Un jurado popular resolvió que un acusado de abuso y corrupción de menores era culpable

Las audiencias Antes del veredicto, el jurado popular debió asumir la responsabilidad (carga pública) de seguir atentamente el desarrollo de la maratónica audiencia del miércoles, cuando desfilaron frente a ellos los testigos citados por la acusación, a cargo del fiscal Gustavo Morey, y la defensa, protagonizada por María Florencia Alaniz. No sin antes, tomar nota de las directrices que les informó el juez Guillermo Arecha (a qué debían prestar atención, qué es una prueba directa y/o indirecta, la presunción de inocencia, la duda razonable y demás ítem a considerar) para más luego atender los lineamientos de la hipótesis de las partes encontradas. El primero pugnando por dar por acreditado los hechos que se iban a ventilar; la segunda subrayando sobre el principio de inocencia y la duda razonable a favor del señalado –su pupilo- , además poner en crisis la credibilidad de la denunciante y su entorno afectivo. El caso El fiscal se paró frente al jurado y en tono didáctico explicó las etapas del proceso y dirigiéndose a los vecinos se preguntó y respondió: “porqué estamos aquí”. Y allí detalló cómo recibieron la denuncia, las instancias de la investigación que tuvieron a cargo, el filtro del Juzgado de Garantías que monitoreó que las actuaciones estuvieran a derecho hasta llegar a esta instancia, la definitoria, donde ellos –los jurados- debían resolver si el acusado era culpable o inocente de lo que se le imputó: abuso sexual agravado y corrupción de una menor de 18 años de edad. web_fiscal A más detalles, la acusación se remontaba a los abusos sufridos por una niña que desde los seis a los 12 años, aproximadamente, fue víctima de tocamientos, primero, y abusos más intensos, gravemente ultrajantes, desembocando en prácticas aberrantes que llevaron a la imputación de la corrupción, dado las severas consecuencias que vivenció –y padece- la joven ahora de 20 años. Uno de los abusivos actos detallados incluso habla del protagonismo de una tercera persona. A más precisiones -al decir de la acusación- la menor fue obligada a presenciar cuando la nueva mujer de su padrastro (el acusado) le practicaba sexo oral. “Mirá bien cómo se hace que después me lo vas a hacer vos”, le dijo quien consideraba como su papá. Efectivamente, al día siguiente en el baño, ella, una niña de apenas 11 años, era obligada a hacerle a su papá lo que había visto en aquella habitación el día anterior. Los abusos denunciados ocurrieron cuando el acusado y la mamá de la víctima se separaron, no sin antes tener un hijo en común, hermano a la que la víctima hoy aún llora por su distanciamiento (ese joven con sus 16 años, prefirió quedarse con la versión de su padre y la familia de éste y no tener relación con su mamá ni su hermana). Más allá de la separación de la pareja, Serrano mantenía contacto con la víctima, quien confió que lo adoraba y al no conocer a su padre biológico lo quiso como su papá. De hecho y en medio de la naturalización en la que internalizó aquellos abusos en su infancia, lo invitó a la fiesta de 15, porque lo seguía queriendo. Lo amaba como papá y sólo iba a dejar ese noble sentimiento cuando en sus años de pubertad, de descubrimiento sexual con su novio (allá por los 15 años) empezó a tomar conciencia de lo que había sido sometida, de las vejaciones de su infancia y que no podía cargar más con esa mochila. Por eso la denuncia, “porque quería hacer justicia”, le reveló a su mamá. Sustentando esa verdad, pasarían por la sala la propia víctima, su madre, la actual pareja de la progenitora y el novio. También le daría verosimilitud a estos relatos el aporte científico de la perito interviniente, la doctora Myriam Rudloff, quien ratificó que tras su entrevista con la joven encontró un relato coherente, cargado de emotividad y con signos de verosimilitud. Sin encontrar rasgos de mendacidad ni animosidad contra el imputado. La otra cara Claro que la defensa asumida por Alaniz también contaría con aditamentos interesantes que pugnaban por poner en crisis aquella historia que dejaba sobre las cuerdas, cerca de una condena, a su pupilo. La abogada también con aceitada alocución y con un tono vehemente que captó la atención de los jurados, tenía sus cartas. Testigos que aludirían al buen concepto del acusado y no escatimarían en calificativos para demonizar a la mamá de la víctima, como una mujer manipuladora, maléfica, capaz de convencer a su propia hija para que denuncie a quien era su papá del corazón, sólo por venganza, por despecho tras la ruptura marital y la nueva pareja de Serrano, o por la negativa de darle el apellido. Empero, nadie de los testigos citados (tías maternas de la víctima, hermanos del acusado, el hijo de ambos) pudo elucubrar sobre alguna animosidad de la joven denunciante. Apenas alguno habló de algunas mentiras que a lo largo de adentrarse en detalles quedaron endebles. Los alegatos Ayer por la mañana, puntualmente a las 9.30, el jurado, el magistrado y el público se volvieron a dar cita en la sala de audiencias para escuchar el cierre del debate. Era el tiempo del fiscal y la defensora para alegar. Morey, con su acostumbrada alocución monocorde pero no menos contundente a la hora de poner énfasis en las pruebas de cargo, de pie se dirigió al jurado y replicó los alcances de lo que se había ventilado a lo largo del debate. Aludió a la credibilidad, coherencia y espontaneidad de la víctima como prueba directa y fundante, pero sustentada en aquella prueba indirecta que sostuvo aquel relato conmovedor, como los dichos de la mamá, de la pareja y el novio de la joven. No sin mencionar el aporte científico de la perito psicóloga. web_defensa Si bien no resulta una prueba de cargo, señaló sobre el “sugestivo” silencio del señalado como abusador, quien a lo largo de la instrucción y en el propio juicio nada dijo sobre lo que se lo estaba acusando. La defensora Alaniz, a su turno, también tomó la posta colocándose de pie frente al jurado y también con claros conceptos intentó persuadir a los jurados de que lo que habían escuchado de la víctima y su entorno formaba parte de una farsa. Un guión creado por el despecho de esa mamá que había roto la pareja y la negación de que su hija no llevara el apellido de ese hombre. “Ojalá que no se dejen embaucar por una ficción”. En esta historia hay grises, muchas dudas que no alcanzan para probar los hechos señalados por la acusación. Alaniz insistió con aquello de que si hay duda debe prevalecer el principio de inocencia, no sin sentenciar de forma lapidaria que “las lágrimas (de la víctima) no prueban hechos”. Citando a un autor jurídico, la tenaz abogada le dijo al jurado el concepto de justicia: “la justicia es darle a cada uno lo que se merece (sic), devuélvanle a Germán el pedazo de justicia que le fue arrebatado”. Cerrados los alegatos, el juez Arecha pasó a leerle los instructivos al jurado popular, no sin antes escuchar las palabras que el propio acusado estaba dispuesto a esbozar. Media hora más tarde, en lo que se consideró una breve deliberación, por unanimidad el jurado, por unanimidad, dio por acreditado los hechos y decretó que Serrano era culpable. Mujeres quebradas por el dolor Las horas de mayor intensidad de las audiencias sucedieron ni bien inició el debate, cuando la víctima debió afrontar la angustiante situación de tener que recordar lo padecido, con el nada sencillo aditamento de tener que afrontarlo ante una treintena de extraños apostados en la sala, atentos a lo que dijera y el cómo, que muchas veces, sino todas, resulta clave a la hora de creer o no creer en un relato, en definitiva la prueba fundante y casi exclusiva para resolver judicialmente un abuso sexual intramuros, en el seno hermético, silencioso y cruel de una familia. Hoy con 20 años, había llegado el momento por el cual se sometió al duro proceso judicial. La víctima a pedido del fiscal reseñaría sobre su vida desde aquellos años de convivencia con el acusado, al que quería como papá y quien cometería el peor de los daños para su inocencia. Primero subiéndola sobre la falda para mirar la televisión y empezando con los tocamientos. Con el paso de los días, los meses, los años, aquellos abusos se intensificarían a tal gravedad que su psiquis nunca supo entender hasta llegar a la adolescencia, cuando empezó a relacionarse con un joven de su edad (actual novio) con quien al querer intimar no lo podía hacer. El relevamiento vino casi como un efecto dominó de determinadas situaciones. La situación frustrante con su novio, a quien le confió a los meses de lo que había padecido pero le había pedido guardar silencio porque no quería provocarle un gran disgusto a su mamá. Más luego algunas clases en su escuela donde empezaron a hablar sobre sexualidad y abusos sexuales. Allí, un grupo de amigas serían escuchas de su develamiento. Posteriormente, al ver televisión vio un caso de abuso y ya no pudo contener más aquella angustia silenciada. En medio de una discusión trivial con su madre le vomitaría todo aquel dolor. Todo el relato estuvo cargado de emotividad, y cuando debió dar precisiones de los abusos se quebró en un llanto desgarrador que solo pudo sortearse con pausas de un ensordecedor e incómodo silencio de los presentes. El acusado, apenas unos metros de quien crió como hija y lo denunció de la atrocidad sexual, apenas levantaba la mirada y mantenía una postura impertérrita. Palabra de mamá Casi con el mismo tenor angustiante pasaría luego el testimonio de la mamá de la joven. La mujer también lloró ante la impotencia y, en especial al recordar aquel momento del develamiento de su hija, cuando le contó lo que contó. Su relato estuvo lejos de la imagen que la defensa y sus testigos quisieron imponer en el debate. Más allá de su fuerte carácter y una historia personal cargada de angustias (también fue víctima de abuso cuando niña por su padrastro) dijo que sólo emprendió el camino judicial –la denuncia formal- cuando su hija quiso y pidió hacerla. Que ella sólo quería acompañarla en su dolor. Que si quería hacer la denuncia y afrontar lo que se venía ella iba a estar, y si prefería callarlo, como ella lo había hecho en su vida personal, también estaría conteniéndola. También pasarían con sus respectivos testimonios la actual pareja de la madre y el novio de la víctima. Ambos coincidirían en aquellos relatos contados en primera persona. No hubo fisuras en la historia que dio forma a la acusación y con ello el fiscal Morey estaba en condiciones de mantener la acusación y el pedido de condena. Exhibiciones obscenas Otro testigo trascendente convocado por la defensa fue la actual pareja del acusado, con quien tuvo hijos y quien hace más de una década están juntos, precisamente por ella Serrano se separó de la mamá de la víctima. La mujer no tuvo contemplaciones para con la ex de su pareja, acusándola de manipuladora, malvada, que le hizo la vida imposible desde que hizo pareja con el ahora sentado en el banquillo de los acusados. La testigo fue quien citó la por entonces menor de edad como la que estaba en la habitación donde le practicaba sexo oral a su papá y éste le dijo que mirara y “aprendiera” como hacerlo. A preguntas del fiscal la mujer reconoció aquella escena, aunque con otra valoración. Dijo que efectivamente protagonizó el acto sexual detallado pero que la niña irrumpió en la habitación sorpresivamente y al notar su presencia se detuvo atónita por la incómoda situación. Si bien se mostró algo desmemoriada, el fiscal se encargó de recordarle que había sido citada a la fiscalía en carácter de imputada por el delito de “exhibiciones obscenas a un menor de edad”, delito por el que luego quedaría sobreseída por la prescripción de la causa. Tras la testigo desfilarían otras personas cercanas al acusado para también lanzar calificativos crueles para con la madre de la denunciante. Incluso el hermano del imputado, en tono melodramático aseveró que ella se había insinuado con él y que había mantenido relaciones sexuales con otro hermano y el mismísimo padre del imputado, acusaciones que pretendieron desacreditar a la mujer. “Creo que soy inocente” Serrano, al finalizar el juicio y antes de conocer la decisión del jurado los miró y les quiso contar cómo era su vida antes de quedar preso, hace un año ya. web_condenado Que vivía para sus hijos y su trabajo (cumplía labores en una heladería). “Creo que soy inocente. No soy capaz de hacer lo que dijeron acá”, sostuvo sobre su inocencia, para luego especular que todo vino por la problemática relación que tuvo con la mamá de la víctima. “Espero que puedan decidir para que vuelva con mi familia”, culminó escueto el descargo del imputado. ]]>

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