Rossi defendió su larga trayectoria que termina con ?este ingrato final?

La frase le corresponde al anestesiólogo imputado, Eduardo Rossi, y podría rescatarse como una especie de prólogo y epílogo al mismo tiempo de la crónica que luego desmenuzaría con pasajes de crudeza conceptual, tecnicismos de los devenires de su profesión, cuotas de apasionamiento y reflexión frente a lo que le tocó en suerte transitar, y ahora, terminar. Sentado frente a un juez para explicar un grave yerro en una intervención quirúrgica que derivó en el resonante “caso formol” del Hospital, por el cual directivos oportunamente fueron expulsados, el Municipio afrontó su parte económica para subsanar civilmente el daño y Rossi aquí y ahora,  afrontando la causa penal.

Visiblemente fastidioso frente a los tiempos de la Justicia, “cuando nosotros debemos resolver en cinco minutos” -dijo en la antesala-, el médico dejó escuchar a un par de testigos más citados al debate motorizado por el Juzgado Correccional, para pedir declarar y dar su versión, las explicaciones del caso que, paradójicamente,  todos los profesionales que desfilaron -incluso Rossi- no encuentran.
Sobrevolará, entonces,  durante las dos audiencias la idea de un grosero error, un horror cometido por gajes de un oficio en una situación crítica dentro de un quirófano en la que si bien cada uno de los componentes tiene sus respectivos roles, interactúan en derredor de la operación.
La declaración de Rossi devino tras escuchar el testimonio de su colega José María Pastor y la instrumentista Luciana Ianone, que fue precisamente quien llevó los recipientes del “fatídico” formol al quirófano del escándalo, allá por febrero de 2007.

Más testimonios
 
El anestesiólogo Pastor coincidiría con sus antecesores colegas que destilaron loas para con Rossi, sobre su persona y profesionalismo. Con un dato nada menor: compartieron el oficio por 32 años, los que llevó a contar con una vasta experiencia en quirófanos públicos como privados.
Como frases destacadas de su relato y estrictamente vinculado al asunto ventilado, dijo que resulta “impensado que haya un recipiente con formol en la mesa del anestesista”, a la vez que añadió que como médico “uno no puede estar chaqueando todo lo que hace al material a utilizar, para eso hay personal auxiliar que colabora en la tarea”.
Al preguntársele sobre referencias laborales de su colega, no dudó en subrayar que tenía el máximo de los respetos y redundó en aquello de su obsesiva disposición a su trabajo, a lo que graficó con una figura que incluso conmovió al propio Rossi: “le entregué a mi hijo para que lo anestesie cuando tuvo que operarse”.
Luego llegó el turno de la instrumentista, quien recordó aquel día, cuando le tocó reemplazar a su par Marisa Fortunato al final de la intervención porque ella paralelamente estaba en otro quirófano en un trabajo de parto.
Reseñó sobre el itinerario realizado, que fue y vino en varias oportunidades al quirófano en cuestión, donde le habían solicitado los frascos de anatomía fisiológica (formol). Preparó tres frascos pequeños y una de mermelada, los cuales depositó en la mesa auxiliar de la sala de operaciones con el prospecto de la orden de patología, léase en la otra punta de la mesa del anestesista, al ingreso de la sala.
Sobre el hecho puntual debatido, acerca de la aplicación de formol y cómo ese frasco había llegado a la mesa donde trabajaba Rossi, la profesional tampoco supo responder. De hecho, el fiscal Morey le recordó una anterior declaración que consta en el expediente en la que refirió que había sido el auxiliar del anestesiólogo quien luego le preguntó por los frascos de formol. Empero ahora, frente al juez y al lado del médico imputado, dijo no recordar.
El “misterio” sobre la disposición de los recipientes de formol en la mesa del anestesista volvió a instalarse en la sala de juicio como algo ya casi imposible de resolver, generando la insistencia del fiscal aunque con nula suerte a la hora de lograr esclarecer algo sobre el entuerto.
También el fiscal reconocería luego cierto enojo durante la instrucción porque ninguno dijo lo que había pasado, cuando todos los sabían. Llamativamente para el caso, fue Rossi quien nunca ocultó el suceso y ayer en la sala admitió que en el quirófano fue como si hubiera explotado dinamita, para dejar en claro que todos estaban al tanto de lo que había ocurrido.
Con la culminación del testimonio de la mujer, quedaban los dos médicos cirujanos para comparecer, pero el fiscal informó sobre la ausencia de ambos. El doctor Pablo Verdecchia actualmente residiendo en España, y el médico Carlos Mesurado estaba en un congreso fuera de la ciudad. Frente a éste último galeno, el fiscal pidió suspender la audiencia hasta el próximo jueves, solicitud que contó con la anuencia del juez Carlos Pocorena. Consecuentemente, el juicio pasó al jueves de la semana entrante, tiempo de escuchar el testimonio en cuestión y los respectivos alegatos de las partes. Antes de ello, habló Rossi…
 
“Siempre hice lo mejor que pude”
 
Con cierta displicencia y por momentos dispuesto a hacer pedagogía sobre su trabajo, Rossi se explayó sobre lo ocurrido con el paciente Rojo, a quien dijo entenderlo -al igual que su familia- por lo que sufrió.
El médico repasaría pormenores de aquella jornada de cirugía, dejando una definición, a modo de conclusión, que cortó el aire del ya denso clima que reina en un recinto judicial.
“Acá hubo dos afectados. El paciente, claro, que tuvo todas las de perder por lo gravedad de lo que pasó, y quien está aquí sentado -por él-, enfrente de ustedes, que siempre hizo lo mismo, lo mejor que pude”…
Sostuvo, en su alocución de una hora y media, que el caso revestía todas las características para participar del libro Guiness frente al yerro que se había cometido. Es más, a la hora de las consecuencias para el paciente, admitió que ni él ni sus pares sabían qué podía pasar porque se estaba frente a un hecho insólito. “Es como querer apagar un fuego con nafta” graficó a la hora de haberle inyectado formol en lugar de anestesia.
Recordó que fue el auxiliar Specogna quien le preguntó si había  inyectado el frasco que estaba en dicha mesa y luego le dijo que era formol, a lo que él reaccionó intempestivamente, entrando en shock- “Quedé azorado”, describió, “el formol es un alcohol que mata la vida", afirmó.
Tampoco Rossi supo explicar cómo llegó el formol a su mesa de trabajo, ni estuvo en su ánimo responsabilizar a otra persona de las que estuvo en el quirófano. “Yo era el responsable”, dijo con autoridad.
Luego explicó lo que vino posteriormente, el rápido accionar para intentar lavar la zona donde se había aplicado el formol y las constantes visitas y seguimiento que realizó sobre el paciente cuando estuvo internado, a la espera de lo inesperado sobre el cuadro de salud.
 
Las implicancias políticas
 
Tal lo había expuesto en su testimonio escrito remitido al municipio cuando “explotó” el caso en la opinión pública y derivó en las consecuencias políticas ya publicitadas, Rossi insistió en su honestidad, que nunca ocultó el suceso y lo dejó sentado en la historia clínica que luego iban sí a esconder las autoridades del nosocomio.
En rigor de verdad histórica, el protocolo anestésico siempre lo expuso el ahora acusado, incluso valiendo el “enfado” de sus pares y autoridades que terminaron expuestos frente a lo que él había admitido sin dudar.
Buscando explicaciones sobre el silencio del resto, Rossi arguyó razones políticas dentro de un Hospital y una política de salud que siempre está en el eje del debate, fundamentalmente por estos años que el mismísimo Intendente es médico.
No dejó de describir tampoco sobre las falencias edilicias y escaso personal con que se trabaja y que podrían tomarse como razones sobre los problemas que a veces se denotan en la tarea cotidiana.
En tono reflexivo, y poniendo el acento crítico también a la prensa que se hace eco de las quejas de los vecinos sobre estos temas, dijo que ahora sus pares prefieren trabajar “sin arriesgar” para no tener futuros problemas con la ley y así se atrasa en medicina.
Ya sobre su profesión, dijo que la anestesia “es un cuco”, que “ha crecido mucho” y que su objetivo siempre es dar lo mejor al paciente para que no sufra. Que están para beneficio del paciente, no para dañarlo.
Ya a título casi corporativo de los anestesistas, se defendió señalando que “hemos sido muy eficientes en la salud pública como privada. Nos especializamos, invertimos sin restricciones solo para dar mejoras a los pacientes”.
“Somos los mejores en un país que no reconoce a los mejores”, agregó, a la vez de metaforizar con que “hay gente que tira vidrios en la playa. Pero hay otros que los levantan”.
Más testimonios
El anestesiólogo Pastor coincidiría con sus antecesores colegas que destilaron loas para con Rossi, sobre su persona y profesionalismo. Con un dato nada menor: compartieron el oficio por 32 años, los que llevó a contar con una vasta experiencia en quirófanos públicos como privados.
Como frases destacadas de su relato y estrictamente vinculado al asunto ventilado, dijo que resulta “impensado que haya un recipiente con formol en la mesa del anestesista”, a la vez que añadió que como médico “uno no puede estar chaqueando todo lo que hace al material a utilizar, para eso hay personal auxiliar que colabora en la tarea”.
Al preguntársele sobre referencias laborales de su colega, no dudó en subrayar que tenía el máximo de los respetos y redundó en aquello de su obsesiva disposición a su trabajo, a lo que graficó con una figura que incluso conmovió al propio Rossi: “le entregué a mi hijo para que lo anestesie cuando tuvo que operarse”.
Luego llegó el turno de la instrumentista, quien recordó aquel día, cuando le tocó reemplazar a su par Marisa Fortunato al final de la intervención porque ella paralelamente estaba en otro quirófano en un trabajo de parto.
Reseñó sobre el itinerario realizado, que fue y vino en varias oportunidades al quirófano en cuestión, donde le habían solicitado los frascos de anatomía fisiológica (formol). Preparó tres frascos pequeños y una de mermelada, los cuales depositó en la mesa auxiliar de la sala de operaciones con el prospecto de la orden de patología, léase en la otra punta de la mesa del anestesista, al ingreso de la sala.
Sobre el hecho puntual debatido, acerca de la aplicación de formol y cómo ese frasco había llegado a la mesa donde trabajaba Rossi, la profesional tampoco supo responder. De hecho, el fiscal Morey le recordó una anterior declaración que consta en el expediente en la que refirió que había sido el auxiliar del anestesiólogo quien luego le preguntó por los frascos de formol. Empero ahora, frente al juez y al lado del médico imputado, dijo no recordar.
El “misterio” sobre la disposición de los recipientes de formol en la mesa del anestesista volvió a instalarse en la sala de juicio como algo ya casi imposible de resolver, generando la insistencia del fiscal aunque con nula suerte a la hora de lograr esclarecer algo sobre el entuerto.
También el fiscal reconocería luego cierto enojo durante la instrucción porque ninguno dijo lo que había pasado, cuando todos los sabían. Llamativamente para el caso, fue Rossi quien nunca ocultó el suceso y ayer en la sala admitió que en el quirófano fue como si hubiera explotado dinamita, para dejar en claro que todos estaban al tanto de lo que había ocurrido.
Con la culminación del testimonio de la mujer, quedaban los dos médicos cirujanos para comparecer, pero el fiscal informó sobre la ausencia de ambos. El doctor Pablo Verdecchia actualmente residiendo en España, y el médico Carlos Mesurado estaba en un congreso fuera de la ciudad. Frente a éste último galeno, el fiscal pidió suspender la audiencia hasta el próximo jueves, solicitud que contó con la anuencia del juez Carlos Pocorena. Consecuentemente, el juicio pasó al jueves de la semana entrante, tiempo de escuchar el testimonio en cuestión y los respectivos alegatos de las partes. Antes de ello, habló Rossi…
“Siempre hice lo mejor que pude”
Con cierta displicencia y por momentos dispuesto a hacer pedagogía sobre su trabajo, Rossi se explayó sobre lo ocurrido con el paciente Rojo, a quien dijo entenderlo -al igual que su familia- por lo que sufrió.
El médico repasaría pormenores de aquella jornada de cirugía, dejando una definición, a modo de conclusión, que cortó el aire del ya denso clima que reina en un recinto judicial.
“Acá hubo dos afectados. El paciente, claro, que tuvo todas las de perder por lo gravedad de lo que pasó, y quien está aquí sentado -por él-, enfrente de ustedes, que siempre hizo lo mismo, lo mejor que pude”…
Sostuvo, en su alocución de una hora y media, que el caso revestía todas las características para participar del libro Guiness frente al yerro que se había cometido. Es más, a la hora de las consecuencias para el paciente, admitió que ni él ni sus pares sabían qué podía pasar porque se estaba frente a un hecho insólito. “Es como querer apagar un fuego con nafta” graficó a la hora de haberle inyectado formol en lugar de anestesia.
Recordó que fue el auxiliar Specogna quien le preguntó si había  inyectado el frasco que estaba en dicha mesa y luego le dijo que era formol, a lo que él reaccionó intempestivamente, entrando en shock- “Quedé azorado”, describió, “el formol es un alcohol que mata la vida", afirmó.
Tampoco Rossi supo explicar cómo llegó el formol a su mesa de trabajo, ni estuvo en su ánimo responsabilizar a otra persona de las que estuvo en el quirófano. “Yo era el responsable”, dijo con autoridad.
Luego explicó lo que vino posteriormente, el rápido accionar para intentar lavar la zona donde se había aplicado el formol y las constantes visitas y seguimiento que realizó sobre el paciente cuando estuvo internado, a la espera de lo inesperado sobre el cuadro de salud.
Las implicancias políticas
Tal lo había expuesto en su testimonio escrito remitido al municipio cuando “explotó” el caso en la opinión pública y derivó en las consecuencias políticas ya publicitadas, Rossi insistió en su honestidad, que nunca ocultó el suceso y lo dejó sentado en la historia clínica que luego iban sí a esconder las autoridades del nosocomio.
En rigor de verdad histórica, el protocolo anestésico siempre lo expuso el ahora acusado, incluso valiendo el “enfado” de sus pares y autoridades que terminaron expuestos frente a lo que él había admitido sin dudar.
Buscando explicaciones sobre el silencio del resto, Rossi arguyó razones políticas dentro de un Hospital y una política de salud que siempre está en el eje del debate, fundamentalmente por estos años que el mismísimo Intendente es médico.
No dejó de describir tampoco sobre las falencias edilicias y escaso personal con que se trabaja y que podrían tomarse como razones sobre los problemas que a veces se denotan en la tarea cotidiana.
En tono reflexivo, y poniendo el acento crítico también a la prensa que se hace eco de las quejas de los vecinos sobre estos temas, dijo que ahora sus pares prefieren trabajar “sin arriesgar” para no tener futuros problemas con la ley y así se atrasa en medicina.
Ya sobre su profesión, dijo que la anestesia “es un cuco”, que “ha crecido mucho” y que su objetivo siempre es dar lo mejor al paciente para que no sufra. Que están para beneficio del paciente, no para dañarlo.
Ya a título casi corporativo de los anestesistas, se defendió señalando que “hemos sido muy eficientes en la salud pública como privada. Nos especializamos, invertimos sin restricciones solo para dar mejoras a los pacientes”.
“Somos los mejores en un país que no reconoce a los mejores”, agregó, a la vez de metaforizar con que “hay gente que tira vidrios en la playa. Pero hay otros que los levantan”.
 

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