Las primeras librerías y bibliotecas

El Eco

Sucesos notables en la historia de Tandil. Por Juan Roque Castelnuovo.

Además de las bibliotecas públicas conocidas -como la Bernardino Rivadavia, que data del 2 de junio de 1908- hubo otras, antes y después, que contribuyeron y contribuyen notablemente a la superación intelectual de nuestra población.
Ya en 1887 la Biblioteca Municipal Bartolomé Mitre y la de la Sociedad Dinamarquesa, cumplían con ese elevado objetivo. A ellas se agregaron otras de índole particular -como las del maestro Ramón Carriegos y el dirigente socialista Anacleto Farías, entre muchas más- y las clásicas casas dedicadas a la venta de libros, que también tienen su historia.
Cuando a principios de la década del ochenta del siglo XIX el escritor y periodista Pedro Ugalde San Martín, que había recalado recientemente en Tandil, escribió “La Tragedia de Barracas” y después “La leyenda del Manantial de los Amores”, tuvo que poner sus folletines a la venta en la botica de Curras, ubicada frente a la plaza, porque no había ningún negocio que se dedicara específicamente a la comercialización de libros.
Hasta que en 1892 apareció Nicolás Vitullo con sus talleres gráficos “El Progreso” -ubicados en San Martín 680- quien no sólo se dedicó a la impresión de papelería de escritorio y libros comerciales, sellos de goma, timbrados, etc., sino que se ocupó de editar textos escolares y vender, preferentemente, ediciones españolas, que predominaban a comienzos de este siglo y fines del anterior, con respecto a las nacionales.
Blas P. Grothe, instalado primero en Pinto 29 (numeración antigua) y después en 9 de Julio 423 al 27, ya tenía una librería importante, también, denominada “La Provincia”, a fines del siglo pasado, en cuyos talleres tipográficos editó, en 1889, “Tandils Tidende”, que fue la primera publicación escrita en dinamarqués que circuló en Sudamérica.
En “La Provincia” se ejecutaban todos los trabajos del ramo, desde los más simples y discretos hasta los más complicados, ya sea en una o varias tintas, con la mayor perfección. La casa se especializaba en trabajos comerciales, tarjetas de visita, fantasía y luto, esquelas de participación, invitaciones, tarjetas de Primera Comunión y Año Nuevo, memorias, balances, folletos, talonarios de vales, recibos, giros, etc.
Contaba con un surtido permanente y muy variado de papeles de hilo fino y comunes, blancos y de color, cartulinas blancas, de otros matices y fantasía, etc. A lo que se agregaba un surtido de papel carta para la confección de blocks con membrete, artículos de librería -tanto en útiles de escritorio y de colegio como en otros renglones- encuadernación de lujo y los infaltables sellos de goma y de metal para estampar en lacre.
Los libros, en su mayoría, eran de índole escolar, aunque estaban también los recreativos y técnicos, no alcanzando a superar, en cantidad, las ventas que realizaban Vitullo y Manuel Carné. Este tuvo su negocio desde principios de siglo y por muchos años, en 9 de Julio al 500, junto al pasaje Santamarina, donde hoy está el negocio de Julio César Díaz.
Comercializaba, con su eficiente colaborador Casimiro Aguirre, varios ramos, que iban de cigarrillos al por mayor, pasando por papelería escolar y comercial, hasta artículos para regalos, revistas, figurines de modas, juguetería y librería.
“La Argentina”, ubicada en 9 de Julio 420 y surgida en 1923, fue otra de las librerías importantes. Fue en principio de Adolfo Sosa, pasando a ser luego de Alberto Zárate. Funcionaba en 9 de Julio al 400, vereda par, donde se levanta hoy un edificio de varios pisos. Vendía sólo libros, en especial ediciones españolas, entre las que se destacaban los tomitos de bolsillo de clásicos universales de la firma madrileña Espasa Calpe cuyo precio era de… 20 centavos.
Y, desde luego, desde fines siglo XIX, entre Pinto y San Martín y después en 9 de Julio 600, funcionó la imprenta y librería La Minerva, de Juan B. Ciao.

 

 

NdlR: Esta nota fue publicada originalmente hace 20 años por El Eco de Tandil.

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