Hace 45 años se iba Gatica

Esta nota salió en el año 2004 en un número especial que hizo la revista Ring Side dedicado a Gatica. Carlos Irusta me pidió un enfoque y lo titulé: ?La primera piedra?.
Lo miro desde la vereda de enfrente. Está sentado a una mesa del bar que linda con la boletería de Corrientes y Bouchard. Una gastada gorra a cascos, que parece enorme, y una maltratada bufanda anudada a su cuello enmarcan su cara. Está solo. Muy despacio va desapareciendo el licor del pequeño vaso. Algunos lo saludan y contesta con un pequeño ademán. Es Gatica, desde hace mucho tiempo ?El Mono?, lo de ?Tigre? pertenece a otras épocas, que serán inolvidables en el tiempo y en la historia.
Allí está, tan calmo como cuando subía al ring. Con la cabeza erguida, la mirada firme como cuando los chisporroteos de la gloria y la fama lo convirtieron en blanco de la idolatría de los abonados al éxito y la adulonería. Esos que hoy ni le pagarían la copa que necesita. Los mismos que lo aplaudían cuando subía al ring con la bata que decía ?Viva Perón? y ahora lo detestan porque es el epítome del ?cabecita negra?, ése que vino de la provincia y terminó en una villa de la isla Maciel.
Mientras que como boxeador fue idolatrado, como hombre fue atacado, maltratado, destruido y hasta se utilizó su decadencia para endilgarle al boxeo todas sus desgracias. Pero su signo estaba escrito en la pobreza en que se crió, en la ignorancia en que creció y en la única forma que pudo brillar entre los demás, a los golpes, a puro coraje con la ayuda del instinto o la intuición, que fue todo lo que le regaló la naturaleza para triunfar.
Como virtud, le dio un corazón que pocos conocen. Ese que palpitaba de alegría cuando a los pequeños lustrabotas les compraba el cajoncito por mil pesos o a los canillitas el toco de diarios por el mismo precio. Para hacer frente a su decadencia y desamparo tenía el don de la indolencia bien entendida, si bien puede entenderse, y el conformismo propio del que al fin de cuentas vivió más en las privaciones que en la abundancia.
Fue el deportista más visible de los favores del peronismo. No fue casual su viaje a Estados Unidos, era una fuerte jugada del gobierno de Perón para tener un campeón del mundo. Pero quien fue a pelear era Gatica hombre, el que nunca entendió lo que ?era una oportunidad?, no era el ?Tigre?, ni siquiera ?El Mono? y aunque no recibió el mismo maltrato que Mussolini le dispensó a Primo Carnera, los favores se fueron desvaneciendo y empezó a deslizarse desde la gloria por una pendiente que lo llevó hacia la nada. Al vacío.
Dicen que fue soberbio en el pináculo. ¿Acaso no serían chispazos de la insolencia inocente que regala la marginalidad? Su desplante más célebre fue con el presidente Perón, y qué fue sino, nada más que un destello de su desfachatez innata. Algo que Perón también supo comprender.
Nació en un día histórico, un 25 de Mayo, como si una profética coincidencia avisara que este chico, que venía al mundo en Villa Mercedes, San Luis, tenía reservado un lugar en la historia del pueblo, ese pueblo que un día dolido por su trágica muerte hizo una colecta para que una corona lo tuviera presente. Dos días antes, el que estuvo rodeado de multitudes, ése de la gorra a cuadros y la maltratada bufanda que hacía estallar el estadio cuando entraba a la popular del Luna Park, con sus huesos aplastados por la rueda de un colectivo y una vida rifada, le pedía a un desconocido, en la soledad del olvido: ?Hermano, ayudame, no me dejés morir?.
Nadie le enseñó a boxear, nadie le enseñó a vivir. Cierto es que fue indomable.
Su final no fue nada más que la apretada síntesis del conjunto de factores que formaron esa personalidad. No son pocos los que se atreven a juzgarlo, y mal. Prefiero estar convencido de que no soy capaz de tirar la primera piedra.

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