La historia de Juan Facundo Fernández, la locura que interpela a un sistema que hace agua por todos lados

La casa del barrio Villa Aguirre donde ocurrió el matricidio.

El Eco

-¿Por qué quiere curarme? ¿Me puede dar un motivo serio que podamos discutir ahora los dos?
– Rantés. Si usted no es un chiflado yo tendría que admitir que realmente es un extraterrestre. ¿Sabe lo que eso significaría? Que el chiflado soy yo.
– La naturaleza sólo permite un desarrollo muy lento. Favorece más fácilmente un cambio de especie que un cambio de conciencia. Yo soy más racional que ustedes, respondo racionalmente a los estímulos. Si alguien sufre lo consuelo. Si alguien me pide ayuda se la doy. ¿Por qué, entonces, usted cree que estoy loco? Si alguien me mira lo miro. Si alguien me habla lo escucho. Ustedes se han ido volviendo locos de a poco por no reconocer esos estímulos, simplemente por haber ido ignorándolos. Alguien se muere y ustedes lo dejan morir. Alguien pide ayuda y ustedes miran para otro lado. Alguien tiene hambre y ustedes dilapidan lo que tienen. Alguien se muere de tristeza y ustedes lo encierran para no verlo. Alguien que sistemáticamente adopta esas conductas, que camina entre las víctimas como si no estuvieran, podrá vestirse bien, podrá pagar sus impuestos, ir a misa, pero no me va a negar que está enfermo. Su realidad es espantosa, doctor. ¿Por qué no dejan de una buena vez la hipocresía y buscan la locura de este lado? Y se dejan de perseguir a los tristes, a los pobres de espíritu, a los que no compran porque no quieren, o porque no pueden, toda esa mierda que usted me vendería de muy buena gana; si pudiera, claro.

Diálogo de la película argentina “Hombre mirando al Sudeste“. Escrita y dirigida por Eliseo Subiela en 1986, narra la historia de Rantés, un joven que aparece un buen día en una institución psiquiátrica diciendo que es una proyección holográfica mejorada de una inteligencia extraterrestre, y que ha venido a la Tierra a estudiar a los humanos, especialmente a su arma más terrible: la estupidez (entendida como pasividad ante el mal y degeneración de los valores). El doctor Denis, encargado de los desequilibrados, se debatirá entre lo racional y lo irracional del caso, acuciado por sus propios problemas personales y necesitado de creer en algo.

Tras su visionado surgen preguntas interesantes: ¿quién es el enfermo?, ¿quién es más racional?….

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Hace un año y cuatro meses que está en prisión. Su estado psíquico ha variado desde entonces. Reconoce que “aquel día” en el que cometió aquella atrocidad fue claramente un quiebre dentro de su endeble, confusa, como lúcida, cultivada mente. Pero quiere saber, se pregunta y les pregunta qué van a hacer con él. “¿Me van a eliminar del mundo?”, interroga a viva voz con un halo de impotencia, desesperación y raptos de sabiduría que incomoda, interpela a propios y extraños.

Se trata de Juan Facundo Fernández, que fue trasladado de la unidad carcelaria con su cuadro psicótico de características de esquizofrenia a cuestas que lo obliga a un tratamiento permanente. Cuando dejó la internación y el tratamiento indicado cayó al abismo y en ese tenebroso laberinto alucinógeno mató a su mamá, Silvia Alejandra Ordoñez, quien le dio la vida y lo contuvo hasta el final de sus días. Aún hoy Facundo pregunta y se pregunta por qué llegó a hacer lo que hizo. “Nadie me dice qué me pasó. Qué me pasa. Solo me empastillan y chau…”, suelta con cruel impotencia, recordando cuando lo medican, porque el servicio penitenciario es lo que muchos conocen pero nadie quiere descular: un depósito de gente que delinque y molesta hacinada. Y si dentro de esa comunidad carcelaria de marginales están los Facundos, esos que están obligados a un pormenorizado seguimiento, tratamiento y contención, la ecuación es letal: nunca saldrán airosos de su enfermedad, menos libres.

Los jueces del TOC 1, Guillermo Arecha, Gustavo Agustín Echevarría y Pablo Galli, lo escucharon con suma atención y por momentos atrapados por el relato y sus reflexiones. El fiscal y el defensor hicieron lo propio. En el público las tías de ese pibe que destila cultura, conocimiento y dispara en la frente cuando interroga sobre su cuadro, el del resto, y los actores de un sistema que hace agua por todos lados.

El debate

Se trata a todas luces de uno de los tantos dramas intrafamiliares que desfilan por la sala de debate del Tribunal Oral Criminal. Pero esta vez no está en discusión la responsabilidad penal del que está sentado en el banquillo de los acusados. Ya el propio fiscal en la instrucción lo declaró inimputable. Facundo no comprendió la criminalidad de su accionar, consecuentemente no puede ser juzgado penalmente.

Entonces es una audiencia muy particular. Los actores judiciales determinarán qué se hace con él. Si su situación obliga a que permanezca bajo un régimen cerrado o si hay otra alternativa que contemple el estricto tratamiento para que Facundo pueda rehabilitarse. El quiso hablar y que lo escuchen (ver aparte), como todavía nadie lo hizo (la psicóloga del penal apenas lo ve cinco minutos cada tanto y la psiquiatra no aparece hace seis meses). Sí fue sometido a las entrevistas de los especialistas de la Asesoría Pericial de Azul, quienes coincidieron en que su cuadro merece un tratamiento medicamentoso que, junto a una contención afectiva, podría invitar a especular con una vida “normal”, pero a sabiendas que el diagnóstico de su cuadro lleva a definirlo como alguien peligroso para sí y para terceros si no está bajo un estricto tratamiento y guarda. Tiene un antecedente más que pesado para evaluar qué hacer con él: en uno de sus tantos brotes psicóticos, el último, mató a su madre.

Los testigos

Antes de escuchar a Facundo que por propia voluntad quiso exponerse frente a los actores judiciales, desfilaron por la sala de audiencia profesionales de la salud mental que lo evaluaron en su oportunidad y, conceptos más, apreciaciones menos, todos coincidieron en el diagnóstico que padece el protagonista. Que obliga a un tratamiento riguroso con una contención afectiva que lo acompañe. El interrogante para aquellos que deben resolver en consecuencia es dónde se lo ubica para que cumpla dicho régimen psiquiátrico y psicológico. Ya estuvo en dos oportunidades en el Centro de Salud Mental y de allí salió sin más. Dejó el tratamiento, se fue de la ciudad y cuando regresó cometió matricidio. Las psiquiatras y psicólogas testigos fueron preguntadas al respecto: ¿La unidad carcelaria está preparada para atenderlo como lo amerita? No, respondieron. ¿Sabe de algún lugar donde sí pudieran? Y se abre un enorme interrogante. Los lugares donde podrían recibirlo, con la custodia pertinente, son privados, ergo hay que pagar.

Uno de los sentidos relatos escuchados en el debate fue el del padre de Facundo, quien consternado contó los vaivenes de la relación con su hijo a partir del delicado cuadro psicótico que padece. Recordó que cuando estaba tratado en el Centro de Salud Mental estaba bien, era un chico afable, lúcido, pero cuando salía era como el tanque de nafta del auto, andaba bien hasta que tenía nafta –la medicación- después volvió a aquella delicada e inestable situación emocional.

“Queremos que esté bien y hacer lo que podamos por él”, señaló el papá, sin dejar de considerar que “a mi hijo lo único que lo puede salvar es la medicación, el tratamiento”.

Hoy continuará el debate. Se escucharán más profesionales de la salud mental y será el tiempo de los alegatos. El fiscal Gustavo Morey peticionará lo que considere pertinente para semejante cuadro y el defensor oficial Diego Araujo hará lo propio, contemplando medidas alternativas para que quede sumergido en el abismo que implicaría quedar para siempre en una unidad carcelaria que no está preparada para asistir a los presos “normales”, mucho menos a los que no lo son como Facundo.

El testimonio de Facundo,
entre el cielo y el infierno

A continuación, se cita algunos párrafos del esclarecedor relato de Facundo Fernández. Un joven lleno de inquietudes que por momentos se muestra entusiasta por lo que está haciendo, desborda de emociones, indaga, pregunta y responde lo que puede, dejando a todos con puntos suspensivos sobre su presente y futuro. El pasado ya se lo conoce, se cobró la vida de su propia madre.

“No considero que a las internaciones que haya tenido acá (en el Centro de Salud Mental municipal) se puedan tomar como tratamiento. Es todo parte de una burocracia médica que da por hecho un montón de cosas, ve otras determinadas y ahí te metieron, te inyectaron y mucho no te preguntan como estas. Entiendo que por ahí al lado está viniendo uno que se cortó y estaba por morirse, entonces eso hace que a veces no se pueda profundizar en personas que al parecer tenían cosas que no eran tan relevantes, como sería yo”.

“No le echo la culpa al trabajador porque tal vez está desbordado. Lo mismo pasa en el Penal que hay 423 internos contra poco más de 300 que había tiempo atrás. Eso hace que ahora las visitas de amigos no puedan ser más los fines de semana. Mis amigos son mi contención, porque están cerca, al igual que mi familia”.

“Al estar desbordado el Penal la psiquiatra no te llama nunca”

“Otra de las cosas es que al estar desbordado el Penal la psiquiatra no te llama nunca. Me llamaron para un oficio que pidieron el año pasado pero nada más. Pero no llaman para encontrarse conmigo. No es que ellas hagan un mal ejercicio de su profesión, sino que está desbordado el Penal y llaman a los pibes que se cortan o que tienen un problema”.

“Nadie me llama porque no hago nada mal en el Penal ya que de acuerdo a mi patología no estoy exponiéndola en ningún lugar creyendo que me va a matar no sé quién”.

“Que no haga nada malo no significa algo positivo ni negativo. No pasan las cosas hasta que pasan. Pero qué pasa con mi vida en el Penal, porque no tuve problemas relacionados o vinculados al diagnóstico y esto se daba por la medicación. Si porque solo tomo la medicación esa es la solución, entonces el 75 por ciento del Penal estaría curado ya que esa cifra no hace más que tomar la medicación. Si fuera así entonces todos tomamos una pastilla de la felicidad y así somos todos felices”.

“Trabajo en la biblioteca por una cuestión de herencia paterna, me gusta el arte, las letras y todo lo que tenga que ver con el crecimiento espiritual e intelectual. La posibilidad que abordé, porque uno se convierte en gestor de la institución también, es prestar libros a los chicos, ver los problemas que hay”.

“Hice una lista con las cosas que realicé antes de matar. Uno se pone en filósofo del Derecho y se pregunta qué es la Justicia”

“Hice una lista con las cosas que realicé antes de matar. Uno se pone en filósofo del Derecho y se pregunta qué es la Justicia, si no encuentra nada en la materia que me levante sería eliminarme a mí del mundo. Ahí es donde viene la otra parte, uno pone el cuerpo a disposición de lo necesario. Igual desde el primer momento que llegué al Penal mandé una audiencia desesperado pidiendo trabajar en la carpintería que me parecía un lugar adecuado para mí.
Trabajé desde el 9 de septiembre de 2016 hasta enero 2017 y ahí el jefe me dejó hacer pulseras e hice para toda mi familia y amigos hasta el mes de mayo de 2017. Después entré en la biblioteca, ya estando en el pabellón de trabajadores, desde el 22 de mayo del año pasado hasta la actualidad. Mis amigos me vienen a visitar y me trajeron 50 libros. Es un lugar que me gusta porque puedo dar algo, tengo gente interesada en ingresar y que puede llegar también a ayudarme”.

“Uno se convierte en gestor porque las instituciones Argentinas a lo largo del siglo XX tienen el problema que han sido interrumpidas a veces caprichos ideológicos. Entonces están medio venidas abajo y hay corrupción en la cárcel, hay gente que se lleva un pedazo de comida y los mismos carceleros te dicen ‘allá se comía mejor, acá no sé dónde queda el queso’. Es un problema que está”.

“Tendría que ser ley que el preso tendría que convertirse en militante para construir la institución y ahí creo que tendríamos una mejor salud mental. Si eso sería ley y si me puede analizar un psicólogo y un psiquiatra y va a mejorar mi salud mental entonces estoy en el camino adecuado militando en ese lugar. Pero la contrapartida es que tengo cinco minutos mensuales de psicóloga, entonces yo no puedo ver mi tema personal y mi psiquiatra no me ve nunca”.

“Yo también quiero seguir haciendo cosas cuando me vaya de acá. Hablé con un amigo para llevar espectáculos de teatro y como proyecto futuro hacer una varieté. Sigo con esto de hacer cosas. Un preso armó un taller de guitarra y me sumé, hago macramé en un taller semanal (…) Hay que hacer una conexión entre los presos y las instituciones de la sociedad. Establezcamos un lazo con una institución que el reo se sienta contenido. En alfabetización es algo en lo que me siento útil ya que me parece fundamental alfabetizar. Enseñando aprendo a enseñar”.

“Lo de deporte y recreación que hago también tiene que ver con gestar, porque la cancha de tenis estaba mal marcada entonces mi papá mandó sintético blanco, tiramos los hilos de macramé con un chico que es pintor. Mi primo y mi tío me mandan las pelotas. Después surgió la mesa de ping pong. Cuando nos autorizaron mi padre fui a visitarme, se quedó hasta el lunes en un hotel, compró la madera y yo la pinté. Tenemos mesa de ping pong”.

“La verdad que los profes de educación física de la unidad, tengo que ser botón, no hacen nada. Diego que es el que nos saca a jugar al ajedrez por ahí tiene alguna iniciativa de dar algún curso. Ahora los profesores de educación física están con el celular en la cancha, no les importa nada. Son sueldos fundamentales para hacer recreación con la cantidad de abanico que tiene el juego para el loco”.

“Lo vocacional tiene que ver con leer. Estuve leyendo Maupassant un escritor francés que en uno de sus cuentos habla de lo que pasa por la cabeza de alguien que comete un crimen. Me puse a leer porque la lectura puede llegar a introducirnos en un universo que uno desconoce. Maupassant habla de todo lo que pasa por la mente y digo mirá las cosas que sufre este tipo antes de hacerlo y todo lo que le pasa después de lo que hizo. Las cosas que lo atosigan a él después de haberlo hecho, no como en las películas que aparece el héroe mató al malo y siguió la vida”.

“Inventemos una medicación para ser felices y ya está, no hacemos más nada y no tenemos voluntad”

“Tenemos problemas de pibes que van al barrio se tirotean y no saben si volver. Y ahí me pregunto si la sociedad no tiene una pastilla para que no se cag.. a tiros en el barrio. Pareciera que el psiquiatra tiene una mirada completamente estrecha, no así con otros que estuve hablando y tienen una mirada abierta usando la medicación como medio y no como fin en sí mismo. Porque si la usamos como fin, entonces inventemos una medicación para ser felices y ya está, no hacemos más nada y no tenemos voluntad. Los problemas modernos requieren de superar la especialización que vienen desde el siglo XV con el tema de la ciencia, después la edad media y el siglo XIX. Toda esa especialización llega hoy a un punto en donde uno dice somos víctimas de esa desmesurada especialización que no nos lleva a tener una mirada crítica e integral de todo”. (Facundo dixit) .

El caso

Como oportunamente se informó en pleno temporal de mediados de septiembre de 2016, por la mañana, un dramático hecho de sangre se apoderó de la vivienda ubicada en Basílico 1450, donde se desencadenó un matricidio. Allí, en el corazón de Villa Aguirre, en una dependencia secundaria del hogar, Juan Facundo Fernández, de 31 años, le puso fin a la vida de su madre, Silvia Alejandra Ordóñez, de 54. El hombre, que padece una enfermedad psiquiátrica, quedó internado transitoriamente en el Centro de Salud Mental y luego quedó alojado en la Unidad carcelaria, declarado inimputable.

La causa caratulada “Homicidio agravado por el vínculo” la instruyó el fiscal Gustavo Morey, quien participó de las diligencias en el lugar del hecho. El aprehendido fue sorprendido por la policía en la escena, minutos después del crimen. Según la investigación, llamó a un amigo y le confesó: “Maté a mi mamá”. Ante esa tremenda declaración, a las 11.35, el testigo se comunicó al 101 de emergencias y dio aviso de lo sucedido.

El hallazgo
del cuerpo

Cuando los efectivos de la Seccional Cuarta y de la Policía Local arribaron a la vivienda de Basílico 1450, el amigo de Juan Facundo Fernández ya estaba en el lugar y les entregó las llaves del domicilio. Había mantenido un breve contacto con el homicida y lo había encerrado en el interior del domicilio por temor a que pudiera atacarlo.

Entonces, la policía abrió la puerta principal, encontró a Fernández y lo puso a resguardo, además de evitar cualquier reacción con la que pudiera agredir a otras personas. Sin embargo, trascendió que estaba tranquilo y que no opuso mayor resistencia.

De inmediato, una comisión policial recorrió los ambientes de la casa, atravesó un galpón y dio con una tercera dependencia, donde encontró el cuerpo sin vida de Silvia Ordóñez. La mujer yacía sobre el piso, de costado y estaba tapada con una manta.

Tras preservar la escena del asesinato, el comisario de la Seccional Cuarta Darío Fresco y el jefe distrital Rubén Frassi convocaron al fiscal Morey, quien coordinó la investigación desde el principio. En tanto, cerca de las 13, los peritos de la Policía Científica comenzaron a levantar rastros y secuestraron gran cantidad de elementos importantes para la causa.

Por la tarde, se informó que la operación de autopsia estableció que la muerte se produjo por un paro cardiorrespiratorio por asfixia mecánica, a raíz de un estrangulamiento a lazo. Además, el cuerpo presentaba algunos traumatismos por golpes.

Además, se confirmó que Fernández utilizó un rollo de alambre -que podría haber tomado del mismo galpón- para terminar con la vida de su madre. Es que en ese espacio de la casa funcionaba un taller, en una construcción de material y techada, donde había distintos tipos de herramientas. Incluso, trascendió que el imputado era artesano y vendía su producción de collares y pulseras por las calles de la ciudad.

El móvil

Según los primeros datos que manejaban los investigadores por aquellos días, Juan Facundo Fernández había viajado de mochilero a Bolivia y regresó a Tandil hacía unos quince días. Desde entonces frecuentaba y pernoctaba en la vivienda de su madre, quien era actriz y ahora tenía un estudio donde se tomaban fotos de estilo antiguo.

El hijo de la víctima había sido paciente del área de Salud Mental del Hospital Santamarina y su última internación se había registrado en 2014. De acuerdo al relato de testigos, le reprochaba a su madre por la última vez que había avalado la decisión de alojarlo en el centro psiquiátrico.

Guillermo Liggerini

Guillermo Liggerini

Sec. de Redacción El Eco de Tandil

Nota proporcionada por :

  • ElEcodeTandil

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