La tribu Messi

Ídolo. Toda Ruanda -donde masacraron a un millón de personas hace 24 años- se pacificó. Y anhela hoy la consagración la Selección argentina, y de Messi, en el Mundial de Rusia. (AFP)

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El corazón de las tinieblas es para mí una iglesia en el pequeño pueblo de Nyamata, aquí en Ruanda, en el corazón geográfico de África. Durante el genocidio de 1994 tres mil mujeres, hombres y niños buscaron santuario en la iglesia pero no lo encontraron. Bajo la dulce mirada de una estatua de la Virgen María, fueron exterminados todos, algunos con balas, la mayoría a machetazos.

Había estado en Nyamata hacía 15 años pero aún me quemaban en la memoria las historias de un par de asesinos amnistiados que me contaron lo que hicieron dentro de esa iglesia durante cuatro días de demencial frenesí.

Volví a entrar en la iglesia el miércoles de esta semana, duré 15 segundos, me di media vuelta y me fui. El lugar se ha convertido, como Auschwitz, en un monumento al horror, lleno de pilas de ropa vieja grisácea manchada de sangre. Salí temblando, me puse a caminar y a la vuelta de la esquina, a unos 200 metros, vi algo que no me cambió el ánimo exactamente pero sí me hizo soltar una sonrisa fugaz.

Afuera de una pequeña tienda había ropa nueva colgada en un alambre, camisetas en venta, una de ellas de tamaño de niño con los colores del FC Barcelona, con el número 10 y el nombre “Messi” en el dorsal, ondeando ligeramente en la brisa como una bandera de paz.

Lo de Ruanda fue el antiguo impulso tribal que todos tenemos dentro llevado a extremos de barbarie desconocidos. No hay nada ni en la literatura, ni en la pintura, ni en el cine, ni en la historia escrita de la humanidad más atroz que los cien días que duró la orgía de sangre del genocidio ruandés. En ese tiempo murieron un millón de personas, un ritmo de exterminio más intenso que el de la época nazi. Las víctimas eran miembros de la tribu tutsi; sus verdugos, cientos de miles de milicianos de la tribu mayoritaria hutu, incitados por sus gobernantes a borrar a “las cucarachas” de la faz de la tierra. No hubo ningún intento de abstraerse de los crímenes. Lo último que vieron los que perdieron sus vidas fueron los ojos de sus asesinos.

Otra variante de este gen tribal es lo que marca la época en la que vivimos en los países de Occidente. Con la diferencia de que hasta ahora no nos matamos, y que ni siquiera nos miramos a la cara cuando nos insultamos. Con las redes sociales como principal escenario, el griterío es tan incesante como enfermizo, da igual que el tema sea el feminismo, el peronismo, el trumpismo o el Islam. En Ruanda en 1994 tuvimos el símbolo del antagonismo tribal inherente en el animal humano llevado a su más bestial expresión.

¿Por qué no pude evitar sonreír de manera tan aparentemente inapropriada cuando vi esa camiseta de Messi en ese terrible lugar? Creo que porque que el fútbol, pese a ser el más tribal de los deportes, reconduce este antiguo impulso por un camino más benigno que la política, la ideología o la religión. Lionel Messi, en particular, es el anticuerpo dentro del sistema que mejor combate los tumores más malignos de la enfermedad.

Ruanda ofrece el ejemplo perfecto. Hoy, 24 años después del genocidio, es el país más pacífico, más limpio, más ordenado, más equitativo y más seguro de toda África. El precio es que no hay democracia, que el presidente Paul Kagame manda en el país desde el genocidio que sus fuerzas rebeldes tutsis pararon, mientras el resto del mundo miraba para otro lado, y que ejerce el poder con una mezcla de benevolencia y mano dura. El control dictatorial de la población unido a la batalla que se está ganando contra la pobreza explica la serenidad que ha conseguido un país que por lógica debería haberse hundido en la anarquía vengativa de Irak, Siria o Libia. Pero bastante tiene que ver también con el fútbol en general, como me reconoció el propio Kagame en una reunión el jueves, y con lo que representa Lionel Messi en particular.

Ha habido todo tipo de talleres y seminarios a lo largo y ancho del país para promover la paz y y la reconciliación pero nada de eso compara, me reconoció Kagame, con el impacto unificador de los pequeños juegos de fútbol que se ven todos los días por todo el territorio nacional entre hutus y tutsis. O por los 90 minutos de intenso sentimiento patrio que duran los partidos de la selección nacional, también compuesta por hutus y tutsis, por mérito individual, no tribal.

En Ruanda también hay tribus de aficionados rivales, como en todos lados; hinchas de equipos locales o europeos. Lo único que los une a todos es Messi. No lo digo en base solo a que haya visto camisetas con su nombre en Nyamata o en lugares tan remotos como una isla diminuta en un lago que separa a Ruanda del Congo. Es que cada vez que menciono su nombre –y he hecho la prueba cantidades de veces, sin excluir al presidente Kagame, un fanático del Arsenal– la gente responde con una sonrisa, con un reconocimiento inmediato de que es el mejor, el que más alegra las vidas de los miles de millones de seguidores de la religión más grande del mundo. En viajes el año pasado obtuve la misma reacción a Messi en Bangladesh, en Colombia, en Estonia, en México, en Francia, en Holanda. Da igual dónde sea. En cualquier parte de África o de Asia pasaría lo mismo.

Propongo, entonces, que en una época frívola y estúpida para la humanidad, definida por la división y el rencor, Messi genera más consenso que cualquier otro habitante planetario. No existe nada o nadie en el mundo que dé más alegría o más consuelo o que unifique a más gente que el argentino, seguramente el personaje más famoso del planeta.

Garantizo que nunca habrá habido más seres humanos que este año deseando que Argentina gane el Mundial. Nada que ver con Argentina en sí, todo con que su superhéroe universal cumpla el deseo de miles de millones de personas de todos los colores, religiones o ideologías y le coloquen la única corona que le queda por conquistar.

Digo “universal”, claro, con la excepción de Argentina, el único país donde Messi es tema no de feliz consenso sino de grieta, griterío y división. Digna de análisis, la cuestión. A ver si se les pasa y se unen a Ruanda y al resto del planeta de una maldita vez.

(*) Publicado en Diario Clarín

Nota proporcionada por :

  • ElEco

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