Jóvenes escritores de ficción

“El concierto” por Kevin Grierson

En la orquesta había muchos instrumentos: el clarinete, el acordeón, el piano y otros, pero el principal actor de esta historia que voy a contar, es el trombón.
Fue una función con un acto increíble, la sala estaba repleta de grandes, chicos, abuelos, madres que, en algunos casos, iban acompañados hasta por sus bebés. Ese día hacía mucho frío, por lo tanto, a las personas se les daba un vasito descartable con café, un gesto compasivo que agradó mucho a todos.
Cuando comenzó la función, la gente presenció un show espectacular, la sala estaba tan bien ambientada, que varios no encontraban explicación para expresar su emoción, había que estar en el lugar para poder entenderlo.
Lo bueno era que en la sala no se podía fumar, entonces, la gente que no fumaba, podía disfrutar de un evento agradable, sin molestias. Recuerdo que a la primera persona que prendió un cigarrillo se le indicó respetuosamente que en la sala no se podía fumar.
Estaba todo muy bien decorado, había con muchos cuadros y una ilustración que atrajo las personas, tal vez era por su pintor, Salvador Dalí.
Al pie del escenario había un japonés, vestía un elegante traje y dio la orden de que comenzara la función. Cuando empezaron a sonar los instrumentos, los cuadros, la atención y la elegancia quedó chica, era una actuación espectacular, la gente estaba conmovida.
Hacia el final ocurrió un accidente, tal vez fue una lección de que no todo en la vida es perfecto. La gente estaba tan pero tan emocionada por lo que había vivido, que comenzó a aplaudir con mucha fuerza, tanta, que provoco un remolino de viento que llegó hasta el escenario. De pronto, comenzaron a sacudirse los músicos y, era la tanta la presión del viento, que éste llegó hasta el trombón, entró por el instrumento y llegó a la boca del músico, provocándole un atragantamiento con sus propios dientes y la muerte. El acto se cortó y la gente fue retirada con seriedad del lugar.

“Encuentro” por Malen Giudice
 
Ese día estaba leyendo el diario, como todas las mañanas, creyendo que sería un gran día en el que conociera al gran amor de mi vida. Muchas veces me habían aconsejado que no tuviera esa ilusión, porque nunca sabría si ese momento llegaría, sin embargo, las esperanzas en mi nunca morían y seguía pensando positivamente.
Bebí mi café, bien cargado y muy caliente. Tomé el diario, leí algunas páginas, y me detuve en los clasificados. Me encantaba ver cómo las personas publicaban avisos de todo tipo: románticos, informativos, y hasta de personas que buscaban compañeros de amores. Uno de los avisos me atrapó: “Conocerte, besarte, cuidarte y amarte fueron las mejores formas de demostrarte mi amor. Carlos”. Era raro que, con solo un aviso publicitario, la gente pudiera mostrar amor a otra persona.
Otro de los avisos en que me detuve era de un chico que había publicado lo siguiente: “Chico tímido busca… bueno… esteee… no, bueno… nada… no importa…”. Al principio comencé a bromear sobre la forma de escribir el aviso, pero luego me di cuenta que no podía burlarme. Pensé que su propia timidez lo había llevado a retractarse y no poder completar. Si yo estuviera en su lugar me resultaría chocante que no me entendieran y que actuaran de esa forma conmigo. Me puse tan mal que decidí llamar al número que estaba al pie del anuncio para hablar y confesarle que quería conocerlo. La llamada fue un éxito. Más allá de que Nicolás era tímido, pudimos acordar encontrarnos y conocernos.
Pasaron algunos días, yo seguí con mi vida normal. Sin embargo, el día había llegado, y aquella noche me encontraría con él. No sé por qué motivo, pero nada me detenía de conocer a Nicolás, ese chico tímido que tanto me llamaba la atención. Todo me llevaba al encuentro, sentía que el universo me empujaba a dar con la oportunidad que se me estaba presentando. No podía faltar de ninguna manera, no podía, ni quería, era algo que realmente sentía que tenía que hacer.
Se acercaba la hora. Comencé a ponerme nerviosa, tenía la necesidad de gritar, y lo hice. Luego empecé a reírme porque hacía mucho que no me ponía tan tonta y me venían a la mente ocurrencias poco comunes a mí, tales como mentir.
La hora llegó y asistí a la cita. Nicolás me estaba esperando en la gran fuente de la ciudad. Al verlo quedé impactada, no sólo por su belleza, sino también por su personalidad. Pasaron algunas horas. Había llegado el momento de que cada uno se marchase.
Yo tenía una sonrisa que no podía borrar de mi rostro y me sentía bien, alegre, con ganas de que hubiera un segundo encuentro.
No podía negarme a mí misma que esto que sentía era felicidad, tampoco podía preocuparme por otros asuntos: estaba embobada con aquel encuentro tan asombroso y extraordinario que se había dado.
Me reí. ¿Había llegado aquel día tan esperado donde encontrara a mi gran amor?

“Las estatuas” por Camila Osinaga
 
Cuando llueve me dan no sé que las estatuas, siento que su pintura blanca va a salpicarme y manchar mi ropa moderna, por eso cada vez que pasa, de una forma disimulada, me alejo lentamente de ellas y, en el caso que la distancia no sea suficiente, me cubro con mi paraguas para poder evitar todo tipo de riesgo.
Cada mañana paso por la misma plaza cuando voy a trabajar, nunca en ella faltan esas personas típicas: la pareja feliz y enamorada, el jardinero, el paseador de perros, el hombre con traje y corbata hablando siempre con su celular de última tecnología, la loca que espanta y aleja a la gente que se acerca a ella arrojándoles con gatos, el joven que toca la guitarra y se gana la vida con lo que logra recolectar de su pequeña limosna cada día, el mimo, el payaso que le regala globos a los niños, el vendedor de pochoclos y algodones de azúcar y otros. Pero las estatuas son lo único que me retiene por unos segundos en el camino. Siempre me llamaron la atención, quizá porque nunca pude comprender qué función cumplen realmente. Nunca emiten una sola palabra, aunque sí sombra. Siempre se pintan de color blanco, como si alguien las hubieran asustado y sus cuerpos se hubieran quedo pálidos de por vida. Se quedan quietas por horas, dando la sensación de que están siempre dormidas.
Lo que pude notar es que nadie se les acerca, ni siquiera en los días de sol, yo soy el único que las observa atentamente esperando alguna reacción de ellas. En una de mis observaciones noté que una de las tres estatuas siempre tiene cara de triste, de dolor, de sufrimiento, como si algo malo le hubiera pasado.
Un día decidí faltar al trabajo con la excusa de que estaba engripado. Lo hice para quedarme todo el día en la plaza y esperar que la estatua que tanto me llamaba la atención, terminara su hora de trabajo para poder acercarme a ella y preguntarle porqué tenía esa cara a la hora de convertirse en una estatua. Llegó el momento que el día se transformó en noche, y las personas que trabajaban en la plaza empezaron a recoger sus cosas e irse. De pronto noté que la estatua empezó a moverse y a ordenar sus cosas, me acerqué a ella y le pregunté. Me contestó que cuando era chico observaba atentamente a las estatuas, y que todas tenían la misma cara de serias, de aburridas, sin demostrar ni expresar nada a la gente que pasaba a su lado. Entonces decidió convertirse en una de ellas con la condición de hacer gestos dependiendo de su estado de humor. Al obtener esa respuesta me surgió otra duda, si su gesto dependía de su estado de humor, ¿porqué siempre estaba triste? El me volvió a responder, diciéndome que demostraba tristeza porque era la única estatua que podía hacerlo.
Teniendo la respuesta de mi gran duda me despedí y pude entender que cada una de tres estatuas tiene una función: demostrarle a la gente, y a su particular manera, su humor.

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