“El objetivo del centro terapéutico El Andamio es lograr lo máximo siempre”

Detrás de la fachada de la antigua casona de Sarmiento 654, todos los días pasan cosas distintas: un grupo de chicos cocina tartas con las verduras que ellos mismos sembraron y cosecharon, otro anuda tiritas de totoras con mucha concentración y uno más, en el patio del fondo, trabaja la tierra y prepara plantines para llevar al vivero. En alguna de las salas, por las tardes, una fonoaudióloga trabaja con una niña, un profesor de educación física tiene a su cargo a otros chicos bastante movedizos e, incluso, algún profesional charla y asesorará a una familia. A veces también se hace alguna salida grupal. Detrás esa fachada de casona antigua funciona El Andamio, un centro terapéutico integrado por un grupo de profesionales que trabaja a diario con dedicación, compromiso, profesionalismo, sensibilidad y calidez.

El Andamio nació gracias al trabajo incansable de la licenciada Dina Bos, quien soñó con un espacio terapéutico educativo integral para niños, jóvenes y adultos con distintos tipos de discapacidad integral y diferente a lo ya conocido. Luego de años de investigación y de desarrollo, concretó su anhelado proyecto en 2014. El Andamio tiene como objetivo ofrecer a la comunidad un espacio de apoyo para que cada uno de los concurrentes logre su máximo desarrollo de manera activa y pueda desenvolverse en todos los ámbitos de su vida cotidiana de forma segura, independiente y eficaz. El Andamio trabaja para lograr que todos, en la medida de sus posibilidades, alcancen el control de su propia vida y una mejor calidad de vida. “Desde este punto de vista se podrá hablar de situación de igualdad en pos de la inclusión”, indica la institución. Dina Bos, licenciada en psicomotricidad y alma mater de El Andamio, charló con El Eco de Tandil sobre este novedoso espacio.

-¿Cómo nace la idea de crear un espacio como El Andamio?
-La idea viene de muchos años atrás. En mis primeros años como profesora de educación física me llamaba la atención el trabajar con aquellos niños que necesitaban más tiempo para aprender. Siempre tuve cierta predilección hacia las personas a las que les costaban más los aprendizajes en las distintas áreas. Por ello enriquecí mi formación con la Licenciatura en Psicomotricidad, la especialización en atención temprana del desarrollo infantil, y la Carrera de Psicología Social. Y trabajando desde la psicomotricidad empecé a darme cuenta que sola no alcanzaba, que tenía que convocar a otros profesionales, y que me encantaba charlar con psicólogos, con fonoaudiólogos, y con profesionales de otras disciplinas. Al darme cuenta que necesitaba del otro para enriquecer mi mirada surgió esto de generar un espacio diferente, y más en una ciudad como es Tandil, donde hay muchísima población. De a poco la idea se fue gestando. A partir de 2012 el proyecto comenzó a tomar forma y en el 2014 lo pudimos abrir.
-¿Qué hace a El Andamio diferente?
-En primer lugar el atravesar todas las edades. Además, la institución tiene en sí una mirada muy particular. Yo soy licenciada en psicomotricidad desde una formación que se llama psicomotricidad operativa, que es una forma de ver al sujeto muy holística, muy integral. Se tiene muy en cuenta al otro, se toma al sujeto desde una construcción personal siempre viendo las potencialidades, lo que el otro tiene. También es una mirada muy atenta a las necesidades de la familia… De esta forma, la verdad es que uno deja de ver muchas veces realmente la discapacidad y ve a la persona, al sujeto, a la potencialidad.
-Una mirada integral.
-Sí. Tenés desde una familia que se acerca con un nene chiquitito con cualquier patología y mientras ellos están haciendo la consulta aparece un adulto o un joven que por ahí tiene una patología similar y está haciendo alguna actividad en la institución… En ese momento la misma familia ve que hay alguien que tiene lo mismo que su hijo, y que está pudiendo hacer algo, que está pudiendo ser alguien, que está contando una experiencia, que forma parte de un proyecto… o por ahí está convidando una tarta que acaba de hacer en el taller de cocina, está pintando un cajón para materiales, está armando el vestuario para la fiesta final, el regalo para el día de la familia. Esas cosas que atraviesan y que dejan ver que hay proyectos reales, que los jóvenes están bien, que lo pasan bien, que aprenden cosas, que son sociables… Tratamos de integrar, de socializar.
-El entorno y los mismos chicos vuelven todo más natural.
-Exacto. Tratamos de ayudar a perder el miedo a esto de lo diferente, porque la realidad es que todos somos diferentes. Lo que hacemos es decir, por ejemplo “este chiquito con este diagnóstico es un niño aquí y ahora diferente a otros, nosotros como equipo junto a su familia vamos a apoyarlo, vamos a intentar sacar el máximo potencial y vamos a lograr el máximo desarrollo posible”. Siempre es ese el objetivo y la promesa que se le hace a la familia. No comparamos, el objetivo es lograr lo máximo siempre. En el pequeño o en el adulto. Y cuando ves a los chicos con sus ganas, cuando uno de los adultos ayuda a uno de los más chicos a realizar a alguna actividad, con tanto amor, con tanto interés, te das cuenta que se genera en un ámbito que también hace El Andamio único.

Un espacio para todos

Dentro de los servicios está el Centro de Estimulación Temprana, dirigido a bebés y niños de hasta 6 años y a sus familias; el Centro Educativo Terapéutico, dirigido a niños desde los 5 hasta los 17 o 18 años aproximadamente y el centro de día, para jóvenes adultos de 17 años en adelante. Además, la institución ofrece la posibilidad de acceder a sesiones individuales o grupales con diferentes profesionales especializados y brinda asesoramiento sobre distintos temas de discapacidad. “Cada espacio cuenta con un horario diferenciado, pero hay actividades que los cruzan, y esos momentos también son únicos. Hace poco hicimos un baile en el turno de la tardecita para festejar la primavera. Y en ese horario estaban los más chicos. Se generó una cosa divina, es genial como los grandes se encuentran con los chiquitos y son cariñosos, y los saludan, los cuidan y los protegen. Y los chiquitos los miran como admirados. La verdad es que suceden cosas que son muy lindas, que nos movilizan y que nos empujan día a día a seguir para adelante con todas las ganas”, confió Dina.
-¿Qué tipos de actividades se desarrollan?
-Depende de los servicios. En el centro de día el perfil es más ocupacional. No brindamos la salida laboral, pero orientamos, los ayudamos a adquirir habilidades o destrezas que les puedan servir para hacer algún tipo de actividad ocupacional, y también para colaborar más en el hogar y ser lo más autónomos posibles en su vida diaria. Para eso trabajamos con talleres rotativos. ¿Ejemplo? Actualmente hay un taller de alfombras que se hacen con totoras. Están quedando preciosas, tienen un montón de pedidos, y está buenísimo porque ellos mismos los levantan por internet, compran los insumos, realizan a mano las alfombras, las entregan y con el dinero de lo recaudado vuelven a comprar nuevos insumos. Todo el proceso lo hacen ellos mismos. También hay taller de huerta, de jardinería, de cerámica, de cocina, de producción artesanal, entre otros.
-Cuentan también con actividades recreativas por fuera del centro.
-Sí, y cada vez nos animamos más en función de la respuesta que hemos tenido de nuestros propios jóvenes y niños cuando salimos. Realmente están felices. Responden tan bien que nos han dado cada vez más ganas de salir con ellos afuera e invitar gente. Hace poco vino la Escuela Polivalente de Arte a ofrecer un espectáculo hermoso. También nos visitó un grupo del Conservatorio de Música Isaías Orbe, y próximamente nos visitará la Banda Municipal para la realización de un concierto didáctico. Todos nuestros jóvenes disfrutan muchísimo estos eventos que son al mismo tiempo educativos-recreativos. Cada uno de ellos se cierra con un espacio de intercambio y socialización donde se comparten las producciones del taller de cocina realizadas por nuestros concurrentes. También vamos a las plazas, hicimos picnic de la primavera, fuimos al jardín Cocomiel, les llevamos regalitos que ellos construyeron para el día del niño. Hacemos bailes. Son momentos hermosos.
-¿Qué cosas te sorprenden día a día?
-La respuesta de los mismos niños, jóvenes y adultos que concurren diariamente. Ellos son los que te dan la fuerza para seguir, para no aflojar, y para día tras día seguir pensando “¿qué más puedo hacer?”. Me sorprende cómo siguen mejorando cosas que por ahí se cree que ya no se puede por la edad… ¡y ellos te demuestran que sí se puede! La sencillez, la humildad, la generosidad que tienen. La franqueza. Eso te mueve más que cualquier otra cosa en el mundo. Es eso, lo cotidiano, lo que te sorprende. Es un desafío continuo. Y además, por suerte, nos pudimos rodear de profesionales, de personas que también aman lo que hacen y que están comprometidas. Sumado a esto el apoyo de las familias que nos confían a sus hijos y continuamente se muestran comprometidas con la institución para favorecer y enriquecer el proceso de andamiaje y desarrollo de sus hijos.

El Andamio y sus talleres

Por El Andamio

Desde hace algunas semanas venimos relatando los diferentes talleres que se realizan en la institución terapéutico educativa El Andamio. Hoy queremos agregarles, a modo informativo, de dónde proviene esta modalidad de trabajo.
Cuenta una antigua leyenda persa que, al comienzo de los tiempos, los dioses repartieron la verdad en diferentes trocitos, dando a cada persona un pedacito de la misma, de modo tal que para volver a construirla era necesario el trocito de cada uno.

Según la leyenda, entonces, no hay trozo de verdad desechable, por pequeño o grande que sea. El de todos es necesario. El tuyo también para construir o acceder a algo tan valorado o tan preciado como la verdad.
Lo mismo sucede con nuestras capacidades. Todos aprendemos entre todos, poniendo a disposición nuestros saberes y nuestras capacidades, por pequeños o grandes que puedan parecer. Todo lo que aprendemos lo aprendemos junto a otros. Hablamos entonces de aprendizajes cooperativos.

Los talleres justamente favorecen este tipo de aprendizajes. Se realizan en grupos a partir de los intereses y posibilidades de quienes participan, a través de la cooperación para alcanzar objetivos comunes. Se aprende a poner atención a la escucha, a interactuar, a valorar la palabra del otro y el valor de la gestualidad, lo que se dice y lo que se hace, a desarrollar iniciativas y a compartir el conocimiento sin dejar de lado la emoción que se despierta en cada uno. Los talleres son precisamente instancias didácticas del buen hacer. Las cosas que se hacen se recuerdan mejor que las que solo se ven y muchísimo mejor que las que solo se oyen. Así lo señalan autores y estudiosos de esta modalidad que desde hace un tiempo viene haciéndose un espacio importante en la educación actual.

Dentro de este marco hoy les queremos acercar la experiencia del taller de cocina, que es uno de los que los jóvenes más esperan cada día miércoles en El Andamio.

En este taller se busca capacitarlos en las técnicas culinarias y diversas preparaciones de recetas promoviéndose hábitos saludables de alimentación e higiene necesarias para la manipulación de los alimentos.

Se trabaja en las actividades de la vida diaria básicas e instrumentales en pos de desarrollar las competencias necesarias para el logro de la máxima autonomía posible.

El taller de cocina se encuentra en estrecha vinculación con el taller de huerta, por lo que en ocasiones las especialidades son galletitas con hierbas aromáticas de su propia producción, otras veces galletitas dulces, medias lunas, ñoquis, pepas, muffins, etc.

Cada miércoles nos invade un aroma a sabores caseros que viene desde la cocina y nos despierta las ganas de hacer compartir y degustar.

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