Raúl Troncoso: ?Los curas pueden ayudar a los demás?

Por Virginia Arhex

Anarquía. Nací en Rafaela, en el seno de una familia completamente ajena a lo religioso. Me da vergüenza decirlo, pero mi familia tenía más bien una tendencia antirreligiosa, por mi abuelo. Mi abuelo fue fundador de los anarquistas en Rosario. Mi madre, de hecho, se llamaba Anarquía.  

Primeros pasos. En mi infancia, vivíamos en Rafaela. En mi barrio, un chico iba a tomar la comunión. Yo ni sabía lo que era eso. Me preguntó si quería acompañarlo. Comencé a ir con él a la Iglesia y con el tiempo empecé a acercarme a gente mayor y a llevarlos a misa. Eran otros tiempos.

Los otros. Siempre me acuerdo de una frase, que fue definitiva en mi vocación. ‘Los curas pueden ayudar a los demás’. Me contaron lo que era el seminario. Yo tenía 13 ó 14 años. Después de un tiempo le dije a mi papá que quería ser cura. Su reacción fue fuerte: ‘Si los curas quieren hijos, que se los hagan’. Nosotros vivíamos en un galpón grande. Mi abuelo estaba presente en esa conversación. Su intervención fue increíble. Le dijo que si no me dejaba estudiar, yo iba a ser un bruto igual que él. Mi papá era albañil.

Formación. Entré al seminario de Santa Fe, que es muy grande. Tenía la posibilidad de hacer el secundario con validez nacional ahí mismo. Teníamos francés, griego y latín. Una vez que terminé el secundario, en el seminario hice durante tres años filosofía. Luego comencé la teología durante 4 años.

El test. En aquella época -año '60- ya nos hacían los test vocacionales para ver por dónde caminaba la cosa y para corregir lo que era posible. Personalmente el trabajo en barrios me atrapaba mucho y mientras estudiaba teología, comencé a ir a barrios marginados con el padre Catena, un hombre muy reconocido, director de música de la universidad estatal de Santa Fe. El trabajó en el Concilio Vaticano II, así que también en la historia de la Iglesia era un hombre sumamente reconocido.

Fe. Me ordené de cura con un objetivo claro. Yo quería ayudar a la gente. Quería identificarme con ellos, con sus problemas. Con el tiempo me di cuenta de que la fe es un compromiso religioso pero no por ser religioso es ajeno a la necesidad de cualquier persona. Es una cosa totalmente distinta. En tu vida vas transmitiendo la fe dependiendo del crecimiento o de la interpretación que tengas.

Barrios. Trabajé en barrios durante cuatro o cinco años. Una experiencia muy fuerte, que me maduró mucho. Empecé yendo a uno llamado El Triángulo, que se extendía entre la vía y el río. Era eminentemente marginal y pobre. Allí celebré mi primera misa. Todos los sábados y domingos salíamos a recorrer el lugar e íbamos a almorzar a una casa distinta. Estábamos en contacto con la gente. La idea era juntarlos para tener un proyecto común. La gente estaba muy dispersa. Ese contacto me volvió muy creativo. Con ellos tomábamos las decisiones para los barrios en general, se discutía y finalmente se hacían las cosas.

En casa de herrero. Además del trabajo religioso, trabajábamos en casas. Una viejita del barrio tenía problemas de filtraciones en su techo, entonces se lo hicimos de vuelta. Un día de tormenta se le llovió toda la casa. Cuando me la crucé, la viejita me decía: ‘Vos naciste para ser cura; no para ser albañil’.

Tostado. Apenas me ordené, a los 24 años, me mandaron al norte de Santa Fe, a una población que se llama Tostado, de diez mil habitantes y veinte mil kilómetros cuadrados. Abarcaba una zona impresionante. Eramos dos jóvenes que dependíamos del párroco de ahí, que era un viejito. No había agua en el pueblo, la traían en tren desde otro lugar.  La parroquia era un lugar clave porque donde estaba ubicada era alto y había un aljibe, así que permanecía abierta a la noche y la gente iba allí a buscar agua. Era otro mundo.

Cerca. Estuve en esa zona cerca de Chaco y cerca de Santiago del Estero casi ocho años. Permanentemente viajábamos en trenes para recorrer. Hacía todos los malabarismos posibles para estar cerca de la gente y para entenderlos. Me iba al lugar donde vendían las revistas y los diarios. Eso me permitía entender lo que leía la gente y podía adaptar el lenguaje. Cómo comprender y entender a la gente y cómo vivir la vida de la gente fue una experiencia muy enriquecedora.

Concepto de fe. Dios está en todos los hombres. En el uso de su libertad puede aceptarlo o rechazarlo. La gente que va creciendo en esto es la gente que tiene que vivir en este mundo y este mundo es así, complejo. Para unos está en el arte, para otros en otros aspectos de la vida en sociedad y eso hay que hacerlo crecer. La expresión religiosa va tomando su forma de acuerdo a la vida que vas teniendo. Es un mensaje que se transmite siempre. Posteriormente a esta apertura hay todo un trabajo de la fundamentación de lo religioso, por ejemplo por qué la lectura de la Biblia, por qué la catequesis y otras cuestiones exclusivamente ligadas a la religión. Son caminos distintos pero siempre vamos a lo mismo: al encuentro con Dios; cada uno desde la vida que tiene.  

La juventud. Estaba habilitado para dar filosofía; entonces daba clases en el secundario. Y ahí comencé a trabajar con los jóvenes. Con ellos me fui de campamento a Córdoba. Nunca habían ido. Como no teníamos plata, viajábamos en camiones. Tampoco teníamos qué comer, así que parábamos y comíamos unas achuritas por ahí. Los chicos gozaban, chicos que nunca habían visto nada gozaban de toda esa novedad.  

Tandil. La llegada a Tandil fue por traslado. Me tomó inesperado. Nos encontramos con una realidad totalmente distinta porque quien estaba a cargo tenía otra manera de pensar. Empezamos a pensar en un proyecto nuevo para la parroquia. Queríamos transformar una parroquia cerrada en una abierta, integrada a la vida de la comunidad. Fue un trabajo progresivo. Fuimos viendo qué instituciones había. Eran pocas y muy cerradas. Nos dimos cuenta de que para llegar a ellas había que trabajar desde afuera hacia adentro, empezando por los lugares de culto, como las capillas, pero también pensamos humanamente qué otras cosas hacían falta en el seno de la comunidad. Por eso pensamos en proyectos que sirvan a las poblaciones más vulnerables: los ancianos y los niños. Así nacieron dos de los proyectos con más impacto: Pajaritos de la Calle y Las Casas de la Esperanza.

Conciliar. Fue fundamental el trabajo conjunto con otras instituciones. Es importante perder el aspecto competitivo. Así, apoyamos si otra institución está trabajando en algo. Nos vamos complementando. No es importante quién lo haga, sino que se haga. Cuando vas creciendo, te das cuenta de que ser mezquino no sirve.

Logros. Lo que fui viviendo lo fui transmitiendo, y esa transmisión fue creciendo e hizo posible la inclusión de mucha gente, tanto en el orden de la fe -porque uno trabaja en la fe- pero también en la dimensión de la dignidad humana. Pienso en las vidas que se han rescatado, las vidas que hemos compartido. Ese es el retorno más grande que hubiese podido jamás imaginar.  

Ver la necesidad. Yo nunca me imaginé que iba a hacer todo este camino. Fueron surgiendo proyectos, todos muy abarcativos de las necesidades que la comunidad tiene. La edad te va madurando y cada día me es más fácil detectarlas. Las veo, porque las vivo, estoy cerca de la gente. Voy detectando en qué momento es más oportuno ocuparse de una necesidad o de otra.

La humildad, un estilo de vida. Vos pensás en todos los proyectos importantes a nivel comunidad como Las Casas de la Esperanza o Pajaritos de la Calle y es la comunidad la que los hizo. Lo que yo hice fue hacer que la gente tome conciencia de esa necesidad. Vas aglutinando gente y la vas haciendo responsable de todas estas tareas. Y hay confiabilidad. Hasta ahora nunca prometimos algo que no pudimos hacer. Los proyectos van madurando y la gente está. Cuando ve que las cosas se hacen, apoya.   

Volver a empezar. De volver a empezar, volvería a elegir el mismo camino. Aunque seguramente tome otras características, por la situación que vivimos hoy distinta a aquella; distinta y no distinta porque la pobreza es la misma y los excluidos lo siguen siendo. Es un trabajo que no termina nunca. Va tomando formas y maneras distintas de realización, pero el objetivo sería el mismo: que crezca aquel que no tiene posibilidades. De cultivar su dignidad humana.  

Objetivos. Cuando pienso en el objetivo de mi vida, creo que lo fundamental eran mis respuestas a Dios. La respuesta era una respuesta a la comunidad y a los hermanos. Si a mí la fe me hace entender el sentido de mi vida, yo no puedo no compartirlo. Lo hago en la medida en que otro lo acepte, pero nunca presionando. Podrá captarlo o no. No quiere decir que la diferencia te aleje, al contrario, te acerca más para seguir discutiendo cosas que a veces uno no entiende. Nunca podés descartar la posibilidad de que alguien no crea, de que alguien llegue a Dios o no llegue a Dios porque para mí está en todos. Para mí es la razón de mi vida. Yo no puedo ocultar que tengo fe, no puedo no decirla. Lo importante es cómo esa fe se va encarnando en realidades que son todos tus amados, toda tu comunidad. Esa es mi visión de la vida.

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