Acuerdo a la carta

El Eco

Es difícil entender cómo una experiencia gastronómica pudo acercarme al análisis menos pensado sobre la coyuntura tandilense.

Y es que el anuncio, el armado y finalmente la firma del Acuerdo del Bicentenario que días atrás rubricaron integrantes de las fuerzas vivas de nuestra ciudad, derivó en un recuerdo sobre la última vez que accedí a cenar en un exclusivo restó de un barrio porteño.

Allí todo era excentricidad, buen gusto y amabilidad. Quienes estaban encargados de conducirnos a la mesa, impecablemente dispuesta, enumeraban las bondades del lugar que ostentaba la particularidad de poseer una cocina que fusionaba la gastronomía peruana y japonesa.

La carta ofrecía un menú de variadas posibilidades, pero la descripción de las preparaciones hacía difícil descubrir la esencia de los platos. No lograba entender si eran a base de carne, pasta o pescado y el mozo, que intentaba con esfuerzo sobrehumano traducir los ingredientes de manera elegante, sucumbió con pragmatismo: “usted eligió fideos con tuco”. No tardó en recomendarme otros manjares, “si no le apetece, tenemos otras opciones”, esbozó.

Simples spaghettis que, por su costo, interpreté serían enviados del mismísimo corazón de la Costa Amalfitana luego de ser amasados por una matrona italiana y cuya salsa, guardaba seguramente el aroma de los tomates recién cosechados en una quinta lindera al Mediterráneo.

No fui yo la encargada de pagar la cuenta, pero sí la de recordar por meses el valor de la velada.

Y el 4 de abril, ahí estaba otra vez. Tratando de masticar los conceptos globales que explican el espíritu del gran Acuerdo del Bicentenario y que suenan a receta rebuscada o a slogan que probablemente rezará una futura campaña. Desafíos institucionales, consensos transgeneracionales, construcción colectiva, cosmovisión serrana, corresponsabilidad, pluralidad, diversidad. En el fondo, un gran plato de fideos con tuco.

El mentor de dicho acuerdo alzó su voz haciendo hincapié en el sustento y la importancia de un pacto superador, que en pocas palabras propone ‘un espacio para debatir políticas públicas entre los que piensan distinto en pos de un objetivo común’. Los interrogantes que surgen entonces, no revelan mayores incógnitas. ¿No existe acaso el recinto deliberativo para procurar tales políticas? ¿No es precisamente esta, la función central del cuerpo legislativo que representa a la sociedad toda? ¿Es necesario semejante parafernalia para plasmar los intereses comunes que, con tanto actor convocado, terminará buscando la idea más acabada a través de la decisión de una mayoría?.

La institucionalidad, no se discute. Como tampoco la existencia de espacios donde el debate sea la materia prima de toda acción que democráticamente se decida. Pero a veces crear más estructuras no permite potenciar las existentes.

Las voces que promueven abiertamente dicho pacto, vislumbran en el Acuerdo del Bicentenario un documento, que pueda hacer las veces de Carta Orgánica de principios que busca fortalecer las bases para todos aquellos que nos gobiernen en la posteridad. Pero por otro lado, no dejan de observar que el aporte de las ideas podría generar a corto plazo una gran fuente de insumos sobre los temas centrales que demanda la comunidad y de los cuales se podrían nutrir los futuros candidatos para trazar sus ejes de campaña de cara a las próximas elecciones.

Como paso previo a la rúbrica, el gran acuerdo tuvo su presentación oficial y allí, uno de los firmantes dejó entrever que tales máximas estaban sujetas a la decisión de los que, en un futuro, serán los encargados de aplicarlas. “Aquí quedará plasmado el camino a seguir, pero si alguien decide tomar otro, tal vez quede desestimado y se trazarán nuevos senderos”. Fue esa declaración la que caló en el recuerdo de aquel día en el que el mozo disfrazaba el menú para tentarme como comensal y la que me condujo indefectiblemente a pensar que este gran acuerdo entre actores sociales, no termine siendo en definitiva una performance en la que al mejor estilo Groucho Marx, se fundamente en la máxima “si no le gustan mis principios, tengo otros.”

 

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  • ElEcodeTandil

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