Día Mundial contra la Depresión: por qué se conmemora hoy
En el Día de la Lucha contra la Depresión, especialistas advierten que reducirla a una sola etiqueta oculta su diversidad y limita las estrategias para aliviar el sufrimiento.
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En muchos casos, la depresión no se manifiesta como llanto o desesperación, sino como una combinación más silenciosa: alteraciones del sueño, fatiga persistente y una mente que pierde su capacidad de tracción. Vista así, deja de ser una simple etiqueta y se convierte en un tablero que muestra múltiples aspectos a abordar.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailCada 13 de enero se conmemora en distintos países el Día de la Lucha contra la Depresión, organizado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Federación Mundial de Salud Mental, con la participación de diversas asociaciones, entre ellas el proyecto Opade de la Unión Europea. La fecha invita a revisar cómo se comprende y se trata esta condición que afecta a una porción enorme de la población mundial.
En la página inicial de Opade aparece un dato que interpela: entre los pacientes con prescripción de antidepresivos, solo el 40% muestra una respuesta eficaz. La cifra, respaldada por múltiples trabajos científicos, no busca cuestionar la importancia de la medicación —fundamental en casos específicos y de riesgo—, sino poner en evidencia que la palabra “depresión” se utiliza como si nombrara una única cosa, cuando en la práctica clínica se observan presentaciones muy diversas.
Distintas personas, con causas y mecanismos distintos, pueden quedar bajo el mismo rótulo, aun cuando lo único en común sea un elemento como la tristeza o la anhedonia. Las definiciones basadas en criterios sindrómicos, como los del DSM o del ICD de la OMS, resultan útiles para ordenar y comunicarse, pero no siempre para comprender. El costo de esa simplificación es concreto: dos pacientes con “depresión” pueden requerir estrategias casi opuestas y, sin embargo, recibir la misma.
Desde esta perspectiva, la pregunta ya no es solamente “¿tengo depresión?”, sino qué se desreguló en el sistema personal para que cuerpo y mente entren en modo supervivencia. La literatura científica actual incluso cuestiona la consistencia de un constructo clínico único.
Para entenderla sin banalizarla, se proponen dos líneas conceptuales. La primera es la regulación corporal: el organismo intenta mantener equilibrio bajo presión alostática, pero cuando la carga se vuelve crónica —por estrés sostenido, sueño fragmentado, inflamación, sedentarismo, uso de tóxicos o aislamiento—, el costo de regularse aumenta y aparecen fatiga, sueño no reparador, dolores difusos, cambios de apetito o agitación.
La segunda variable es la valoración: la capacidad de encontrarle sentido a lo que se hace. Cuando ese sistema calcula “a la baja” si algo vale la pena, caen el interés y el placer, y se instala la rumiación como un bucle mental constante.
En la clínica, estas manifestaciones suelen agruparse en áreas como el sueño, la energía, el placer y el interés, el pensamiento, el cuerpo y el vínculo con el entorno. Por eso, existen depresiones que desde afuera parecen iguales, pero no lo son: la del “estoy agotado”, dominada por el cuerpo y la falta de energía; la del “no siento nada”, donde falla el sistema de recompensa; o la de quienes “no pueden parar la cabeza”, atrapados en la rumiación.
Mirada de este modo, la desconexión puede ser entendida como un modo de protección que se volvió crónico. La etiqueta general conduce casi inevitablemente a una solución única; en cambio, un enfoque por áreas permite detectar mejor dónde intervenir.
Regenerar el sueño, mover el cuerpo, recuperar una acción con sentido por día, reducir el “ruido” emocional, atender alimentación y consumo de tóxicos son algunas de las estrategias mínimas que se proponen como base. Al mismo tiempo, prestar atención a señales que no siempre se asocian de inmediato con la depresión —como irritabilidad, aislamiento o dolores erráticos— puede abrir la puerta a una ayuda profesional más ajustada a cada caso.
La depresión existe y requiere abordajes serios. Pero comprenderla como un estado del sistema, con subsistemas desregulados, permite dejar atrás la condena abstracta y transformarla en un mapa para planificar acciones concretas.