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Tandilenses por el mundo

Juan Disteffano, un tandilense barista en el corazón de Sidney

Comenzó su viaje en 2016, cuando partió rumbo a Nueva Zelanda. Hoy se encuentra en Australia y pretende recorrer todo el mundo.

Juan Disteffano junto a Carola, su novia, en Sídney, Australia

Internet

Cada vez son más los jóvenes que emigran hacia nuevas tierras en pos de perseguir un sueño, de tener una mejor vida, de conocer el mundo, de tratar con nuevas personas y enriquecerse en experiencias.

La mayoría de ellos comienzan sus periplos una vez terminados los estudios universitarios. Con título en mano, se lanzan hacia nuevas metas con mayores herramientas para poder subsistir en un mundo que demanda cada vez más capacitación.

Entre los destinos más elegidos se distinguen Oceanía, con Australia y Nueva Zelanda a la cabeza, aunque Europa también es una opción recurrente. Muchas veces el idioma  funciona como una barrera a la hora de conseguir un trabajo, pero siempre se encuentra alguna forma de superarla.

El tandilense Juan Disteffano es uno de los tantos que decidieron expandir sus horizontes y, en diálogo con El Eco de Tandil, comentó que, si bien por el momento se encuentra con su novia en Sídney, Australia, su intención es seguir recorriendo el mundo “hasta que tenga fuerzas”.

 Emigrar

-¿Cómo surgió la idea de irte?

-Surgió en 2016, aunque yo ya venía con ganas de viajar. Después de recibirme empecé a trabajar, y donde pude juntar un poco de plata me saqué un pasaje a Nueva Zelanda, mi primer destino. Ya tenía las ganas de conocer otros lugares, otra cultura, otro idioma. Y elegí Nueva Zelanda porque había leído que se podía progresar, se podía trabajar y se podía ahorrar como para seguir viajando. Así que ahí arranqué, en agosto de 2016.

-¿Qué esperabas encontrar?

-Fue un poco loco, porque me iba a otro continente, al otro lado del mundo. No sé que esperaba, había leído un montón de notas, de blogs, videos en internet. Me imaginaba un primer mundo, un lugar donde no había inseguridad, no había gente en la calle pidiéndote comida o monedas, donde una mujer podía caminar tranquila de noche, donde uno podía tener algo sin miedo a que se lo robaran. Y por supuesto me lo encontré. Nueva Zelanda fue un destino increíble. Es un país donde casi todo es perfecto. Pero también es extraño, porque son culturas muy diferentes. En Sudamérica, en general, somos más amistosos, hay más pasión por todas las cosas que se hacen. Y estos lugares son por ahí más fríos, tienen demasiadas reglas. Hacerte una amistad es más difícil, todo es más estricto, para tener una reunión tenés que ser súper puntual y fijar un día de acá a un mes. Nosotros mandamos un mensaje a las 8 y a las 10 estamos comiendo un asado…

¿Y con qué te encontraste?

-Me encontré con todo lo que había leído. Un país donde todo funcionaba y había un montón de trabajo. Se me había hecho difícil al principio porque yo no hablaba inglés, pero hay muchas oportunidades y está creciendo, es relativamente nuevo: son solo cuatro millones de habitantes en una tierra muy extensa. Básicamente falta gente, entonces hay lugares para trabajar. Obviamente no son los empleos que más te gustan a veces, pero hay. Mi primer trabajo, como no hablaba el idioma, fue lavando platos y ayudando a un argentino en carpintería. Pero de a poco, cuando vas progresando con la lengua, podés encarar algo que se te haga más llevadero. Esa era la idea.

-¿Cómo hiciste con el idioma?

-Me costó muchísimo. El último año en Argentina antes del viaje hice un curso acelerado que me ayudó, pero no se comparaba con alguien que hubiese estudiado toda la vida. Cuando llegué a Nueva Zelanda me di cuenta que no sabía nada de nada. Entonces mis primeros trabajos tuvieron que ser aquellos en los que no interactuaba con la  gente porque no podía hablar con nadie, no entendía. Fue muy duro, no hay nada peor que no poder comunicarte, no poder expresarte, no poder decir un montón de cosas. Pero con el tiempo fue mejorando y hoy ya tengo un inglés medio con el que ya por lo menos puedo mantener una charla.

-¿De qué trabajas actualmente? ¿Qué otros empleos tuviste?

-Trabajos hice dos millones. Los primeros, por mi inglés, fueron los que menos me gustaban. Arranqué lavando platos, trabajando en la construcción, y también  trabajé en los aeropuertos manejando autos. Ese me gustaba, estaba muy bueno.

Cuando volví a Argentina, que estuve unos meses, hice un curso de barista, que es básicamente donde aprendés a hacer dibujos en el café. Y acá, como se utiliza bastante, fue una gran herramienta para conseguir trabajo. Hoy en día hago eso. Estoy en una cafetería donde me pagan muy bien y estoy muy cómodo.

Pero no todo es color de rosa. Antes de esto estuve  en una fábrica de kiwi, ¡y ahí sí que te explotan! Me hacía acordar mucho al “fordismo” o a esas películas de Chaplin donde trabajabas en una fábrica 11 o 12 horas por día. Era totalmente insalubre y te trataban mal. Pero era el único laburo que había en el lugar y con el que podías ahorrar. Igual, no volvería a hacerlo nunca más en mi vida.

De todas formas, se vive muy bien. Trabajando full time, vas a ganar unos 800 dólares por semana y vas a gastar aproximadamente 300. Si te administras correctamente, podés ahorrar mucha plata, incluso hasta 6000 o 7000 USD en tres meses, que te sirve para seguir viajando, lo que hacemos todos los que estamos acá: venimos un año, vivimos en un país hermoso y nos vamos con los bolsillos llenos para poder seguir conociendo el mundo.

 Lejos de casa

-¿Pensás volver al país?

-A la Argentina voy a volver en diciembre de este año pero solo de visita. No creo instalarme de vuelta allá por ahora. Estoy en Australia, estoy trabajando, ahorrando un poco, disfrutando de la playa, de este lugar que es hermoso. Y en un mes nos vamos al norte, para juntar plata y que nos extiendan la visa otro año.

¿Se extraña?

-Extrañar siempre se extraña. Argentina es un país que se hace extrañar mucho. La familia, los amigos, ¡la comida! Tenemos una gastronomía increíble. El fútbol, extraño un montón un ‘picadito’. Acá es todo rugby y criquet, se complica poder jugar un ‘fulbito’. Pero bueno, es parte del viaje. Hay cosas que ganas y cosas que perdes. Lo que se hace complicado también es que tengo sobrinos chiquitos y cada vez que vuelvo al país crecieron 30 centímetros y ya van hablando cada vez más. Y te salteas toda esa etapa que es hermosa, pero bueno, es parte del viaje.

-¿Qué planes tenés para el futuro?

-En septiembre nos vamos (con Carola Aguerreberry, su novia) a África. Queremos hacer unos safaris y también un voluntariado en un pueblo de Kenia que estuvimos viendo, donde la idea es ayudar a los niños a tener más recursos, como por ejemplo escuelas, crear nuevos pozos con agua potable, baños, duchas para que se puedan bañar todos los días o un comedor para que puedan tener las comidas diarias que necesitan. O sea es ir, poner un poco de plata a voluntad y ayudar a que la gente con menos recursos pueda aunque sea cubrir las necesidades básicas. Esa es la idea para este fin de año.

Luego de África volveríamos a la Argentina. De ahí, tenemos una visa para ir a Dinamarca; ya queremos cambiar de continente. Estuvimos en Nueva Zelanda y en Australia trabajando, ahora queremos ir a Dinamarca, hacer un año de empleo y tener la oportunidad de conocer Europa, que es otro sueño.

La idea es recorrer todo el mundo. Hasta que tenga fuerzas, voy a hacer eso. En realidad, hasta que tenga fuerzas y ganas, porque es cansador ir moviéndote continuamente, buscando trabajo y conociendo gente nueva. Todos los lugares terminan siendo tu casa pero al final ninguno lo es, porque siempre tenés que abandonar y a veces se torna un poco duro.

Nota proporcionada por :

  • ElEcodeTandil

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