasado le llevó sus pertenencias. Ni siquiera semejante fenómeno climático lo hizo pensar en abandonar su casa.
Luego vendrían los aportes solidarios, tanto del municipio como de la gente de Tandil, algo que hoy Gladys destaca y agradece.
De oído, había aprendido a tocar la guitarra. Y su hija escuchaba su música a la hora de ir a dormir la siesta. No era raro que en el campo se reunieran 50 ó 60 familiares los fines de semana a compartir gratos momentos con “El Pera”, quienes no solo compartían sus acordes sino también su nobleza.
Es que “Peraltita” tenía un corazón grande. “Te daba lo que no tenía para verte feliz”, recordó su hija.
Por eso hoy las sonrisas que genera recordar sus anécdotas y alegrías se mezclan con las lágrimas propias del dolor que causa la partida de alguien que con humildad y sencillez supo dejar su huella en este mundo.

5- ANGEL JOSE PERALTA

 

Para Alberto Cantarelli

Querido Alberto: Constitución al 400 y al 500, viejo y querido barrio de la Plaza Mariano Moreno. Al 400 los Cantarelli, al 500 los Pina. Década del ’50 por ubicarnos en nuestra niñez y parte de la adolescencia. No podemos decir amigos, pero sí decir mucho de esa hermosa convivencia de buena vecindad. Transcurrieron los años, caminos diferentes. “Hola Alberto. ¿Cómo anda Grisby?” Compartir un café en las calles céntricas y verlo siempre elegante, amable, respetuoso. Solíamos hablar de espectáculos, de su amistad con “El Negro” Lavié y muy de vez en cuando volvíamos a recordar el barrio de nuestros pantalones cortos. Te fuiste silencioso. La muerte suele ser más cruel en otoño y con lluvia. Habrá un espacio vacío en las mesas de los cafés que compartiste con amigos. Descansa en paz querido Alberto, mis condolencias a tu familia.
¡Y la vida va!
Pascual Pina

 

 

 

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