Lo fácil

El Eco

Había (hay) mucho de sabiduría en aquella pregunta que nos hacían las madres o las abuelas cuando éramos chicos y nos ponían a la mesa un plato de guiso de mondongo, por ejemplo.

-No me gusta el guiso de mondongo, decía uno casi dando por sentado de que era imposible que “eso” pudiera gustarle a alguien.

Y venía la pregunta certera:

-¿Alguna vez lo probaste?

-No.

Repregunta obvia y fatal:

-¿Cómo sabés que no te gusta, entonces?

Listo. Final. De ahí en más, podría sobrevenir la puesta en escena de hacer como que probábamos para justificar un ´puaj´ o mantenernos en el fundamentalismo sin fundamento o en la mentira de decir que sí, que alguna vez lo probamos.

De esa escena de infancia me queda que se aborrece lo que no se conoce. De ahí en más, se teme o se desprecia o se odia.

Ultimamente veo tanta gente odiando a tanta gente que me dan ganas de convertirme en mi abuela y preguntarle ´¿pero lo conocés, como para odiarlo tanto? ¿Alguna vez estuviste con él o con ella? ¿Hablaste? ¿Escuchaste? ¿Te reíste?…´

Seguramente, algunos me responderán con un ´puaj´, otros me fundamentarán lo infundamentable. Y la mayoría me mentirá que sí.

A nuestra folklórica e inoculada xenofobia hacia los vecinos latinoamericanos, por imperio de las circunstancias le hemos agregado el desprecio a los morenos africanos que venden anteojos, relojes y baratijas.

Detrás (o delante, a veces dudo), del ´vienen a quitar el trabajo a los argentinos´, hay una buena dosis de odio y otra más grande aún de desconocimiento.

Los nuevos tiempos apuntan a la “mafia de los senegaleses”. Y si el aparato macabro sigue inyectando odio en dosis mediáticas y cotidianas, pronto habremos de lamentar desgracias más terribles de la que están pasando. De la que estamos pasando.

Recuerdo que hace algunos años hablé con un muchacho que vendía bijou en la esquina de la Escuela Normal.

Asís, se llama. Y recuerdo que las dos primeras preguntas que le formulé me dejaron mal parado.

La primera, justamente, fue ´cómo te llamás´.

Me dijo “Asís” y yo imaginé alguna hache o una doble vocal en el medio. Entonces le pedí que me deletreara su nombre: A-S-I-S.

Así de sencillo. Bastaba conocerlo, nomás.

Y la segunda pregunta fue su edad.

-¿Cuánto me das?, me repreguntó, pícaro, sonrisa tímida pero indisimulable, blanca como una mañana y brillante como las cadenitas, las pulseras, los aros exhibidos sobre la manta.

Debí decir que no era bueno para esas cosas. Pensé un número y le resté el margen de cortesía: 26.

-No, 20, me dijo y estiró la sonrisa blanca. La dejó volar.

Estuve hablando un buen rato con un casi adolescente. No lo supe hasta que no lo conocí. Y mientras hablábamos pensaba que la adolescencia quizás sea un lujo que se podían dar ciertas culturas o ciertas sociedades. O ciertas clases.

A sus 20 años, Asís ya había cruzado el océano y dejado atrás su tierra, Senegal, su hogar en Dakar, su papá, su mamá, sus hermanos y hermanas. Su Africa. Porque se presentó como africano.

Había llegado al país dos años antes, aconsejado por un amigo. Vino solo, a la buena de su dios Alá.

Me contó de sus padres, de su barrio, de los pobres de su país. Me contó de los idiomas que había aprendido y del largo viaje en barco. De su llegada a un Buenos Aires feroz, al que pronto cambió por un Tandil más amigable.

En el año y medio que llevaba en el país había aprendido el difícil idioma de los argentinos. El que no tiene traducción a su francés oficial o a sus dialectos como el wolof o el hubo. Al portugués y al inglés que también aprendió en la escuela.

Hablamos un buen rato de fútbol y su ilusión de jugar en primera.

Frente a mí, un adolescente temeroso me contó de cuánto extrañaba a su mamá y a sus hermanos.

A ese pibe hoy lo asocian con uno de los peores de nuestros males. “Estamos así por culpa de ellos”, dicen los que no conocen. Los que temen, los que desprecian, los que odian.

Los que no se dieron el gusto de hacer sonreír a un muchacho de sonrisa amplia y clara como la mejor de las mañanas.

Odiar es fácil.

Por suerte, quedan unos cuantos empecinados en tomar por los caminos complicados.

Los que quieren conocer.

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