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DE SANTAMARINA AL VUELO TRIUNFAL CON JULIO GRONDONA

Daniel Romeo y México ’86, un tandilense en la forja de la gloria mundialista argentina

Vivió de cerca la llegada de Maradona a la cima del fútbol. Treinta y cuatro años después, repasa sus vivencias. Los pedidos de Bilardo en una época a pleno aprendizaje.

Diego Maradona y Daniel Romeo, en México.

A esta altura del año, en 1986, el seleccionado argentino de fútbol había finalizado de forma exitosa la fase de grupos en la Copa del Mundo de México. Estaba en plena marcha la campaña que desembocaría en la coronación máxima del ciclo que encabezó Carlos Bilardo, con un Diego Maradona en estado de gracia y un grupo de jugadores que alcanzó su rendimiento más alto.

Entre el puñado de argentinos que formaba parte de la cita mundialista, un tandilense había sido convocado por el propio Bilardo para aportar sus conocimientos.

Por entonces, Daniel Romeo tenía treinta y cuatro años, y había vivido mucho fútbol. Joven estrella de Estudiantes de La Plata a fines de los ’60, tuvo que dejar el profesionalismo por una lesión que hoy la medicina resolvería con cierta facilidad. Se volcó a la dirección técnica y a mediados de la década del ’80 puso a Ramón Santamarina en el Nacional de primera división, logro nunca antes alcanzado por renombrados entrenadores que pasaron por la ciudad.

Fiel exponente del estilo que el fútbol catalogó como “bilardismo”, Romeo absorbió conceptos y supo volcarlos a sus equipos.

Bilardo asumió la conducción del seleccionado argentino en 1983 y fue duramente cuestionado en todo el proceso previo a México ‘86. Alcanzó una angustiosa clasificación a través de las Eliminatorias y sorprendió con una conquista impecable en el Mundial. Treinta y cuatro años después, Romeo repasa lo ocurrido en aquellos tiempos y su relación con el legendario entrenador.

-¿Tu relación con Bilardo viene de tus inicios en Estudiantes?

-Así es. Yo me fui de Gimnasia de Tandil a Estudiantes de La Plata a los catorce o quince años. Ya en Quinta o Sexta división, Osvaldo Zubeldía nos hacía practicar con los grandes. Y fue todo muy rápido, porque yo con edad de Quinta participé en la final de la Intercontinental con el Milan. Formé parte de la delegación que fue al partido de ida en Italia, donde no jugué; y sí lo hice en la revancha en cancha de Boca.

-¿Cómo te recibieron los “grandes” del equipo?

-De la mejor manera. En esa época, era bravo para un chico. No había tarjeta amarilla ni roja, te pegaban por todos lados. Y los compañeros más grandes te cuidaban. Tipos como Pachamé, Madero, Aguirre Suárez y Bilardo se ocupaban de que no me tocaran. Para colmo, a mí me gustaba gambetear.

-Al paso del tiempo, ¿cómo se da tu llegada a trabajar con Bilardo?

-Nosotros salimos campeones de Tandil con Santamarina en 1984, después ganamos el Regional y jugamos el Nacional del ’85, con una buena campaña. Yo viajaba a Buenos Aires y siempre traté de estar en contacto, para poder desarrollarme en mi trabajo. Cuando Carlos estaba en la selección, me dijo “Daniel, mirá que nosotros vamos a necesitar gente, para ver partidos y revisar lugares de concentraciones”. Imaginate, para mí era una oportunidad hermosa. Aportar desde mi lugar y seguir aprendiendo.

-¿Formaste parte del grupo de avanzada, viajando a México antes que la delegación?

-Fue así. Junto con el “Cai” Aimar y Jorge Bilardo, hermano de Carlos, entre otros. Fuimos unos diez o doce días antes de que viajara la selección. Revisamos la concentración del América, donde después estuvo alojado el grupo durante todo el Mundial. Eran unas instalaciones muy buenas, pero eran de un club, no estaban preparadas para una delegación muy numerosa.

-¿El panorama era complicado en ese momento? Ese equipo era muy cuestionado.

-La selección era muy discutida y a Carlos lo “mataban” de todos lados. Él nos había anticipado la forma en que quería jugar. Si el rival tenía tres delanteros, era lógico poner cuatro defensores. Pero ya había muchos equipos que presentaban dos atacantes, o incluso uno solo. Entonces, él pretendía hacer una línea de tres en el fondo. Fue una variante que hizo cambiar al fútbol para siempre. Lo tenía entrenado y aceitado, así fue que ese equipo jugó muy bien.

-¿El objetivo era poblar la mitad de la cancha?

-Claro, él siempre recalcaba que agregar delanteros no significaba atacar más ni mejor. Pero fijate que llegaban los volantes, pisaban el área de enfrente muchas veces por partido. Incluso los defensores, como Cuciuffo y Ruggeri, atacaban mucho y lo hacían con decisión. Carlos les decía que fueran para adelante, porque las espaldas estaban cubiertas. Ahí teníamos a “Checho” Batista, que tapaba todos los huecos.

-Sin embargo, inició el Mundial con cuatro defensores.

-Carlos tenía todos los esquemas preparados. Después, se fue consolidando con los tres defensores y de esa manera jugó hasta el final.

 

Desde adentro

-¿En qué lugar de México estabas alojado durante el Mundial?

-Nosotros estábamos en un hotel en el centro del Distrito Federal, al que también después llegaron varios periodistas, como Adrián Paenza. Todos los días íbamos a la concentración y nos poníamos a disposición del cuerpo técnico. Siempre recuerdo una anécdota. Como sparrings, estaban los chicos de Renato Cesarini de Rosario, reforzados por algunos de Newell’s. Entre ellos había un defensor que te impresionaba lo bien que jugaba. Era Roberto Sensini, que al año siguiente ya estaba en la selección mayor y después hizo una carrera espectacular.

-¿En esas prácticas se veía el potencial del equipo?

-Sí, porque te demostraban que estaban enchufados al cien por ciento. Es el día de hoy que aquellos jugadores remarcan que en ese momento no ganaban plata con la selección. Carlos les inculcó que no se fijaran en eso, que pensaran en la gloria. Se pusieron ese objetivo y el logro está a la vista.

-¿Qué mostraba Maradona en ese momento?

-Diego era uno más en el grupo y estaba entero. Las cosas que le vi hacer en los entrenamientos, no las vi en toda mi vida. Él sentía que era su Mundial. Lo tomó de esa manera, se convenció y se preparó para ser el mejor del mundo. También tuvo un equipo que lo respaldaba, jugadores que alcanzaron un rendimiento óptimo.

-¿Cómo encajaba Passarella en ese grupo?

-Él se enfermó, estaba con colitis y no se podía recuperar. La realidad es que no estaba bien y el doctor Madero se lo dijo a Bilardo. No estaba para jugar. Se hablaron muchas cosas, pero no hubo nada raro. Yo lo vi poco, él pasó gran parte del Mundial internado por ese problema.

-¿En qué momento te diste cuenta que Argentina estaba para cosas importantes?

-El equipo se puso fuerte a partir del primer partido, que era durísimo. Los coreanos eran corredores y el debut siempre es difícil. Se sacó adelante con autoridad y eso fue fortaleciendo. Después vino el empate con Italia y el triunfo sobre Bulgaria, y nos dábamos cuenta que los rivales no nos llegaban, no nos creaban situaciones. Pumpido nos remarcaba eso, la tranquilidad que le daba la defensa. Teníamos al “Tata” Brown que era un tiempista bárbaro. En ese momento no tenía club y Carlos lo llevó igual, así que imaginate si lo conocía y la confianza que le tenía.

-¿Con Brown tenías una relación especial?

-Pasa que lo conocía de Estudiantes, de siempre. Bernardo, mi sobrino, vivió en su casa cuando se fue a jugar a La Plata. Es una relación de toda la vida. Él se esforzó a pleno para estar ahí. Había gente que decía que Bilardo lo llevaba por amistad, que no tenía nivel para jugar en la selección. Hizo un Mundial extraordinario y lo coronó con un gol en la final.

-¿El cruce de octavos de final con Uruguay era difícil por el contexto, al tratarse de un clásico?

-Sí, nos conocíamos muy bien y ya era una etapa en la cual no te podías equivocar, porque quedabas afuera. Pero el equipo ya estaba encaminado. Argentina lo superó claramente más allá de que el resultado fue 1 a 0.

-¿La previa ante Inglaterra también tenía ese condimento especial?

-Íntimamente, todos sabíamos que era algo especial. Yo tenía atragantado lo de las Islas Malvinas, que había pasado cuatro años antes, y creo que a muchos les pasaba lo mismo. El equipo estuvo a la altura, ya sabemos lo que hizo Diego y se pasó otra ronda. A Inglaterra me había tocado verlo en el partido anterior, contra Paraguay, y era un equipo muy poderoso, compacto y con variantes.

-¿Ese fue el partido que dejó a Argentina como favorita a ganar el Mundial?

-Ya estando entre los cuatro, esa selección no iba a dejar escapar la oportunidad. Fue una alegría inmensa haber logrado el objetivo.

-¿En lo personal, cómo lo festejaste?

-Fue todo muy emotivo, los abrazos con la gente que uno conocía desde tantos años, como el caso de Bilardo. También ver disfrutar a esos jugadores que hicieron tanto esfuerzo para llegar hasta ahí. El festejo más íntimo fue con Pachamé y Madero. En vestuarios, quedamos los tres agarrados de la mano, porque era una emoción muy grande recordar todo lo que vivimos juntos.

-¿Tu premio llegó en el viaje de vuelta?

-Así es, en el avión. El vuelo era un quilombo, todos saltando y festejando. Carlos me adelantó, “Julio quiere hablar con vos”. Lo vi a Grondona y él me dijo “pibe, lo espero en la semana en AFA, que quiero hablar con usted”. Así, pocos días después, firmé contrato para estar en el grupo de trabajo que encabezaba Carlos Pachamé, con selecciones juveniles. Ni puse condiciones, mi intención era estar ahí, aprender y aportar lo que pudiera.

-¿Ahí comienza otra etapa de tu vínculo con la selección?

-Sí, jugamos varios torneos. Sudamericanos, Panamericanos, Preolímpico cuando nos clasificamos para Seúl 1988.

-¿En cierto modo, se empezaba a armar el seleccionado mayor para Italia 1990?

-Claro, empezaron a aparecer chicos como Claudio Caniggia, Pedro Troglio, Néstor Fabbri, Sergio Goycochea; que terminaron yendo al siguiente Mundial. Y por esos años ya seguíamos al “Cholito” Simeone. Lo fuimos a ver debutar en Primera, jugando para Vélez en cancha de Gimnasia.

-¿Simeone es la representación actual del estilo futbolístico de Bilardo?

-Siempre fue un fanático de Bilardo. Lo critican por su forma de juego, pero lo que hizo en Atlético de Madrid es impresionante. También en Estudiantes llevó adelante un gran trabajo. Siempre dice que para él es un honor que lo comparen con Bilardo.

 

Pedidos y obsesiones

-¿Qué te pedía Bilardo puntualmente a la hora de ver y analizar algún partido?

-Me volvía loco… Nos remarcaba que viéramos todo, que estuviéramos en todos los detalles. Lo mismo con los lugares de concentración. Fui a Lima, antes de que la selección fuera a jugar con Perú por las Eliminatorias. Me preparó un papel con todas las instrucciones. Tenía que fijarme el hotel, cómo eran los ascensores, si había una iglesia cerca por las campanadas que pudieran molestar a los jugadores. ¿¡Qué no me pedía!? Era imposible no aprender con un tipo así.

-A la vuelta, habrás tenido que darle todos los detalles.

-Llegué a Ezeiza mal dormido, como a las 3 de la mañana. Yo creído que me iba a descansar y al otro día charlábamos. Me dijo “después tenés cincuenta años para dormir, vení que te estoy esperando”. Le expliqué todo lo que había visto, horas charlando esa madrugada. Más adelante, cuando yo trabajé con Pachamé en las juveniles, hacíamos jornada completa. Entrenábamos con los chicos a la mañana y nos quedábamos a la tarde con la mayor. Íbamos a AFA, cenábamos todos juntos y por allá Carlos nos decía “vamos a casa, que tenemos que ver unos videos”. Así logró lo que logró.

-¿En qué otros detalles se notaba su obsesión?

-En todo. Te cuento una con Burruchaga, cuando yo ya estaba trabajando con Pachamé. Él venía de una temporada larga en Francia, había jugado muchos partidos. Bilardo me dijo “Daniel, vos te vas a encargar de Burruchaga. No se va a entrenar, porque viene muy cansado”. Me hacía estar con él todo el día, hacerlo desayunar bien, caminar con él. Terminé siendo la “marca personal” de “Burru”.

Nota proporcionada por :

  • ElEcodeTandil

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