Pablo, Soledad, Ezequiel y el resto

Pablo tiene 21 años. Soledad, 18, y Ezequiel, el hijo de ambos, un año y medio. Y ellos tres son una familia. Hace unos días, y aunque nunca habían pensado en realidad que las cosas fueran a ser muy fáciles ya que la vida los ha puesto del lado más frágil desde siempre, de ése en el que se lucha y se  convive día a día  con eso de sobrevivir desde muy chicos, les dio a pleno el hambre.
Acorralados. Desesperados e impotentes, se miraron y miraron a su hijo Ezequiel. ?¿Qué vamos a hacer ahora??, se preguntaron sentados en medio de esa habitación oscura de cuatro por cuatro, hecha de planchones, que es su casa. Y que queda en el fondo.
¿Cómo duele el hambre?, podemos preguntarnos y responder la mayoría de nosotros, pero sabiendo que es cuestión de minutos o sólo de llegar a hasta la heladera o hasta el kiosco o tirar algo en la sartén y esperar que el aroma lo invada todo y regodearnos con la idea de comer.
Pero, ¿cómo duele el hambre cuando se sabe que no es cuestión de minutos, que en la heladera no hay nada y que el kiosco es casi una utopía? Hay sartén pero no hay qué tirar adentro y no hay gas en la garrafa. Duele distinto, porque duele la panza y duele el alma, también.

?Desde ayer que no comemos nada…?

Entonces Soledad llamó, pidió ayuda. Se guardó su orgullo, como lo habrá tenido que hacer tantas veces ya, a pesar de sus apenas 18 años. Nos llamó a la radio, nos dijo que ?Pablo se quedó sin trabajo porque finalizó la obra en la que estaba empleado y hace diez días que está buscando. Que ya ha recorrido casi todas las obras en construcción pero hasta ahora sólo le dicen que deje sus datos, que por ahí lo llaman, pero hasta ahora nada, y la verdad es que no tenemos qué comer…?.
?Desde ayer que no comemos nada?, dijo Soledad con el pudor subiéndole por las mejillas, mientras Pablo, con una gorra de lana en su cabeza, que dejaba a la vista su rostro serio, reflejo de su preocupación y de su incertidumbre, alzaba a su hijo, en la puerta de su casa.
Pero su mirada no fue esquiva, afrontó lo que le toca y siguió hablando, cuando Soledad calló: ?Siempre hago trabajos de albañilería y cada tanto me pasan estas cosas, cuando una obra se termina quedan unos días sin trabajo, pero nunca me había pasado como ahora, de estar diez días sin conseguir nada y que mi familia pasara hambre, que yo pasara hambre, al punto de estar más de un día sin comer?.
Contaron los dos que desde Desarrollo Social le dan el bolsón, una garrafa al mes, pero no llegan con eso.
?Ezequiel toma la teta y sé que para que esté bien alimentado, también se tiene que alimentar Soledad, pero no lo está haciendo. Por estos días nos han ayudado mis padres pero tampoco les sobra, después comimos salteado, pero ahora ya hace de ayer que no comemos y la verdad es que no sé qué hacer?, siguió diciendo Pablo.
Nos quedamos charlando, mientras pensamos en qué podemos hacer nosotros. Le preguntamos un poco por sus cosas, por su vida.
?Nos conocimos en un boliche y cuando Soledad quedó embarazada, decidimos vivir juntos y nos prestaron esta pieza, atrás de la casa de mis viejos. En ese momento decidí empezar a trabajar y dejé el colegio, que sólo pude hacer hasta noveno, en el nocturno?, contó, para quedar luego él, también, callado.

Y nosotros somos el resto

Y fue mágico, como suele ser cuando estas historias, cuando estos relatos de vida que suceden tan cerca del centro, que pasan en algún barrio de Tandil que crece bañada de sueños de grandeza, duelen y llegan al resto, que somos nosotros, todos nosotros; los que los escuchamos y, de inmediato, sentimos que algo debemos hacer. Pero qué, es la pregunta.
Dar una mano, enseguida;  paliar el momento, sacarlos del paso es la primera reacción, es la respuesta. Conseguirle a Pablo una changa. Y así fue. Por estos días, Pablo, Soledad y Ezequiel tienen una garrafa que no está vacía, tienen algo para tirar en la sartén y un trabajo por unos días, que un señor muy amable en su trato le dio a Pablo, para que le haga un arreglo en su casa. Y mucha gente, que llamó y acercó esa misma noche a la casa de los chicos las cosas más urgentes.
Y no es poco. Algo de comer, algunas otras cosas, una changa. No es poco porque ahora no se sienten tan solos, tan desesperados, y ese sentimiento les surge porque el resto se ocupó de ellos, se hizo cargo, los contuvo, los mantuvo en el rumbo que  nunca deben perder, aunque debe ser más fácil decirlo que hacerlo.
La gente ?le puso fichas? a Pablo, a su familia. Eso lo compromete, lo envalentona en una cruzada que no es fácil, que está llena de inconvenientes pero que sabe que debe sortear.
?Estamos sorprendidos por el gesto de la gente, que en seguida nos ha venido a ayudar, que se preocupó por nosotros y eso nos da fuerzas para seguir adelante. A mí me da esperanzas de saber que en algún momento voy a encontrar un trabajo estable, en el que pueda salir adelante con mi familia?, dijo Pablo.
Y seguimos charlando. Nos contó que si tuviera herramientas de albañilería sería tal vez, más fácil hacer changas entre obra y obra, que podría ir a un taller de oficios para ir aprendiendo y así ir sumando.
Y seguimos charlando. Y, por fin, surgió la primera sonrisa. Costó trabajo conseguirla, pero salió. Los dos rieron, sólo un poco, pero es algo. Y se fueron, calle abajo, callados y pensando en quién sabe qué cosas.
Y acá quedamos nosotros, el resto. También pensando, pero sabiendo bien en qué cosas.
Quienes deseen comunicarse con los chicos, pueden hacerlo al 153-41635.*

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