Más testimonios comprometieron la suerte procesal de Ricardo Polich, el hombre que enfrenta un juicio tras vivir fugado 14 años

El Eco

Una treintena de cuerpos que atan a centenares de fojas castigadas por cientos de visados de yemas de otros tantos índices de actores judiciales que desfilaron por una causa que lleva 18 años, tres juicios, cuatro condenados y uno por juzgar. Una veintena de testigos  y dos familias marcadas por la ausencia y el dolor de la pérdida irreparable en manos de la brutalidad de la delincuencia organizada en grupo comando. Ciento setenta kilómetros (de Mar del Plata a Tandil sin escalas) y no menos de diez disparos para ejecutar sin piedad contra aquellos que se opusieran al robo del botín, sacas con dinero del Banco Provincia y dos custodios de Juncadella.

Recordar lo imborrable

A más números. Con 21 años trabajando en una agencia de mandados, desfiló por tres salas de debate e igual cantidad de tribunales. En estos casi 20 años, su vida arriba de una moto estuvo atravesada por aquel suceso delictivo bestial que terminó con la vida de los custodios José Luis Mastronardi y Héctor Montenegro en la estación de servicio Don Rodolfo, de Monseñor de Andrea y Perón.  Los años pasaron y se denota el paso de los años de aquella jovencita que hoy es una mujer y resultó ayer, y también hoy, todo un hallazgo para los investigadores. Un testimonio contundente que no dudó en 2002 (el primer juicio) en señalar a uno de los que efectuó los disparos, en describir cómo acribillaban a los custodios, las características de una de las armas asesinas y el auto en que se fugó la banda.

Lo contaría también en 2006 en el juicio contra Davos Laffite y ayer, en 2018, esa testigo clave hoy con prodigiosa reminiscencia (seguramente el terrible suceso violento quedó sellado en su memoria) replicaría su versión de aquel mediodía, exponiendo un relato casi exacto al que supo proferir ya en dos reversionadas historias judiciales.

Similares relatos se sucederían sin solución de continuidad a lo largo de la tercera y última audiencia de exposición de prueba para el juicio contra Ricardo Javier Polich, ese hombre con residencia marplatense pero con raíces en Tandil que hace tres años está detrás de las rejas de un penal tras haber sido capturado después de 14 años profugado de la justicia, por quien incluso se ofrecía recompensa por su paradero, considerado uno de los hombres más buscados y peligrosos del hampa.

Polich también hace cálculos. Por lo bajo y casi en una charla confesional con su defensora, saca cuentas sobre cuántos años deberá purgar si se concede determinados argumentos en una futura apelación frente a la resolución del juez de Ejecución penal. Es que aquí y ahora, frente a este debate y estos magistrados más la contundente prueba que pesa en su contra (principalmente aquellos que lo identificaron manejando el auto utilizado para arribar y escapar de la escena del doble homicidio), la cosa parece juzgada y sospecha, con razón, que le caerá la sanción más gravosa que supo recibir el resto de los condenados años atrás, la reclusión perpetua.

Testigos

En efecto, alrededor de las 9 de ayer en una de las salas de la sede judicial azuleña se ventiló un nuevo capítulo para una vieja historia policial tandilense. Resultaron seis los testimonios que se sumaron a la veintena que ya desfiló frente a los jueces Joaquín Duba, Martín Céspedes y Carlos Pagliere (h).

Tanto la citada mujer, que ratificó lo suyo, lo propio hizo la otrora joven también, ya mujer, que trabajaba en el local de ventas de la estación de servicio donde se desató la balacera. Ella guarda en sus retinas y verbalizaría una vez más aquella escena en la que dos sujetos trajeados primero y dos de ropa informal, instantes luego ingresaron al local y una vez arribados los custodios fueron acribillados delante de los clientes y empleados. La testigo principalmente retendría en su memoria cómo uno de aquellos hombres empuñando un arma disparaba una y otra vez contra la humanidad de uno de los uniformados de Juncadella, que ni siquiera atinó a tomar su arma reglamentaria y que estuvo instantes “eternos” erguido como acto reflejo de los impactos que recibía hasta que cayó en el piso.

La testigo también reproduciría que uno de los jóvenes que había ingresado llevaba consigo una mochila, la cual una vez disipado el peligro advirtieron que había quedado en la escena, abierta (se desprende que los delincuentes tenían allí las armas que utilizaron para los homicidios).

Lo propio reseñaría otro vecino que arribó al lugar aquel mediodía casi a la par del camión de la empresa de caudales para cargar nafta en uno de los surtidores. Desde el espejo retrovisor del coche vería cómo un auto Fiat Duna se instalaba detrás de su Renault 12 y aceleraba como para emprender una picada, lo que en definitiva luego sería una frenética y virulenta fuga, no antes de subirse al menos dos sujetos.

El testigo una vez abajo del auto, precisamente vio cómo uno de esos sujetos que luego subiría al auto a las corridas, fue el que ejecutó al menos dos disparos a uno de los custodios que ya estaba tendido en el piso, del lado de afuera del local comercial. Toda la escena, el testigo la observó cual intermitente proyección de diapositivas, siendo que fue capturando imágenes mientras se parapetaba detrás de su automóvil ante la balacera indiscriminada.

Vinculaciones

El resto de los testigos debió ser primero ubicado y después trasladado compulsivamente,  y resultó personas que no hicieron más que trazar cual árbol genealógico los vínculos de los integrantes de la gavilla. Principalmente en este caso -Polich-, las relaciones que tenía el acusado con el resto, léase Jorge Agustín Fente, Mauricio Binasco, Jorge Miguel Balsas y Luciano Alfonso Davos Laffite, este último por convivir unos años tras las rejas por ilícitos anteriores. Los anteriores por vecindad y lazos de afinidad por ser novio o cuñado de alguna mujer en común y viceversa.

Asimismo, uno de los citados aportó sin querer (fue quien le unía un lazo de afecto ya que lo había criado desde pequeño) las asiduas visitas que Polich hacía por la ciudad, como distintas llamadas que realizaba. Registros telefónicos que en su momento, en plena pesquisa, fueron rastreados y permitieron concatenar el mundo de relaciones de los sospechosos.

En ese contexto, también habían atestiguado en la antevíspera otra media docena de vecinos, quienes también dejaron indicios vehementes sobre las estrechas relaciones que unían a los integrantes de la banda capturada.

Resultaron claves para la acusación, claro está, principalmente aquellos que lograron identificar antes, durante y después del trágico suceso delictivo, al mismísimo Polich conduciendo el auto Fiat Duna blanco. Incluso aquellos que eran familiares del hombre que hasta hace apenas unos tres años atrás era uno de los más buscados en el territorio bonaerense y terminó siendo capturado en medio de un procedimiento rutinario de identificación de personas en el corazón de Buenos Aires.

El delito y la pena

Cabe consignar que el fiscal Marcos Eguzquiza considera que Polich es autor penalmente responsable del delito de “Homicidio agravado por haber sido realizado con el concurso premeditado de dos o más personas y por la finalidad de facilitar la consumación del otro delito -dos hechos- y robo agravado por uso de armas, en concurso real”, por lo que en el venidero alegato, a realizarse el martes próximo, factiblemente solicite la pena de reclusión perpetua, figura que tratará de revertir la defensora oficial Adriana Hernández.

Números

-En 2000 ocurrió el doble homicidio.

-En 2002 se juzgó y condenó a Martín Balsas, Fente y Daniel Binasco.

-En 2006 fue sentenciado Davos Laffite.

-En 2018 se juzga de Ricardo Javier Polich, quien estuvo 14 años fugado de la Justicia.

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  • ElEcodeTandil

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